Trump espera momento oportuno, pero preparativos de guerra con Irán continúan

10 enero 2020

El discurso del presidente Donald Trump el miércoles, poco después del lanzamiento de misiles balísticos de Irán contra bases estadounidenses en Irak ha sido interpretado por la prensa corporativa como una disminución en tensiones que llevaron al mundo al borde de una nueva y catastrófica guerra imperialista.

“Trump retrocede de un continuo conflicto militar con Irán”, proclamó el New York Times. CNN afirma que el presidente estadounidense tomó “la salida fuera de la confrontación” con Irán. Otros hablaron de “alivio” y que la marcha bélica parece “aplacarse”.

Ningún argumento de que el peligro de guerra esté disminuyendo cuenta con una pizca de credibilidad. Tienen tan pocas bases objetivas como los disparates en el discurso de Trump sobre desearle “un gran futuro” a Irán y “abrazar la paz con todos los que la busquen”.

El peligro de guerra desatado por la decisión de Trump de anular el acuerdo nuclear de 2015 entre Teherán y las principales potencias mundiales tan solo se está recrudeciendo, como lo dejó claro cada punto esencial en sus declaraciones. Nadie debería dudar en lo mínimo que, en la medida en que se haya pospuesto temporalmente un ataque militar directo contra Irán, será aún más sangriento y destructivo cuando ocurra.

El ataque de Irán, en respuesta al asesinato del general Soleimani, claramente no tenía la intensión de causar bajas. Pero Washington no mira esto como una razón para “aplacar” tensiones, sino como una oportunidad táctica para perseguir sus objetivos estratégicos. El hecho de que no hubiera ninguna baja estadounidense disminuyó la presión sobre Trump en cuanto a un contraataque inmediato bajo condiciones en que EE. UU. no estaba preparado para una guerra de plena escala. Debido a la forma repentina en que Trump ordenó el asesinato de Soleimani, el ejército estadounidense no contó con el tiempo suficiente para un reacomodamiento ofensivo de sus fuerzas. Cuando ocurra la siguiente provocación inevitable, ya se habrá atendido esta debilidad táctica.

Gran parte de lo que Trump dijo fue reciclado de los discursos y tuits previos denunciando e insultando tanto a Irán como al general Qasem Soleimani. Pero, algo más importante de cualquier cosa que Trump haya dicho, fue la forma en que se escenificó su discurso. En una violación sin precedentes de protocolo constitucional, Trump dio su discurso ante la nación acompañado por todo el Estado Mayor Conjunto en uniforme, así como el vicepresidente Mike Pence, el secretario de Estado Mike Pompeo y el secretario de Defensa Mike Esper. Previamente, todo anuncio de una importante crisis u operación militar había sido hecho por el presidente sentado en su escritorio en la oficial Oval. La intención de esta imagen fue presentar a Trump como líder de una junta militar.

¿Cuál fue el mensaje enviado por la presencia militar en esta instancia? Trump dio un abrupto preludio a sus declaraciones antes de llegar al podio: “Mientras yo sea presidente de EE. UU., Irán nunca tendrá permitido tener un arma nuclear”. De esta forma, planteó un pretexto clave para un ataque futuro contra Irán incluso antes de decir “buenos días”.

Su apariencia era al de un hombre teniendo dificultades para controlarse a sí mismo. Tenía la cara roja y tomaba respiros pesados. Es difícil evitar la conclusión de que había tenido argumentos furiosos tras bastidores antes de aparecer en público.

Durante la semana previa publicó numerosas amenazas, prometiendo golpear a Irán “más fuerte de lo que jamás la han golpeado” y tuiteó “una notificación al Congreso de EE. UU. de que, si Irán ataca cualquier persona o blanco estadounidense, EE. UU. contratacará de forma rápida y completa, y quizás desproporcionada”.

¿Por qué no cumplió sus amenazas? Lo más probable es que el Estado Mayor Conjunto le advirtió a Trump que una acción precipitada podría acabar en un desastre militar.

El Pentágono necesita tiempo para preparar la defensa de unas 70.000 tropas estadounidenses desplegadas en torno a las fronteras de Irán, desde Afganistán a Turquía, junto con decenas de miles de contratistas militares y personal naval estacionados en la región. El ejército sabe que la próxima ronda de ataques estadounidenses probablemente instigará una lluvia de misiles iraníes contra bases, pistas de aterrizaje, buques y portaaviones estadounidenses. En vísperas de las guerras estadounidenses contra Irak en 1990 y 2003, Washington necesitó de varios meses para prepararse ante un enemigo mucho menos potente.

Los estrategas de guerra en Washington también están sujetos a consideraciones políticas. Se necesita más tiempo para desarrollar la propaganda bélica y acondicionar psicológicamente a la población para niveles de violencia no vistos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Esta propaganda incluirá esfuerzos para condicionar al pueblo estadounidense a aceptar el uso de armas nucleares por parte de EE. UU., con la ayuda de la complaciente prensa corporativa. Las protestas masivas en Irán y todo Oriente Próximo provocadas por el asesinato de Soleimani dieron una indicación de los levantamientos que producirá una guerra total de EE. UU., especialmente cuando la clase obrera está participando en luchas de masas a nivel global.

