‘The Trial of the Chicago 7’, de Aaron Sorkin: un episodio histórico importante

por Joanne Laurier y David Walsh
26 octubre 2020

Escrita y dirigida por Aaron Sorkin

The Trial of the Chicago 7 (El juicio de los 7 de Chicago), de Aaron Sorkin, es un drama histórico estrenado por Netflix. Se centra en el proceso judicial de 1969-70 en el que los organizadores de protestas en la Convención Nacional Demócrata de 1968, celebrada en Chicago, enfrentaron cargos de conspiración y cruce de fronteras estatales con la intención de provocar una revuelta. Los cargos presentados por el Departamento de Justicia del Gobierno de Nixon tuvieron como objetivo intimidar y criminalizar a la oposición política.

El Juicio de los 7 de Chicago

En el centro de las protestas de Chicago estaba la guerra de Vietnam, entonces en su apogeo. El presidente demócrata Lyndon B. Johnson había sido elegido en 1964 con la promesa de que no intensificaría la guerra («No vamos a enviar a los muchachos estadounidenses a nueve o diez mil millas de distancia de casa ...») —y luego hizo precisamente eso. El carácter brutal de la intervención imperialista indignó a un gran número de jóvenes, ya que el número de muertos de vietnamitas y estadounidenses aumentó a diario y generó numerosas y grandes manifestaciones contra la guerra desde abril de 1967 en adelante.

En su convención, celebrada entre el 26 y el 29 de agosto de 1968, el Partido Demócrata elegiría a Hubert Humphrey, vicepresidente de Johnson y defensor de la guerra, como su candidato en las siguientes elecciones presidenciales (ganadas por el republicano Richard Nixon). Humphrey había sido desafiado durante las primarias demócratas por candidatos pacifistas, como Eugene McCarthy, senador de Minnesota, y Robert F. Kennedy, senador de Nueva York (asesinado el 5 de junio de 1968).

Varias organizaciones de protesta de clase media, como el Partido Internacional de la Juventud (los «yippies»), liderado por Abbie Hoffman y Jerry Rubin, y el Comité Nacional de Movilización para Poner Fin a la Guerra en Vietnam, una coalición de grupos pacifistas, anunciaron sus planes para protestar fuera de la convención. También participaron muchos miembros de Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS). La perspectiva de los organizadores de la protesta, desde los más convencionales hasta los más radicales, se centró en el esfuerzo inútil de presionar al Partido Demócrata para que se moviera hacia la izquierda.

De forma provocadora, la ciudad de Chicago, gobernada por el desalmado alcalde demócrata Richard Daley, autorizó una sola manifestación vespertina en Grant Park el 28 de agosto. Las demás solicitudes de los organizadores de la protesta fueron rechazadas, transformando a muchos eventos en reuniones «ilegales».

Durante las protestas, del 23 al 28 de agosto, miles de policías de Chicago atacaron salvajemente a miles de personas, en su mayoría jóvenes, con la ayuda de la Guardia Nacional de Illinois. Durante cinco días y cinco noches la policía usó con libertad y entusiasmo gases lacrimógenos y porras contra los manifestantes, arrestando a muchos e hiriendo a centenares.

Entre los golpeados y heridos por la policía, junto con los transeúntes, estuvieron decenas de periodistas. El ataque sangriento del 28 de agosto, transmitido a una audiencia televisiva nacional, fue descrito más tarde por los investigadores oficiales como un «motín policial».

«¡Todo el mundo está mirando!», fue el canto repetido de los manifestantes. Se escucha varias veces en The Trial of the Chicago 7.

Frank Langella en El Juicio de los 7 de Chicago

La violencia en Chicago y la farsa del juicio posterior —en realidad, un juicio amañado — fueron acontecimientos históricos mundiales importantes. Como en parte muestra el trabajo de Sorkin, y en parte solo insinúa, la clase dominante estadounidense, todavía cerca de su pico de supremacía en los años sesenta, demostró su gran potencial para la criminalidad y la crueldad. Respondió con terror a los disturbios urbanos de esa década y al crecimiento de la oposición masiva a la guerra de Vietnam.

Los acusados en el juicio no aterrorizaron a la burguesía, pero sí lo hizo la posibilidad de que la clase obrera estadounidense se «contagiara» de radicalismo, como los trabajadores franceses en mayo y junio de 1968. Bajo el delgado barniz de las formas democráticas se encuentran las inclinaciones y los métodos autoritarios y fascistizantes que surgirían de manera más decisiva en las décadas siguientes, cuando la crisis del capitalismo estadounidense se profundizó y este perdió su hegemonía global.

