Por qué estudiar la historia del trotskismo: segunda conferencia en línea

La lucha de la Oposición de Izquierda contra el estalinismo

por Cheryl Crisp
16 junio 2020

La conferencia de la semana pasada, presentada por el camarada Nick Beams, destacó la importancia y el impacto internacional del éxito de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia. Por primera vez en la historia, la clase obrera tomó el poder político y derrocó las relaciones de propiedad capitalistas. Este fue, como Lenin subrayó, el primer disparo de la revolución mundial, y siempre se entendió que se basaba, para su supervivencia, en el éxito de la revolución socialista en los países capitalistas avanzados.

¿Por qué entonces se degeneraron el joven Estado obrero y el partido que dirigió el derrocamiento del capitalismo?

Como escribió Vadim Rogovin, historiador soviético, autor y colaborador del Comité Internacional, en el segundo de sus siete volúmenes, Was There an Alternative (Hubo una alternativa): “Durante lo que ya ha sido medio siglo, los historiadores, politólogos y sociólogos de todo el mundo han buscado continuamente una respuesta a la pregunta que sigue siendo el enigma histórico más complejo del siglo XX: ¿por qué, en el terreno preparado por la Revolución de Octubre, apareció un fenómeno como el estalinismo?”.

Se ha afirmado que el estalinismo fue el resultado inevitable del bolchevismo y del propio marxismo. En lo que solo puede ser una introducción, demostraremos que fue de hecho el marxismo-bolchevismo, en la forma de la Oposición de Izquierda liderada por León Trotsky, el que luchó contra el surgimiento del estalinismo, desarrolló un análisis de su origen y proveyó una alternativa a éste para la clase obrera soviética e internacional.

No se trataba de un choque de personalidades que competían por el control del Estado y el poder personal, en el que Trotsky fue burlado y maniobrado, sino de la lucha de fuerzas sociales opuestas, entre los intereses de la clase obrera contra los de la casta burocrática en ascenso, que reflejaba la presión del imperialismo sobre el primer Estado obrero.

Una de las características peculiares de la creciente excrecencia burocrática en la Unión Soviética fue que se llevó a cabo bajo la cobertura de la fraseología marxista y la declaración de lealtad a la propia Revolución de Octubre. Ha sido este proceso el que ha causado tanta confusión y daño a la conciencia de la clase obrera en el último siglo.

¿Hubo una alternativa al estalinismo? Stalin ciertamente pensó que la había e identificó a Trotsky y a la Oposición de Izquierda como esa alternativa. Su persecución fue implacable y brutal, resultando en la remoción, expulsión, arresto, exilio y finalmente, culminando en los Juicios de Moscú de 1936-38, en la ejecución y asesinato de los más cercanos colaboradores de Lenin en el Partido Bolchevique.

La derrota de la Oposición de Izquierda en los años veinte no se debió al fracaso de su programa o a los llamados errores tácticos de Trotsky sino, en última instancia, al resultado de las derrotas de la clase obrera a nivel internacional y el consiguiente aislamiento de la Unión Soviética.

Debemos recordar que no existían ni libros de texto, ni planos, ni precedentes a los que referirse sobre cómo podría sobrevivir un solo Estado obrero, aislado y rodeado por fuerzas hostiles. Era un fenómeno complejo, difícil y contradictorio.

El joven Estado obrero que nació en octubre de 1917 se enfrentó a las tareas más gigantescas, las cuales eran especialmente difíciles en un país económicamente atrasado y predominantemente campesino.

Este era un país devastado por más de tres años de guerra mundial. El 50 por ciento de todos los hombres que el ejército zarista consideró aptos para el servicio fueron movilizados para la guerra en 1914. Entre 1914 y 1917, Rusia sufrió más de 9 millones de muertos, heridos y desaparecidos en acción o prisioneros de guerra. De 1914 a 1922, la tuberculosis, la gripe española y el tifus mataron a otros 7 millones y la hambruna se cobró 6 millones. Ningún país de Europa se vio tan diezmado por la guerra como Rusia.