Los únicos dos elementos substanciales del discurso de Trump fueron su promesa de imponer “sanciones económicas punitivas adicionales” y su demanda a la OTAN de que “se involucre mucho más en Oriente Próximo”.

No se dieron detalles sobre las nuevas sanciones y es difícil imaginar cuánto más se puede intensificar la campaña de Washington de “máxima presión” para hacer colapsar la economía iraní y someter a su población con hambre.

En cuanto a la OTAN, Washington están intentando nuevamente conformar una “coalición de los dispuestos” como en 2003. Tiene toda razón para creer que puede sumar a las potencias europeas a sus preparativos para una guerra criminal, dada su respuesta entusiasta al asesinato de Soleimani, dirigiendo todas sus denuncias a Teherán. Así como sucede con el imperialismo estadounidense, la Europa capitalista está siendo empujada a una guerra por sus propias contradicciones internas y el aumento en las tensiones sociales.

Una guerra contra Irán inevitablemente estará acompañada por una eliminación de los derechos democráticos más elementales en casa. Una de las declaraciones más extraordinarias del discurso de Trump, pronunciado frente a los altos mandos militares, fue acusar al Gobierno de Obama de financiar el terrorismo y pagar por los misiles lanzados contra las bases estadounidenses por firmar el acuerdo nuclear de 2015 que descongeló los depósitos iraníes en cuentas estadounidenses. Esto equivale a acusar a un expresidente estadounidense de traición y constituye solo un anticipo de cómo el Gobierno estadounidense tratará a la oposición masiva contra la guerra entre los trabajadores y jóvenes estadounidenses.

Una guerra estadounidense contra Irán eclipsará con creces la catástrofe y más de un millón de víctimas producidas en la región por la guerra en Irak lanzada hace 17 años. Amenaza con absorber a toda la región y, de hecho, todo el mundo.

Nadie puede mantener la ilusión de que esto prevendrá que Washington inicie esta guerra. Millones en todo el mundo están horrorizados al ver cómo la clase gobernante estadounidense, para emplear la frase de Trotsky de 1938, “se desliza como en un tobogán y con los ojos cerrados hacia… la catástrofe”.

Todas las afirmaciones de que la postergación de los ataques militares contra Irán por parte de Trump abre la puerta hacia la paz cometen el error de separar las acciones de Trump de la crisis subyacente que ha impulsado la política exterior estadounidense por 30 años.

Nada de los últimos dos días ha cambiado los objetivos militares de EE. UU. Los mismos imperativos geopolíticos que llevaron a la crisis de esta semana engendrarán nuevas crisis.

Este peligro de guerra es el producto final de toda la descabellada política militarista perseguida por el imperialismo estadounidense desde la disolución de la Unión Soviética en 1991. Una serie de guerras de agresión y operaciones de cambio de régimen, desde Afganistán e Irak a Libia y Siria, solo han producido desastres sin siquiera alcanzar los objetivos estratégicos de Washington. Ahora incluso se enfrenta a la posibilidad de que sus tropas sean expulsadas de Irak.

Los preparativos de guerra contra Irán están vinculados a toda la estrategia global anunciada por Washington en 2019 basada en un giro lejos de la “guerra contra el terrorismo” hacia la preparación de guerras derivadas de la “competición entre grandes potencias”. La imposición de un régimen títere de estilo colonial en Teherán y el control sobre las provisiones energéticas del golfo Pérsico son vistas por Washington como pasos esenciales en preparación para guerras con Rusia y China.

Y, pese a que una guerra contra Irán puede llegar a ser tremendamente sangrienta, eso no detendrá a una clase gobernante que se prepara para una conflagración nuclear.

Ya no se trata de si se iniciará o no una guerra contra Irán, sino de cuándo. Así como se inventó un pretexto para asesinar al general Soleimani, basándose en una falsa “amenaza inminente”, un ataque real o fabricado contra las fuerzas estadounidenses llevado a cabo por cualquiera en cualquier parte de Oriente Próximo u otra advertencia de una supuesta “amenaza” será suficiente como justificación para la agresión imperialista.

No se puede detener una guerra por medio de los cobardes y supuestos oponentes políticos de Trump en el Partido Demócrata, quienes han operado como voceros políticos del aparato militar y de inteligencia, oponiéndose al Gobierno de Trump por no ser lo suficientemente agresivo contra Rusia.

Tampoco será detenida por ninguno de los Gobiernos del mundo, incluyendo las maniobras del Gobierno burgués clerical en Teherán, el cual busca un acuerdo con el imperialismo incluso mientras se enfrenta a una oposición masiva desde abajo.

Cualquier llamado a la racionalidad de la burguesía mundial contra la guerra es inútil, ya que la guerra proviene directamente de la irracionalidad del capitalismo y la contradicción irresoluble entre el sistema de Estados nación y la economía mundial.

La táctica de postergación de Trump no puede disminuir de ninguna manera la lucha por construir un movimiento socialista contra la guerra. La tarea más urgente e inmediata es conectar la lucha contra la guerra con el resurgimiento global de la lucha de clases, el cual provee las bases poderosas para el desarrollo de un movimiento de masas contra la guerra dirigido a poner fin al imperialismo y reorganizar la sociedad sobre cimientos socialistas.

(Publicado originalmente en inglés el 9 de enero de 2019)

Bill Van Auken y David North