El prólogo del trabajo histórico-legal de Sorkin comienza con la imagen de archivo del presidente Johnson anunciando el envío de más tropas a Vietnam. Un periodista informa que «se ha convocado a 382.386 hombres de entre 18 y 24 años».

Vemos a Martin Luther King Jr. pronunciando un discurso contra la guerra poco antes de su asesinato, cometido el 4 de abril de 1968, en el que explica que «debería quedar claro que ninguna persona preocupada por la integridad y la vida de Estados Unidos puede ignorar la guerra actual». Poco después, Robert Kennedy es asesinado a tiros.

Cuando comienza la parte ficticia de la película, Nixon está en la Casa Blanca. Su vil procurador general, John Mitchell (John Dorman), exige que sus dos fiscales principales, Richard Schultz (Joseph Gordon-Levitt) y Tom Foran (J. C. MacKenzie), destruyan a los acusados de instigar el caos en Chicago.

Los acusados son los líderes del SDS, Tom Hayden (Eddie Redmayne) y Rennie Davis (Alex Sharp); los yippies semianarquistas Hoffman (Sacha Baron-Cohen) y Rubin (Jeremy Strong); David Dellinger (John Carroll Lynch), el líder pacifista del Comité de Movilización Nacional; y dos figuras menos conocidas, John Froines (Danny Flaherty) y Lee Weiner (Noah Robbins).

Kelvin Harrison Jr. como Fred Hampton, Yahya Abdul-Mateen II como Bobby Seale y Mark Rylance como William Kunstler

El octavo acusado es Bobby Seale (Yahya Abdul-Mateen II), presidente nacional del Partido Pantera Negra, un grupo nacionalista negro radical, que en ese momento tenía al maoísmo como influencia parcial. Las Panteras Negras tenían un carácter de clase diferente al de los movimientos de protesta contra la guerra. Sus miembros en ese momento no solo eran arrestados sino asesinados. Seale, acusado formalmente por un cargo de asesinato en Connecticut del que luego fue absuelto, actúa con principios durante el juicio de Chicago. Finalmente su caso fue separado de los otros.

En su reunión con Mitchell y Foran, Schultz señala que la llamada Ley Rap Brown (que lleva el nombre del radical afroestadounidense acusado de portar un arma a través de fronteras estatales en 1967), bajo la cual se procesa a los acusados, «fue creada por los blancos sureños en el Congreso para limitar la libertad de expresión de los activistas negros».

«Y tú los destrozarás [a los acusados] y ganarás», responde Mitchell.

El juicio comienza el 26 de septiembre de 1969, con el juez Julius Hoffman (Frank Langella), un magistrado conservador, obviamente partidario de la acusación y semisenil. Entre los abogados defensores están William Kunstler (Mark Rylance) y Leonard Weinglass (Ben Shenkman), abogados radicales de derechos civiles.

«Estos son los premios Óscar a la protesta», dice Weiner. «En mi opinión, es un honor estar entre los seleccionados». El juicio de los Siete de Chicago duró más de 150 días, hasta los primeros meses de 1970.

Sorkin recrea los procedimientos judiciales a través de una serie de viñetas, seleccionando episodios para resaltar las interminables violaciones del juez a los derechos de los acusados. Además de anular prácticamente todas las objeciones de los abogados defensores, el juez Hoffman impone la asombrosa cantidad de 175 cargos de desacato al tribunal contra los acusados y sus abogados, que en su gran mayoría fueron anulados en apelación.

Otros segmentos destacan las payasadas de Hoffman y Rubin, quienes un día aparecen en la corte vestidos con la túnica negra de un juez. Durante los fines de semana, en libertad bajo fianza, Hoffman hace rutinas de comedia política ante sus admiradores.

La policía de Chicago en agosto de 1968

El juez Hoffman (¡sin parentesco con el acusado!) no deja que Seale elija a su abogado (que se recuperaba de una cirugía) o que se represente a sí mismo, y lo silencia cuando el acusado afirma que están violando sus derechos constitucionales. Seale lo denuncia en pleno juicio, y el juez (en uno de sus actos más atroces, la síntesis del carácter ferozmente antidemocrático del proceso) hace que el líder de Pantera Negra sea encadenado y amordazado para que no pueda hablar en el tribunal. Mientras lo encadenan a una silla, los alguaciles le dan a Seale una golpiza. ¡Seale estuvo encadenado a su silla durante tres días del juicio!