Tras la toma del poder en octubre de 1917, la primera tarea fue retirar a Rusia de la guerra asegurando los términos de paz con Alemania. Esto se logró en Brest Litovsk en marzo de 1918 a pesar de las condiciones más duras y onerosas impuestas por el alto mando alemán.

A los tres meses del tratado de paz, Rusia fue invadida por 14 ejércitos imperialistas para, como Churchill declaró: “...estrangular al bebé bolchevique en la cuna”. Su objetivo era apoyar a los Ejércitos Blancos de la burguesía rusa en la guerra civil. Para derrotar este ataque se requería la movilización de millones de los obreros y campesinos más avanzados y con conciencia de clase en el Ejército Rojo, una tarea que tomó 3 años y que cobró la vida de otro millón de soldados.

Por lo tanto, la crisis que se desarrolló en Rusia y en el Partido Bolchevique no puede ser entendida fuera de una apreciación del impacto de esta guerra civil en la clase obrera rusa. Eran una clase pequeña pero poderosa sobre cuyos hombros caía la mayor parte de la lucha por defender el Estado obrero de los ataques internos y externos. Eran necesarios para el Ejército Rojo.

Esto, junto con las enfermedades, dio lugar a una despoblación masiva de los principales centros soviéticos como Moscú, Petrogrado y otros. Los trabajadores industriales en Petrogrado en enero de 1917 eran 406.000 y a mediados de 1920 se redujeron a 123.000. Moscú perdió 100.000 y en los Urales el número de trabajadores de minas y fábricas se redujo a más de la mitad. La industria textil perdió el 72 por ciento de su mano de obra y la industria de maquinaria y metalurgia el 57 por ciento. La tasa de mortalidad de Moscú se duplicó principalmente debido a las enfermedades. El impacto físico, pero también político, de la pérdida de los sectores más conscientes de la clase obrera industrial fue inmenso.

La pérdida de miembros del Partido Comunista fue también colosal. Doscientos mil de los 500.000 miembros del Partido Comunista que sirvieron en el Ejército Rojo fueron asesinados durante la guerra civil. Fueron estos trabajadores los que desempeñaron un papel tan crucial en las luchas revolucionarias de 1917.

Al mismo tiempo, debido a la afluencia masiva de nuevos miembros, la base social y política del Gobierno soviético y del partido gobernante se desplazó. Los miembros del Partido Comunista entre agosto de 1919 y marzo de 1920 aumentaron en 450.000, pero el calibre político de estos nuevos miembros era significativamente menor que el de los que habían fallecido en el curso de la guerra. La composición social del partido también cambió. El porcentaje de miembros que describieron su origen social como trabajadores administrativos en oposición al proletario aumentó significativamente.

Además, muchos de los miembros veteranos del partido se vieron arrastrados a las tareas administrativas de los organismos estatales debido a la falta generalizada de personas con capacidad de gestión o alfabetización. En condiciones de hambre rampante, pobreza y deseo que estos puestos trajeran consigo un grado de seguridad –tener una comida al día garantizada desde el comedor del lugar de trabajo era estar en una posición privilegiada—. Por lo tanto, de muchas maneras inicialmente casi imperceptibles, la casta burocrática estaba empezando a desarrollarse.

La política económica durante la guerra civil fue la del comunismo de guerra, lo que significaba que para alimentar a las fuerzas armadas que luchaban en la guerra civil, había que requisar granos al campesinado.

Aunque esto produjo cierta oposición por su parte, al final apoyaron a los bolcheviques porque aprendieron que cada vez que los Ejércitos Blancos ganaban, los terratenientes volvían, pero cuando los bolcheviques ganaban, eran expulsados.

Fue sobre esta base que los campesinos apoyaron al Ejército Rojo y mantuvieron la alianza tan necesaria para la supervivencia del Estado obrero.

