Trump incita la violencia fascistizante al acercarse las elecciones

17 septiembre 2020

Al llegar la campaña presidencial estadounidense sus últimas siete semanas, el Gobierno de Trump está intensificando su incitación de acciones violentas y extraconstitucionales.

El domingo, Michael Caputo, el secretario adjunto de relaciones públicas en el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS, sigla en inglés), publicó un video en Facebook urgiendo a los simpatizantes de Trump a armarse y acusó a los científicos gubernamentales de “sedición” por criticar la respuesta de la Administración a la pandemia de coronavirus.

“Si llevan armas, compren municiones, damas y caballeros, porque va a ser difícil de conseguir”, declaró Caputo. Luego afirmó que, si Biden se rehusara a conceder en noviembre, los simpatizantes de Trump deberían prepararse para la violencia armada. “Y, cuando Donald Trump se rehúse a retirarse de su cargo en la inauguración, comenzará el tiroteo”, dijo. “Los ensayos que han visto no son nada”.

Los demócratas les han restado importancia a las amenazas de Caputo, desestimándolas como meras peroratas de un individuo mentalmente inestable. El martes, Caputo anunció que estaba considerando tomar una licencia de su cargo en el HHS.

Sin embargo, el video de Caputo concuerda con otros comentarios de los principales partidarios de Trump y del propio mandatario. El 10 de septiembre, Roger Stone, el veterano de los trucos sucios de Nixon cuya sentencia en prisión fue conmutada por Trump este verano, le dijo al fascistizante Alex Jones que Trump debería declarar “ley marcial” si perdiera la elección, incautar las urnas electorales y arrestar a sus oponentes políticos. Stone declaró que el personal del Daily Beast debería “ser arrestado y sus oficinas cerradas por publicar un artículo sobre las protestas contra Trump si intentara quedarse en el poder.

En sus mítines de campaña, Trump ha glorificado a vigilantes ultraderechistas, pedido un “castigo” extralegal contra los manifestantes, alegado que las papeletas están siendo “manipuladas” y declarado abiertamente que no aceptará los resultados de comicios desfavorables para él.

En una entrevista con Fox News el fin de semana, Trump amenazó nuevamente con invocar la Ley de Insurrecciones, así como lo hizo en junio, a fin de desplegar a los militares contra la oposición interna. Cuando le preguntaron cómo respondería a protestas tras la noche de las elecciones, dijo, “Las suprimiríamos muy rápido si hacen eso”, añadiendo, “Tenemos el derecho a hacerlo, tenemos el poder para hacerlo si quisiéramos”.

Ese es el idioma de una guerra civil.

Trump no está al mando de un movimiento fascista de masas. Sin embargo, está intentando utilizar las elecciones para desarrollar tal movimiento, independientemente de lo que ocurra el 3 de noviembre.

Dentro de la clase gobernante en EE.UU. e internacionalmente, se reconoce que las instituciones políticas de Estados Unidos están colapsando. El Economist escribe: “Puede que noviembre no conlleve un tranquilo ejercicio de la democracia, sino discordia violenta y una crisis constitucional”.

El Financial Times escribió el fin de semana sobre una “pesadilla en Washington” si Trump pierde las elecciones y se rehúsa a conceder. “Dado que el escenario está listo para un enfrentamiento dramático en caso de un resultado reñido, podría desenvolverse una crisis constitucional contra el trasfondo de protestas violentas en las calles, algo que ha ocurrido en varias ciudades estadounidenses en meses recientes”. Entre bastidores, señala el Financial Times, los altos oficiales militares están discutiendo posibles escenarios, incluyendo la intervención directa del propio ejército del bando de Trump o en su contra.

En el Washington Post el martes, Greg Sargent llama la atención a los esfuerzos calculados de Trump para tildar de inherentemente ilegítimo cualquier escenario en el que no sea declarado el ganador. “Esto se produce”, señala Sargent, “incluso cuando Trump también les sugirió a sus simpatizantes que se prepararan para resistir tal resultado… Lo que él les diga que piensen puede que no se vea influenciado por el resultado real. Pero ciertamente hace que la violencia política u otro daño cívico peligroso sea mucho más probable”.

Trump pone de manifiesto sin ambages las preocupaciones de la oligarquía financiera de que los niveles históricos de desigualdad social, sumados a la respuesta de la clase gobernante a la pandemia, estén generando un descontento social masivo, con implicancias potencialmente revolucionarias.

El Partido Demócrata es la segunda ala del sistema bipartidista capitalista, cuyo principal propósito es paralizar la oposición popular a Trump. Los demócratas buscan movilizar a secciones amplias de la clase media-alta con base en la política de identidades: la obsesión con las razas y los géneros. No avanzan un programa que atienda los verdaderos intereses de la gran mayoría de la población.

Mientras que los Trump está disputando las elecciones como un episodio en una guerra civil, los demócratas están siempre a la defensiva, balanceando cualquier crítica leve contra la derecha con denuncias más feroces contra la izquierda.

La principal base social del Partido Demócrata son secciones de Wall Street y los militares, que ven en un Gobierno futuro de Biden un representante más efectivo de la clase gobernante en la política tanto interna como exterior. Esta semana, el milmillonario Michael Bloomberg prometió donar $100 millones para apoyar la campaña de Biden en Florida, como parte de una avalancha de dinero de donantes ricos para el Partido Demócrata.

En la medida en que los demócratas tengan un “mensaje”, es que deponer a Trump hará regresar todo a la “normalidad”, que Trump es una aberración en una sociedad que, de lo contrario, es sana. ¿Pero cómo llegó a tomar lugar tal aberración?

El resquebrajamiento de las instituciones políticas de la democracia burguesa es producto de causas más fundamentales e interrelacionadas: décadas de contrarrevolución social que han creado niveles impactantes de desigualdad social; cuarenta años de guerras interminables, que se están transformando en conflictos entre grandes potencias; el crecimiento masivo del aparato militar-policial-de inteligencia, dirigido tanto para conquistas imperiales en el extranjero como para la represión en casa; la transformación criminal de la clase gobernante, desde la utilización de la tortura al espionaje interno y las manipulaciones corporativo-financieras.

La llegada de Trump al poder en 2016 ya había reflejado estos procesos subyacentes. Sin embargo, la pandemia ha servido como un catalizador enorme.

El gran peligro es que toda la oposición a Trump se vea limitado a lo que sea aceptable para el Partido Demócrata, es decir, lo que sea aceptable para la aristocracia financiera y el ejército. Existen muchas lecciones históricas sobre cómo llegó el fascismo al poder —en Alemania, Italia, España, Chile y otros países—. Todas se centran en las consecuencias catastróficas de desarmar políticamente a los trabajadores encarrilando la ira social detrás de una u otra facción de la clase gobernante.

El capitalismo estadounidense y mundial ha llegado a un punto de inflexión. La clase obrera está siendo radicalizada. La burguesía está virando de forma cada vez más directa a formas de gobierno inconstitucionales, anticonstitucionales y abiertamente fascistizantes. Esto proseguirá sin importar quién esté en la Casa Blanca después del 3 de noviembre.

Las cuestiones suscitadas por estas elecciones no se pueden resolver con base en una estrategia electoral. Solo se pueden solucionar por medio del movimiento independiente y revolucionario de la clase obrera para tomar el poder estatal y reorganizar toda la vida social y económica.

(Publicado originalmente el 16 de septiembre de 2020)

Joseph Kishore—candidato del PSI a president de EE.UU.