El fiscal Schultz se acerca al estrado y le dice al juez: «Su señoría, el acusado está amordazado y atado en un tribunal estadounidense». Durante el juicio, el abogado defensor Kunstler declaró: «Esto no es un tribunal de justicia, señoría, sino una cámara de tortura medieval».

(El caso de Seale fue declarado nulo. Fue declarado culpable de 16 cargos de desacato al tribunal, lo que llevó a una condena de prisión de cuatro años, pero los cargos fueron desestimados).

La defensa cita a Ramsey Clark (Michael Keaton), el fiscal general del Gobierno de Johnson, para testificar. Clark se describe a sí mismo como su «testigo estrella». Con los miembros del jurado fuera de la sala del tribunal, el ex fiscal general acusa a la policía: «Una investigación de nuestra División de lo Penal concluyó que la policía de Chicago había iniciado los disturbios». Fiel a su conducta durante todo el proceso, el juez Hoffman se niega a permitir que el jurado escuche el testimonio condenatorio de Clark.

Cuando Abbie Hoffman sube al estrado, cita un pasaje del primer discurso inaugural de Abraham Lincoln en 1861: «En el caso de que [el pueblo] se canse del gobierno existente, puede ejercer su derecho constitucional de enmendarlo, o su derecho revolucionario a desmantelarlo o derrocarlo». Entonces, Kunstler le pregunta: «¿cómo se hace para desmantelarlo o derrocarlo, como dice usted, de manera pacífica?». Revelando su perspectiva reformista, Hoffman responde: «En este país, lo hacemos cada cuatro años».

Sascha Baron Cohen yJeremy Strong en El Juicio de los 7 de Chicago

En la escena culminante de la película, durante la sentencia, Hayden, elegido para hablar en nombre de todos los acusados, lee los nombres de los miles de soldados que han muerto durante el juicio (en realidad, esa lectura se produjo cerca del comienzo del juicio, el 15 de octubre de 1969, el Día de la Moratoria de Vietnam).

De los siete acusados, cinco son declarados culpables por instigar una revuelta (Froines y Weiner son absueltos de todos los cargos) y condenados a cinco años de prisión. Pero luego otro juez anula todas las condenas, en parte debido al sesgo del juez Hoffman, y el Departamento de Justicia decide no volver a juzgar el caso.

Hay varios elementos positivos en la película de Sorkin. Es una recreación intensa y eficaz —y, en ciertos aspectos, precisa— de un episodio histórico importante, probablemente muy poco conocido en la actualidad. Uno de los méritos de The Trial of the Chicago 7 es que se pone claramente del lado de los acusados y los manifestantes contra la guerra. No es una representación falsamente «imparcial», que en la práctica equivaldría a encubrir los crímenes del Gobierno y la policía. El fiscal general Mitchell (que más tarde desempeñó un papel notorio en el escándalo de Watergate y cumplió una condena en la cárcel como resultado de ello) es retratado adecuadamente como un gánster.

La secuencia de Bobby Seale es escalofriante. También es escalofriante el momento en que los policías de Chicago se quitan visiblemente sus placas de identificación, protegiéndose de futuras represalias por su violencia sádica.

Uno de los crímenes más monstruosos de la época, los asesinatos policiales de Fred Hampton (Kelvin Harrison Jr.) y Mark Clark, líderes de las Panteras Negras de Chicago, en diciembre de 1969, es tratado de manera bastante superficial por parte de Sorkin. Este asesinato a sangre fría, cometido durante la madrugada a modo de ejecución, conmocionó al país. Cinco mil personas asistieron al funeral de Hampton.

Obviamente, el trabajo de Sorkin está influenciado y moldeado por los hechos actuales: el enojo por las acciones del Gobierno de Trump y los implacables asesinatos policiales. En una entrevista de la revista Esquire, Sorkin dijo que «el momento de la película parece casi demasiado perfecto».

Sorkin explicó que terminaron recreando una fotografía tomada en 1968 en la primera escena de la película afuera del juzgado: «Algunos de los carteles que la gente sostiene en sus manos [en la foto]: ‘América: ámala o déjala’ y ‘Enciérrenlos’. (...) Y luego la policía, gaseando y golpeando a los manifestantes frente a la Casa Blanca. (...) No podía creerlo. Trump incluso tuiteó que cruzar las fronteras estatales para incitar a la violencia era un crimen federal. No agregó allí que solo en una ocasión, en toda la historia de Estados Unidos, alguien había sido acusado de ese crimen».

En general, los actores hacen un trabajo admirable. Rylance es cautivador, como siempre. Cuando se aleja del execrable personaje de Borat, Sacha Baron Cohen demuestra sus dotes interpretativas y cómicas. Langella transmite de forma convincente la intimidación cruel y estúpida del juez Hoffman.