Sin embargo, para 1921, la situación había cambiado. La guerra civil había sido ganada prácticamente por el Ejército Rojo. Sin embargo, también estaba claro que la requisa de grano no podía continuar. Para preservar la alianza con el campesinado era necesario hacer un ajuste en la política económica del gobierno.

Ese ajuste fue la introducción de la Nueva Política Económica (NEP, sigla en ruso) en 1921, en la que se permitió una revitalización limitada y temporal del mercado capitalista con el fin de impulsar el crecimiento agrícola para el comercio y lograr la fabricación de los bienes industriales necesarios. Una vez más, debemos entender las condiciones que llevaron a esta decisión.

La producción y el PIB en 1920-21 tras la guerra civil fue inferior a la mitad de la de 1913, la ingesta calórica diaria de un adulto ruso también fue inferior a la mitad de los niveles de 1913 y el colapso de la cosecha de cereales en 1921 exacerbó una creciente crisis económica y social. Al llegar a las ciudades pocos alimentos y bienes, la población urbana disminuyó aún más y con ello la disminución de la producción de prendas de vestir, implementos agrícolas y de labranza que habría alentado al campesinado a producir excedentes de granos para el consumo urbano. La división entre las zonas urbanas y rurales se estaba ampliando, amenazando la existencia misma del Estado obrero.

Para tratar de restablecer ese vínculo, la NEP fue un repliegue calculado para crear las condiciones en las que el campesinado pudiera vender su grano en el mercado abierto, fomentando así un aumento de la producción de grano para las ciudades.

Sin embargo, la producción de cereales y la producción agrícola se desarrollaron a un ritmo más rápido que los bienes industriales: la producción industrial en 1922 todavía era solo el 26 por ciento de los niveles de antes de la guerra, mientras que la producción agrícola se situaba en el 75 por ciento. El resultado fue que para 1923 se desarrolló una creciente disparidad de precios entre los bienes agrícolas e industriales. Con lo que se conoció como la crisis de las tijeras, el precio de los bienes industriales era tres veces más alto que el de los bienes agrícolas, lo que hacía imposible que los campesinos adquirieran la maquinaria y el equipo que tanto necesitaban, situación que se tradujo en la amenaza de retener el grano, lo que amenazaba de nuevo con la hambruna.

Se entendió que la NEP venía con riesgos reales como con la reintroducción de ciertas relaciones capitalistas que para 1922 incluían el desarrollo de un mercado de valores, creaba una nueva capa en la sociedad de pequeños empresarios y comerciantes capitalistas –los NEPmen— y una capa de campesinos más ricos —los kulaks—.

Esto alentaba y justificaba aún más los aspectos de desigualdad que se estaban desarrollando en el país. Para algunos de los nuevos reclutas del partido se estaban encontrando oportunidades. En unas condiciones en las que el auge de la lucha de clases de 1918-1920 en Europa retrocedía, las esperanzas de un renacimiento nacional aumentaban con el descenso del nivel político del propio partido.

Para responder a la crisis de las tijeras, Trotsky propuso un programa de industrialización expandida basado en un programa planificado y consciente. Esto no solo crearía las condiciones para la producción de bienes industriales muy necesarios, sino que fortalecería a la clase obrera numérica, social y políticamente. Pero también insistió en que esto tenía que combinarse con el desarrollo de una mayor democracia partidaria y el papel activo de la clase obrera en la aplicación de dicho programa. Esto no era algo que la creciente burocracia pudiera permitir ya que eso amenazaría su creciente control sobre la vida económica y política.

No era el caso que los peligros de la creciente burocratización se pasaran por alto o se ignoraran dentro de las capas del partido, pero las condiciones objetivas determinaban las medidas necesarias en tan difíciles circunstancias. Stalin, como secretario general del partido, supervisó el nombramiento de los puestos en el floreciente aparato, un puesto de gran poder, ya que muchos competían por asegurar esos puestos. Pero, dicho esto, Stalin no creó la burocracia, sino que más correctamente la burocracia seleccionó a Stalin.

