Grupo de ayuda advierte de 3.2 millones de muertes por COVID-19, mil millones de infecciones en países devastados por la guerra

por Bill Van Auken
1 mayo 2020

Ha advertido un grupo de ayuda internacional que la rápida propagación mundial de la pandemia de coronavirus amenaza con matar a 3.2 millones de personas e infectar a mil millones en países que han sido devastados por la guerra y el desplazamiento de masas de refugiados.

El Comité Internacional de Rescate (IRC) advirtió que incluso cuando el número mundial de infecciones por coronavirus excede los 3.2 millones y el número global de muertes se acerca a un cuarto de millón, las consecuencias mucho más mortales son inevitables en lo que se refiere delicadamente como los países "frágiles".

"Estas cifras deberían servir como una despierta atención: el peso total, devastador y desproporcionado de esta pandemia aún no se ha sentido en los países más frágiles y devastados por la guerra", advirtió el IRC.

Los principales países "frágiles", según la agencia de ayuda, son Yemen, Afganistán, Siria e Irak, todos con sociedades que han sido diezmadas por intervenciones militares directas de Estados Unidos y guerras de poder.

Bagdad, Irak, 10 de abril de 2020 (AP Photo/Hadi Mizban)

Las proyecciones del IRC se basan en modelos epidemiológicos y datos producidos por el Imperial College de Londres (ICL) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), que se basan en gran parte en los patrones de mortalidad registrados durante el brote temprano de la pandemia en China.

Sobre esta base, reconoce que sus horrendas proyecciones de muertes "pueden ser conservadoras en el mejor de los casos". Afirma: “El modelo ICL/OMS utiliza los mejores datos de mortalidad disponibles, de China, lo que presupone que los niveles de atención médica disponibles allí estarían disponibles en otros lugares. Como el IRC advirtió anteriormente, los Estados frágiles no tienen ni cerca de la capacidad de atención médica que se brinda en China".

Señala que en Venezuela, que ha sido sometida a un régimen de sanciones por los Estados Unidos que equivale a un estado de guerra, más de la mitad de los médicos han abandonado el país y el 90 por ciento de los hospitales están plagados de escasez de medicamentos y suministros críticos.

Además, según el informe, los campos de refugiados del Medio Oriente y el sur de Asia están 8.5 veces más densamente poblados que el crucero Diamond Princess, donde la transmisión del virus fue hasta cuatro veces más rápida que en Wuhan, China. En estos campos, el distanciamiento social es una imposibilidad patente.

Entre los países más amenazados por la propagación del coronavirus, según el informe del IRC, se encuentra Yemen, donde se informó de la primera expansión confirmada del virus el miércoles, pasando de un trabajador portuario infectado a cinco yemeníes con la enfermedad. Como en todos los países devastados por la guerra incluido en el informe del IRC, estas cifras son menos que la punta del iceberg en condiciones en las que no hay pruebas significativas de la población.

El grupo de nuevos casos en Yemen se detectó en la ciudad portuaria de Adén, que se ha convertido en un punto focal para una mayor escalada del conflicto militar que se ha desatado en Yemen desde que Arabia Saudita invadió el país en 2015 en un intento de reimponer a un gobierno títere no electo respaldado por Estados Unidos del presidente Abd Rabbuh Mansur Hadi.

Las fuerzas islamistas en el Consejo de Transición del Sur, respaldadas por los Emiratos Árabes Unidos (EAU), han tomado el control de Adén, proclamando un estado sureño independiente, abriendo la posibilidad de una nueva ronda de lucha con fuerzas leales a Arabia Saudita y Hadi. Los EAU persiguen sus propios intereses en el conflicto, buscando consolidar su control sobre el Cuerno de África, donde tiene considerables intereses comerciales.

Mientras tanto, a pesar de una tregua autoproclamada por la monarquía saudí, los ataques aéreos de las fuerzas lideradas por Arabia Saudita contra áreas controladas por los rebeldes hutíes en el norte de Yemen aumentaron un 30 por ciento la semana pasada, según el Proyecto de Datos de Yemen, que monitorea la guerra.