Sorkin (nacido en 1961) ya tiene una historia considerable. Como guionista de cine y televisión es conocido por A Few Good Men, Malice, The West Wing, Charlie Wilson's War, The Social Network, Moneyball y Steve Jobs. The Trial of the Chicago 7 es su segundo esfuerzo como director, después de Molly's Game. En 2018 también hizo una adaptación teatral de To Kill a Mockingbird, la novela de Harper Lee, con un éxito considerable.

Sorkin tiene los recursos para abordar temas importantes, algo inusual en un momento en el que se da prioridad a lo singular, al «microdrama», y se evitan las «afirmaciones generales». Además escribe diálogos divertidos y vivaces, que a menudo reflejan la complejidad del comportamiento humano.

El lado más débil del trabajo de Sorkin también es conocido. Tiene una tendencia a «redondear las cosas», a simplificar, a hacer que las cosas sean demasiado fáciles para él, artística y políticamente, e incluso a vulgarizar. Uno puede entender ciertas licencias artísticas, como el retrato extrañamente comprensivo del fiscal Schultz (descrito por los periodistas contemporáneos como el pitbull del Gobierno, cuyos labios «se torcían en un gruñido» cuando denunciaba a los acusados), la presentación de David Dellinger (que tenía una historia política extensa y complicada, que se remontaba a los años treinta) como «un líder de un grupo de boy scouts» e ingenuo, etc.

Al final, empero, muchas de estas «simplificaciones» están ligadas a la perspectiva de izquierda liberal de Sorkin y su tendencia a minimizar las contradicciones más profundas de la sociedad estadounidense.

La visión política de The Trial of the Chicago 7 es muy limitada y está relacionada estrechamente con la política de las figuras y protestas que retrata. El conflicto entre el «radical» Hoffman y el más moderado Hayden casi domina el trabajo en cierto punto, en una lucha por el «alma» del filme.

Ambos tienen enfrentamientos verbales airados. En una de las últimas escenas, Hayden habla de Hoffman y «los idiotas que te siguen, que dan margaritas a los soldados y quieren que levite el Pentágono», «un grupo de drogados, perdidos, irrespetuosos, malhablados, renegados y fracasados».

Hoffman expresa el mismo desprecio por la confianza de Hayden en el proceso electoral. Aquel obliga a Hayden a admitir la posibilidad de que si Robert Kennedy hubiera ganado las primarias demócratas, no habrían habido protestas contra la guerra en Chicago.

En realidad, las diferencias entre Hayden y Hoffman eran puramente tácticas. Eran las dos caras de la misma moneda de protesta reformista. Hayden representó el curso de la integración directa en el Partido Demócrata (luego estuvo 18 años en la Cámara de Representantes y el Senado del estado de California), mientras que el camino anarquista y aventurero de Hoffman, también centrado firmemente en los demócratas, lo llevó a su propio callejón sin salida (sintetizado en su aparente suicidio en 1989).

Algunas voces en la «izquierda» dijeron que Sorkin «traicionó» o «blanqueó» a los acusados de Chicago y los redujo a su propia condición liberal. Pensamos que Sorkin retrató a los siete acusados de forma acertada. Como ya señalamos con respecto a Hoffman y Hayden, ninguno de los procesados fue un revolucionario, a pesar de la retórica ocasional. Y eso incluye a Seale, que se convirtió en un político y académico burgués convencional.

Jerry Rubin se convirtió en un exitoso hombre de negocios, uno de los primeros inversores en Apple Computer y un multimillonario, antes de morir en un accidente callejero en 1994. Rennie Davis desapareció en una niebla de misticismo; fue seguidor del gurú Maharaj Ji y su Misión de la Luz Divina (antes también fue un «capitalista de riesgo»).

En realidad, los críticos de la pseudoizquierda actual están ofendidos por el hecho de que Sorkin, quizá sin darse cuenta, destapó la realidad de que los acusados en Chicago eran liberales de izquierda muy parecidos a él.

En todo caso, las cuestiones planteadas en 1968 fueron inmensas. El fiasco de la convención en Chicago fue un hito en la crisis creciente de la democracia estadounidense, ya que expresó la ruptura de la coalición Roosevelt/New Deal: los sindicatos, el estalinista Partido Comunista y los académicos liberales, una alianza basada en políticas de reforma social.