Trotsky explicó en el “Nuevo Curso” que la burocratización no era solo el agregado de los malos hábitos de los funcionarios sino que era un fenómeno social, uno que absorbía una gran parte de los cuadros más activos del partido que se sumergían cada vez más “en los métodos de administración de los hombres y las cosas en lugar de la dirección de las masas”.

Los socialistas más conscientes de su tiempo comprendieron que el mayor peligro para el joven Estado soviético no eran los inevitables problemas o incluso los errores que se cometieron tras la toma del poder, sino el aislamiento de la Unión Soviética. Fueron las derrotas de las luchas revolucionarias del proletariado, particularmente en Alemania, las que debían acelerar y cimentar las bases de la creciente burocracia.

Los crecientes intereses de la burocracia estaban estrangulando los preceptos democráticos del propio partido. Los métodos antidemocráticos del triunvirato de Stalin, Zinóviev y Kámenev atraían cada vez más ansiedad y oposición junto con las preocupaciones sobre las consecuencias de la NEP.

Trotsky se pronunció en contra de la supresión de la democracia interna del partido, especialmente en condiciones en las que Lenin no podía volver al trabajo del partido tras su derrame cerebral en marzo de 1923. En octubre de 1923, Trotsky escribió al Comité Central exponiendo sus preocupaciones y críticas tanto a la política económica estatal como a los crecientes elementos burocráticos de la vida del partido. Esta carta fue luego respaldada por la “Declaración de los 46”, que eran miembros prominentes del partido. Este fue el comienzo de la lucha de la Oposición de Izquierda.

Pero el desarrollo del conflicto del partido no estaba determinado solo por lo que estaba ocurriendo dentro de la Unión Soviética.

En 1923 –un año que se convirtió en un punto de inflexión en las relaciones de clases internacionales— el fracaso del KPD, el Partido Comunista Alemán, en llevar a cabo el derrocamiento revolucionario del Gobierno de Stresemann cambió el equilibrio de las fuerzas de clase dentro de Europa.

Heinrich Brandler, el líder del KPD, a pesar de las condiciones políticas más favorables, canceló la insurrección porque no consiguió el apoyo de los socialdemócratas de izquierda. Mientras Stalin y Zinóviev le echaban la culpa directamente sobre sus hombros, era Stalin quien había declarado: “Los alemanes deben ser refrenados, no alentados” y “Para nosotros sería una ventaja que los fascistas golpearan primero”.

Esto estaba en línea con las posiciones que Stalin adoptó en Rusia en 1917. Ya en marzo de 1917 Stalin había instado a los bolcheviques a unificarse con los mencheviques, una medida que habría liquidado el partido proletario y bloqueado una lucha revolucionaria contra el Gobierno provisional burgués. Kámenev y Zinóviev, en vísperas de la insurrección de octubre, habían argumentado en contra de la toma del poder tanto en la dirección del partido como la prensa de los enemigos políticos de los bolcheviques.

Fue solo con el regreso de Lenin en abril de ese año, cuando forzó cambiar esta línea política a través de las Tesis de Abril que pudo dirigir el partido hacia la preparación de la toma del poder político por la clase obrera.

La derrota alemana de 1923 fue un golpe aplastante para la clase obrera alemana, rusa e internacional. Trotsky luchó para sacar las lecciones de esta experiencia crucial. Esta fue la base de sus famosas Lecciones de Octubre escritas en 1924 después de la debacle alemana. En esta obra, explica las luchas políticas dentro del Partido Bolchevique en 1917 y su significado.

Esto no era subjetivismo por parte de Trotsky o un intento para socavar la posición de otros. Comprendió que era necesario que los jóvenes partidos comunistas de la Tercera Internacional asimilaran las lecciones estratégicas de la toma del poder por los bolcheviques en 1917, desde el rearme teórico del partido con las Tesis de Abril de Lenin hasta la organización de la insurrección que derrocó al Gobierno provisional en octubre.