Los ataques aéreos sauditas, unos 257,000 de ellos desde 2015, se llevan a cabo con aviones de combate, bombas y misiles suministrados por los EE. UU., y se facilitan con el apoyo logístico del Pentágono. Con este apoyo estadounidense —implementado bajo la administración demócrata de Obama y continuado y profundizado bajo la administración republicana de Trump— han diezmado los hospitales en Yemen, dejando al país en gran medida indefenso contra la propagación del coronavirus.

La guerra de cinco años ha matado al menos 110,000 yemeníes, dejando cientos de miles más heridos. Se estima que 75,000 niños menores de cinco años han muerto de hambre desde el comienzo de la guerra, mientras que al menos 14 millones de personas están al borde del hambre. Además de esto, tanto Estados Unidos como la ONU han reducido la ayuda al país empobrecido y devastado por la guerra. El número de muertos por el coronavirus en el país se vería alimentado por comorbilidades que incluyen el hambre y la peor epidemia de cólera en la historia.

Una amenaza similar se plantea en Libia, que una vez se jactó de uno de los sistemas de atención médico más avanzado en África, pero quedó diezmada por una guerra de Estados Unidos y la OTAN de 2011 por un cambio de régimen que derrocó y asesinó al exlíder del país, el coronel Muamar Gadafi. Desde entonces, Libia ha sido un campo de batalla entre milicias opositoras, respaldados por potencias rivales que buscan el control de las reservas de petróleo del país, las más grandes del continente africano.

El IRC advirtió que una respuesta a la pandemia de COVID-19 en Libia se ha visto gravemente socavada por los continuos combates, que incluyeron ataques a la infraestructura de la atención médica. Dos hospitales de campaña fueron bombardeados el miércoles, hiriendo a cinco paramédicos. El Hospital Al Khadra en Trípoli también fue golpeado tres veces durante el mes pasado, lo que obligó a cerrar una de las únicas instalaciones designadas para el tratamiento de pacientes con COVID-19. La semana pasada, otros cuatro hospitales se vieron obligados a suspender las operaciones debido a los enfrentamientos.

Los más expuestos al riesgo en el país son unos 700,000 refugiados y migrantes, sujetos a una brutal persecución y muchos de ellos encarcelados en campos de detención terriblemente superpoblados a través de los cuales el virus puede propagarse como un incendio forestal. Al menos el 80 por ciento de ellos no tienen acceso alguno a la atención médica.

Condiciones similares prevalecen en Siria, Irak y Afganistán, cuya cifra combinada de muertes de casi dos décadas por guerras de agresión por los Estados Unidos supera un millón. Todos ellos han visto diezmada la infraestructura social básica, incluyendo los sistemas de atención de salud.

En estos países, como en todo el planeta, el coronavirus está exponiendo y exacerbando cruelmente las condiciones que ya habían sido creadas por la explotación capitalista y la agresión imperialista.

A pesar de las advertencias impactantes del informe del IRC, las recomendaciones de la agencia para enfrentar el peligro son sorprendentemente inadecuadas y sin sentido. Incluyen la declaración, "Los donantes deben garantizar que el financiamiento de respuesta inmediata a COVID-19 llegue a los que responden de la primera línea", y un llamado a los Gobiernos a "limitar las restricciones al movimiento de personal humanitaria, suministros humanitarios y de COVID-19, medicamentos esenciales y alimentos".

No se menciona la participación del Pentágono en las intervenciones militares en curso en Yemen, Siria, Irak y otros lugares, la reducción de la ayuda estadounidense a los países afectados, la decisión de Washington de dejar de financiar a la OMS y los regímenes de sanciones que han cortado los suministros necesarios para Irán y Venezuela. .

Esto apenas es sorprendente dada la composición del IRC. La agencia con sede en Nueva York está dirigida por David Miliband, el exministro de Relaciones Exteriores del Partido Laborista británico. Su junta de supervisores incluye no menos de cuatro ex secretarios de Estado y criminales de guerra: Henry Kissinger, Madeline Albright, el general Colin Powell y Condoleezza Rice, así como directores generales de varios bancos y corporaciones estadounidenses, incluyendo Goldman Sachs, Bank of America, Citibank, Morgan Stanley, American Express y PepsiCo. Las operaciones supuestamente humanitarias de la agencia son un instrumento y están totalmente subordinados a los intereses estratégicos del imperialismo estadounidense.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 30 de abril de 2020)