El discurso inaugural de Biden: trivialidad y abstracciones vacías para disimular la realidad

22 enero 2021

El discurso inaugural ayer del presidente Joseph Biden fue significativo ante todo por su trivialidad. En medio de una crisis política, social y económica sin precedentes de todo el orden capitalista, el discurso de Biden estuvo lleno de clichés, conclusiones incoherentes y las más vacías abstracciones.

Por supuesto, uno no esperaría que Biden pronuncie un discurso socialista. Es un político capitalista que asumiendo el cargo de “comandante en jefe” del país imperialista más poderoso. Sin embargo, en la tradición política estadounidense, el discurso inaugural del presidente entrante era una ocasión para discutir de alguna forma la situación política y las políticas del próximo Gobierno.

Joe Biden siendo juramentado como presidente 46 de EE.UU. por el presidente de la Corte Suprema, John Roberts, mientras Jill Biden sostiene la Biblia durante la Inauguración Presidencial 59 en el Capitolio en Washington, 20 de enero de 2021, mientras sus hijos Ashley y Hunter los miran (AP Photo/Andrew Harnik)

Durante el último medio siglo, el contenido del ritual ha sido cada vez más vacío. Ayer, Biden llevó esta tendencia a una nueva profundidad o, más bien, a dos nuevas profundidades.

Consideremos algunos pasajes, en orden secuencial:

Hoy celebramos el triunfo, no de un candidato, sino de una causa, la causa de la democracia. El pueblo, la voluntad del pueblo, ha sido escuchada, y la voluntad del pueblo ha sido atendida. Hemos aprendido de nuevo que la democracia es preciosa. La democracia es frágil. Y en esta hora, amigos míos: ¡La democracia ha prevalecido! Así que ahora, en este terreno sagrado, donde hace solo unos días la violencia intentó sacudir los cimientos del Capitolio, nos reunimos como una nación, bajo Dios, indivisible, para llevar a cabo el traspaso pacífico del poder como hemos hecho durante más de dos siglos”.

Aquí, Biden reconoció, de la manera más evasiva posible, que todo el sistema político de Estados Unidos estuvo a punto de ser derrocado hace dos semanas. Trump, a quien Biden no nombró ni una sola vez en todo el discurso, había emprendido una campaña sistemática para repudiar los resultados de las elecciones y derrocar la Constitución. Esto culminó con el asalto al edificio del Capitolio de Estados Unidos por parte de una turba de fascistas, incitada por el presidente, con el objetivo de bloquear la certificación de la victoria de Biden en el Colegio Electoral.

¿Quién fue el responsable de esta insurrección, cuáles eran sus objetivos y qué lecciones hay que extraer? Biden no planteó estas preguntas, ni mucho menos las respondió.

Biden transformó el intento de golpe de Estado en una operación abstracta de “violencia” impersonal. Fue, según Biden, la “violencia” la que asaltó el Capitolio. Pero la “violencia” no irrumpió en el Capitolio, sino que lo hicieron personas, que contaban con el respaldo político y el apoyo de otras personas.

De hecho, muchos de los que se “unieron” en la propia ceremonia de investidura, entre ellos el senador Mitch McConnell, líder de la mayoría del Senado bajo el mandato de Trump, y otros altos dirigentes del Partido Republicano, le proporcionaron la justificación política al intento de golpe al promover la mentira de que el resultado de las elecciones estaba en duda, incluso que fue amañado. Estos individuos, los “colegas republicanos” de Biden, fueron parte de sus invitados de honor.

Pocas personas en la historia de nuestra nación han sido más desafiadas o han encontrado un momento más desafiante o difícil que el momento en el que nos encontramos. Un virus único en el siglo que acecha silenciosamente al país. Se ha llevado tantas vidas en un año como las que Estados Unidos perdió en toda la Segunda Guerra Mundial. Se han perdido millones de puestos de trabajo, cientos de miles de negocios han cerrado...

Del mismo modo, Biden presenta la pandemia totalmente en términos de un virus que está acechando “silenciosamente” al país. Sin embargo, ¿cómo es que Estados Unidos ha sido tan catastróficamente incapaz de detener su propagación y salvar vidas? ¿Cuáles son las políticas que han impedido la contención de la enfermedad y quién es el responsable de aplicarlas? En lugar de intentar responder a estas preguntas, Biden no ofreció nada más que lo que parecía ser un momento de silencio improvisado.

Biden ni siquiera sugirió que la Administración anterior, y mucho menos ciertas fuerzas sociales más amplias, tuvieran alguna responsabilidad en el desastre. No señaló que la principal exigencia de los fascistas que se movilizaron para anular las elecciones era el rechazo a cualquier medida para limitar la propagación de la enfermedad. No llamó la atención al hecho de que esas mismas fuerzas, financiadas y alentadas por facciones de la oligarquía financiera, intentaron secuestrar y ejecutar a los gobernadores demócratas de Michigan y otros estados por imponer cierres limitados.

Para superar estos desafíos, para restaurar el alma y asegurar el futuro de Estados Unidos, se requiere mucho más que palabras. Requiere la más elusiva de todas las cosas en una democracia: la unidad. Unidad. En otro enero, el día de Año Nuevo de 1863, Abraham Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación. Cuando puso la pluma sobre el papel, el presidente dijo, y cito: “Si mi nombre pasa a la historia, será por este acto, y toda mi alma está en él”.

Ahora llegamos a la principal abstracción vacía de todo el discurso de Biden, la “unidad”. ¿A quién se está uniendo? ¿Y sobre qué base y política? “Para superar estos retos”, incluida la pandemia, se requeriría lógicamente aplicar una política diferente a la del último año. Esto no requeriría la “unidad”, sino el conflicto. Habría que oponerse y derrotar a los responsables de la aplicación de esta política.