Explicó en Lecciones de Octubre: “Los acontecimientos han demostrado que, sin un partido capaz de dirigir la revolución proletaria, la propia revolución se hace imposible. El proletariado no puede tomar el poder mediante un levantamiento espontáneo. Incluso en una Alemania altamente industrializada y culta, el levantamiento espontáneo de los trabajadores –en noviembre de 1918— solo logró transferir el poder a las manos de la burguesía. Una clase propietaria es capaz de tomar el poder que le ha sido arrebatado a otra clase propietaria porque es capaz de basarse en sus riquezas, su nivel cultural y sus innumerables conexiones con el antiguo aparato estatal. Pero no hay nada más que pueda servir al proletariado como sustituto de su propio partido”.

El triunvirato gobernante, sin embargo, vio este llamado a un estudio de los acontecimientos de 1917 como una amenaza a su posición. La burocracia respondió a la publicación de Lecciones de Octubre desatando un torrente de abusos y calumnias en la prensa soviética contra Trotsky y la Oposición de Izquierda. Más tarde Trotsky vinculó esta campaña mentirosa contra la teoría de la revolución permanente con las purgas y las farsas judiciales de 1936-38. “Las amalgamas jurídicas de Moscú no cayeron, sin embargo, del cielo, sino que fueron los productos inexorables del pasado, en primer lugar, es decir, de la 'Escuela de Falsificación de Stalin'. ...que la preparación de los sangrientos montajes judiciales tuvo su origen en las 'menores' distorsiones históricas y en la 'inocente' falsificación de citas” (3 de marzo de 1937, prólogo a la edición estadounidense de La Escuela de Falsificación de Stalin).

El impacto político y psicológico en la clase obrera rusa por la derrota de la Revolución alemana fue profundo. Sus esperanzas de apoyo y salvación de la clase obrera internacional fueron reemplazadas cada vez más por la decepción y el giro hacia soluciones nacionales.

Fue sobre esta base que el programa de socialismo en un país fue desarrollado por Bujarin y Stalin en la última parte de 1924. Este fue un repliegue nacionalista y representó un punto de encuentro ideológico y político de la burocracia. No fue el caso que Stalin y Bujarin desarrollaron la teoría del socialismo en un país y luego crearon la burocracia. No está claro que Stalin entendiera realmente el impacto que esta transgresión programática tuvo, pero imbuyó a la burocracia con su justificación política.

Sin embargo, también encontró cierta resonancia en las masas como resultado de los años difíciles, el agotamiento político dando lugar a un deseo y la creencia de que podría haber algún tipo de resurgimiento nacional.

Y parecía que, en esa etapa, para los miopes, que las cosas habían empezado a cambiar, se estaban produciendo algunos progresos. La represión contra la Oposición de Izquierda, por lo tanto, solo fue posible debido a este cambio de ánimo. Parece contradictorio que en el momento en que, sobre la base de las relaciones de propiedad nacionalizadas, se lograron avances, se intensificaran los ataques contra la Oposición de Izquierda.

En la medida en que la burocracia fue capaz de velarse con estas ganancias a pesar de las crisis que existían en la economía, las posiciones nacionalistas contenidas en “el socialismo en un solo país” asumieron cierta legitimidad. Ante las derrotas internacionales se desarrolló el sentimiento de, “¡Basta de revolución permanente! Algo para nosotros también”.

Es importante entender esta relación. A Trotsky se le preguntaba a menudo “¿cómo perdiste el poder?”, lo que se planteaba casi como perder llaves. Respondió que él y la Oposición de Izquierda representaban el levantamiento de la revolución obrera y que el cambio en su posición no se produjo porque se demostró que su programa fuera incorrecto, sino porque el equilibrio de las fuerzas de clase cambió—el levantamiento revolucionario había disminuido—.