El liberalismo no podía sostenerse por la presión del desmoronamiento del auge económico de la posguerra, la creciente militancia de la clase obrera (las huelgas nacionales de cientos de miles de trabajadores de correos, General Electric y General Motors durante ese período) y el movimiento de masas contra la guerra en el sudeste asiático, apoyada por el Partido Demócrata.

En los años sesenta, Estados Unidos comenzaba a desmoronarse política y moralmente. La política oficial giró hacia la derecha, en parte por la política de asesinatos, incluidos los de John F. Kennedy y Malcolm X, además de los de King y Robert Kennedy. Como se mencionó anteriormente, los Panteras Negras fueron víctimas habituales de asesinatos policiales o intentos de asesinato. Los disturbios urbanos, que tomaron la forma de una guerra civil en las calles de Detroit, Newark, Los Ángeles y otras ciudades, agitaron el fantasma de conflictos sociales aún más amplios.

1968 fue un año de revueltas globales, como la huelga general de mayo y junio en Francia, la «Primavera de Praga» y la invasión soviética de Checoslovaquia y la ofensiva del Tet por parte del Frente de Liberación Nacional en Vietnam. Comenzó un período de intensa radicalización, que condujo a crisis revolucionarias en varios continentes. La burguesía mantuvo el poder gracias a la dominación del movimiento obrero por parte de los partidos comunistas estalinistas y los socialdemócratas, asistidos por los antitrotskistas de la variedad pablista (Ernest Mandel, Alain Krivine y otros).

En Estados Unidos, la oposición generalmente tomó la forma de movimientos de protesta de clase media. El capitalismo estadounidense aún conservaba una fuerza residual en los años sesenta. Si bien fue muy tímido, el Gobierno de Johnson había presentado su programa de «guerra contra la pobreza» en enero de 1964, el mismo año en que se aprobó la Ley de Derechos Civiles. La clase trabajadora llevó a cabo luchas combativas y a menudo violentas, pero permaneció bajo el dominio de la burocracia sindical de la central AFL-CIO.

La llamada Nueva Izquierda en Estados Unidos (representada de diferente manera por Hayden y Hoffman), influenciada por las ideas de Herbert Marcuse y la Escuela de Frankfurt, diversas formas de «marxismo occidental», existencialismo y otras corrientes, también jugaron un papel reaccionario en este proceso. La política de la Nueva Izquierda reforzó la burocracia sindical anticomunista y engañó a capas de jóvenes que gravitaban hacia la izquierda y buscaban su camino hacia el marxismo genuino. Los líderes del SDS y los diversos grupos maoístas y castristas rechazaron conscientemente el papel revolucionario de la clase obrera, asociaron al socialismo con el estalinismo (en la URSS o China) y adoptaron una actitud irreflexiva hacia la historia.

Las distintas fuerzas de la Nueva Izquierda ignoraron o se burlaron de los grandes temas del siglo XX, sobre todo el destino de la Revolución de Octubre en Rusia. Las cuestiones de principio y teoría, incluida la lucha enorme de Trotsky contra el estalinismo, fueron evitadas en general como una plaga, porque requerían una reflexión seria y porque implicaban romper la relación con el estalinismo y otras burocracias.

Obviamente, no todos estos asuntos pueden entrar en un drama televisivo —aunque estaríamos en una mejor posición si algunos de ellos aparecieran.

En agosto de 1968, la falta de seriedad de Hoffman y Rubin (reconocida en ese momento) y el respeto servil de Hayden por las instituciones oficiales (puesto en evidencia cuando, a diferencia de los otros acusados, se levanta de su silla ante el juez Hoffman después del abuso de este contra Bobby Seale) no representó los mejores sentimientos de los jóvenes radicalizados, quienes estaban horrorizados de modo genuino por los grandes crímenes cometidos en su nombre en Vietnam y en todo el mundo.

Los hechos en Chicago, desde la crueldad de las autoridades (Abraham Ribicoff, senador demócrata de Connecticut, habló de las «tácticas de la Gestapo» de la policía de Chicago) hasta el apoyo del aparato del Partido Demócrata a la guerra neocolonial, hicieron añicos las ilusiones de muchos.

Más de 50 años después, los degradados descendientes políticos de Hoffman, Hayden, Dellinger y compañía, en los Socialistas Democráticos de América (DSA) y otras organizaciones pseudoizquierdistas, continúan vendiendo la mentira perniciosa de que puede transformarse al Partido Demócrata (que en los años intermedios no efectuó una sola reforma social seria) en algo progresista. Vale la pena ver The Trial of the Chicago 7, siempre y cuando uno no abandone sus facultades críticas.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 23 de octubre de 2020)

 

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