En cuanto a la referencia a Lincoln, no tiene sentido. Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación como parte de una lucha monumental para derrotar el poder de la esclavocracia sureña mediante la fuerza de las armas. La abolición de la esclavitud no se logró mediante la unidad, sino a través de una sangrienta guerra civil.

Hoy, en este día de enero, toda mi alma está en esto: unir a EE.UU., unir a nuestro pueblo, unir a nuestra nación. Y pido a todos los estadounidenses que se unan conmigo en esta causa. Unirnos para luchar contra los enemigos a los que nos enfrentamos: la ira, el resentimiento y el odio, el extremismo, la anarquía, la violencia, la enfermedad, la falta de empleo y la desesperanza.

Como en el caso de la “violencia” que asalta el Capitolio, Biden reduce aquí todos los problemas a conceptos carentes de contenido social. Todo está mezclado

Como en el caso de la “violencia” que irrumpe en el Capitolio, Biden reduce aquí todos los problemas a conceptos carentes de contenido social. Todo está mezclado: el “odio”, que es una emoción subjetiva, con la “falta de empleo”, una condición socioeconómica, y la “enfermedad”, un fenómeno biológico específico. Ninguno de estos “enemigos” está relacionado con individuos o entidades e intereses socioeconómicos. ¿De dónde viene el “extremismo”? ¿Por qué está enfadada la gente? ¿Quién y qué es responsable de la falta de empleo?

Todo tiene lugar supuestamente en el ámbito del espíritu, el movimiento de fuerzas incorpóreas. Como nadie es responsable, porque los “enemigos” no tienen contenido social, es posible que todos se unan en una lucha contra ellos. Como los problemas son abstractos y sin contenido, la solución no requiere ningún cambio de política. Todo lo que se requiere es la “unidad”.

La historia, la fe y la razón muestran el camino, el camino de la unidad. Podemos vernos unos a otros, no como adversarios, sino como vecinos. Podemos tratarnos con dignidad y respeto. Podemos unir nuestras fuerzas, dejar de gritar y bajar la temperatura.

En su afán por encontrar el “camino de la unidad”, Biden consigue incluso formar una unión a partir de dos enfoques contradictorios del mundo, la fe y la razón. La primera se basa en la aceptación incuestionable del dogma, y la segunda en la investigación científica. Sin embargo, con su ayuda, junto con la “historia”, todos podrán vivir en paz y armonía, los multimillonarios y los pobres, los especuladores de Wall Street y los desempleados.

Actualmente hay una huelga en curso en la ciudad de Nueva York, que enfrenta a 1.400 trabajadores de los almacenes de Hunts Point contra una empresa que ha rechazado su demanda de un aumento de un dólar por hora en los salarios, mientras siguen trabajando en medio de la furiosa pandemia. ¿Cómo influye esto en el “camino de la unidad” de Biden?

Lo que se desprende de este y otros pasajes del discurso es que los pronunciamientos de Biden no se dirigen al pueblo estadounidense. Se dirigen a los que estaban con él en la ceremonia, en particular, al Partido Republicano y sus líderes. El veterano de cincuenta años en el Senado vive en este universo. La “unidad” que desea es una unidad del Estado, de los representantes de una clase dominante que se enfrenta a una serie de problemas catastróficos, sobre todo, el crecimiento de la ira social y la oposición desde abajo.

Por último, Biden concluye su intervención:

Compatriotas, acabo donde empecé, con un juramento sagrado ante Dios y ante todos ustedes. Les doy mi palabra de que siempre estaré a su lado. Defenderé la Constitución. Defenderé nuestra democracia. Defenderé a Estados Unidos. Y les daré a todos, a todos ustedes, todo lo que haga lo pondré a su servicio, pensando no en el poder sino en las posibilidades, no en los daños personales sino en el bien público. Y juntos, escribiremos una historia estadounidense de esperanza, no de miedo. De unidad, no de división. De luz, no de oscuridad. Una historia de decencia y dignidad, de amor y curación, de grandeza y bondad.

La conclusión del discurso reúne en un gran final todas las abstracciones vacías de Biden, que se ponen en conflicto en una lucha religiosa maniquea. Mediante la “esperanza”, la “luz” y, sobre todo, la “unidad”, el mal será vencido y la bondad y el amor triunfarán.

La pobreza de los comentarios de Biden no es solo un fracaso intelectual. Sabe perfectamente que cualquier insinuación de un cambio significativo en la política provocaría una caída en los mercados. Así fue, los mercados subieron durante su discurso. En la mente de la élite política y de los medios de comunicación, este es el principal factor para concluir que el discurso fue un gran éxito. Todos acabaron algo más ricos en su conclusión que en su comienzo.

Además, los representantes políticos de la clase dominante, y en particular el Partido Demócrata, son muy conscientes del hecho de que cualquier examen serio de la realidad –incluyendo las fuerzas políticas y sociales que están detrás del ascenso del fascismo en Estados Unidos y las políticas bipartidistas que han producido la catastrófica propagación de la pandemia— corre el riesgo de desencadenar un estallido social y político que amenazaría todo el orden capitalista.

El llamamiento de Biden a la “unidad” es, en última instancia, un esfuerzo desesperado por ocultar un enorme abismo social. Este abismo no separa a los demócratas de los republicanos, quienes, independientemente de sus diferencias, representan a la misma oligarquía. Es la división insalvable entre la élite gobernante capitalista, por un lado, y la clase trabajadora, por otro. Es el miedo a que este conflicto estalle lo que lleva a Biden a pronunciar sus abstracciones.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 21 de enero de 2021)

Joseph Kishore

 

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