La represión dio lugar a su destitución como comisario de guerra en 1925, del politburó en 1926, del Partido Comunista en 1927 y expulsado de la Unión Soviética en 1929. Los miembros de la Oposición de Izquierda también sufrieron lo mismo mientras sus reuniones eran atacadas, obligándolos a organizarse clandestinamente.

En 1928, el Estado soviético se encontraba de nuevo amenazado, como habían advertido Trotsky y la Oposición de Izquierda, por una importante crisis interna debida al creciente poder de los kulaks, los campesinos más ricos y los elementos capitalistas directos, ya que se retenía el grano en las ciudades.

En nombre de una guerra contra los kulaks, Stalin lanzó una guerra contra los campesinos que implicaba la requisa forzada de grano y luego la colectivización forzada y un programa de choque de la industrialización. Esto llevó al país al borde de la guerra civil.

Hubo una interconexión muy directa entre las políticas económicas de la burocracia estalinista en la Unión Soviética y su programa internacional, y su impacto no se sintió solo dentro de la Unión Soviética, sino también en la Internacional Comunista (Comintern).

La transformación de la Tercera Internacional en un apéndice subordinado de la política exterior e interna de la burocracia soviética —basando sus alianzas, acuerdos y bloques para asegurar que no hubiera ninguna acción imperialista contra la URSS— tuvo como resultado la derrota de las luchas revolucionarias en Reino Unido en 1926, en China en 1927 y en Alemania en 1933.

El giro “a la izquierda” de la burocracia hacia la colectivización y la industrialización forzadas fue acompañado por la declaración de un tercer período en la historia del capitalismo de posguerra que pretendía ver la continua radicalización de las masas.

Esto significaba que la tarea estratégica clave de separar a las masas de trabajadores de la socialdemocracia fue declarada por decreto burocrático, como resuelta. En Alemania, donde la socialdemocracia seguía contando con la lealtad de millones de trabajadores, fue declarada “socialfascista”.

A partir de 1930, cuando el peligro nazi se hizo cada vez más evidente, Trotsky luchó por la táctica del Frente Unido, dirigida a la formación de un bloque entre el KPD, la socialdemocracia y los sindicatos para defender las organizaciones de la clase obrera y los derechos democráticos contra el peligro nazi. No se trataba de un acuerdo político con el programa de la socialdemocracia, sino de demostrarles a los trabajadores que los apoyaban que no se podía confiar en ellos para oponerse a los fascistas.

La Comintern y el KPD se opusieron al frente unido, dividiendo así a la clase obrera más poderosa de Europa, haciéndola incapaz de derrotar a la muchedumbre y escoria humana que eran los nazis. Esto hizo inevitable la Segunda Guerra Mundial y la incalculable matanza que iba a resultar.

Después de la instalación de Hitler como canciller por parte de la burguesía alemana en enero de 1933 y el fracaso de cualquier sección de la Comintern o de cualquiera de sus partidos miembros en ofrecer una sola palabra de crítica a las políticas que habían llevado a esta catástrofe, Trotsky llegó a la conclusión de que cambiar o reformar la Internacional Comunista ya no era posible –si el trueno del fascismo no podía despertarla, entonces estaba muerta para el propósito de la revolución— y una nueva Internacional tenía que ser fundada.

La próxima conferencia tratará sobre este período.

Las lecciones de esta difícil pero decisiva lucha no son académicas o de valor histórico, sino que pertenecen directamente a las tareas a las que se enfrentan la Cuarta Internacional y la clase obrera hoy en día en lo que son las mayores convulsiones revolucionarias y sin precedentes en décadas. No hay nada más urgente que la construcción de la dirección revolucionaria que pueda llevar a la clase obrera al derrocamiento del capitalismo, un sistema que amenaza la existencia misma de la humanidad. Es a este partido al que les insto a unirse.