Ante decapitaciones, Wall Street se lanza en busca de ganancias sauditas

29 abril 2019

Las horrendas decapitaciones de 37 hombres en un solo día en Arabia Saudita el martes pasado han sido objeto de mínimas protestas por parte de los Gobiernos occidentales y la prensa corporativa.

Los mismos periódicos y difusoras que han agitado la indignación moral por presuntos abusos, tanto inventados como reales, de los Gobiernos en Rusia, China, Irán, Siria o Venezuela, claramente no se siente perturbados por estas ejecuciones criminales. Mantienen un silencio sepulcral incluso cuando aquellos decapitados con espadas incluían a tres jóvenes arrestados cuando eran menores, torturados para que firmaran confesiones y sentenciados de cargos de “terrorismo” por atreverse a participar en protestas contra la dictadura monárquica del país.

Uno de los decapitados era Abdulkarem al-Hawaj, arrestado a los 16 años por las fuerzas de seguridad saudíes por participar en una protesta en la provincia Occidental, el hogar del grueso de la minoría chiita en Arabia Saudita. Comenzando en 2011, esta provincia particularmente rica en petróleo ha sido testigo de la discriminación y opresión sistemáticas de los chiitas en manos de una monarquía vinculada a la doctrina religiosa oficial y patrocinada por el Estado del wahabismo, una secta ultraconservadora sunita.

El verdadero “crimen” de Abdulkarem fue aparentemente utilizar las redes sociales para promover la participación en la protesta. Lo mantuvieron en aislamiento solitario, lo vapulearon, lo torturaron con cabes eléctricos y lo colgaron con cadenas en sus muñecas hasta que aceptó firmar una falsa confesión.

También asesinaron en esta serie de ejecuciones barbáricas a Mujtaba al-Sweikat, quien tenía 17 años cuando lo arrestaron en el aeropuerto a punto de abordar un avión a Estados Unidos, donde planeaba convertirse en estudiante de la Universidad de Western Michigan. Su crimen también el de atreverse a protestar contra la dictadura real saudita.

Su padre, quien lo representó en el juicio fraudulento, acusó al Estado de crear la “ilusión” de una “célula terrorista” inexistente. “Lo sometieron a abusos psicológicos y físicos que drenaron su fuerza”, afirmó el padre de Sweikat en la corte. “El interrogador dictó la confesión de Sweikat y lo obligó a firmar para que la tortura se detuviera. Firmó”.

Como en todos los otros casos, el tribunal ignoró la evidencia de tortura y de confesiones forzadas, sellando la pena capital por decapitación que ya había sido dictada por la Casa de Saud.

El Gobierno estadounidense prácticamente no se ha referido a estas atrocidades. Un portavoz del Departamento de Estado emitió una declaración formal: “Hemos visto estos reportes. Urgimos al Gobierno de Arabia Saudita y a todos los Gobiernos a garantizar juicios, libertad de detenciones arbitrarias y extrajudiciales, transparencia, Estado de derecho y libertad de religión y creencia”.

Durante los dos días después de las decapitaciones públicas sauditas, que incluso involucraron la crucifixión de una de las víctimas y la exposición de una cabeza clavada en una estaca para intimidar a cualquiera que piense oponerse al gobernante de facto del reino, el príncipe heredero, Mohamed bin Salman, el mismo Departamento de Estado produjo declaraciones condenando a Rusia por “violaciones severas de derechos humanos” en Chechenia, a Venezuela por utilizar “intimidaciones y encarcelamientos” contra la oposición derechista patrocinada por Estados Unidos y a La Habana por “suprimir los derechos humanos del pueblo cubano”.

La manifiesta indiferencia de Washington a las ejecuciones masivas en Arabia Saudita expone el cinismo e hipocresía sin límites de todas las pretensiones de “derechos humanos” del imperialismo estadounidense, así como su indignación fingida por los presuntos crímenes perpetrados por Gobiernos que considera rivales estratégicos o que está buscando derrocar. Estados Unidos ha considerado a Arabia Saudita por mucho tiempo como un bastión de dominio imperialista y reacción en Oriente Próximo. El Gobierno de Obama exhibió la misma reacción a la ejecución masiva de 47 hombres más en enero de 2016.

Sin embargo, el acogimiento de la sangrienta dictadura monárquica por parte de Wall Street y el capital financiero global exhibe el mismo grado de complicidad que el del Gobierno estadounidense con los crímenes del régimen saudita.

En octubre del año pasado, un número importante de magnates de Wall Street y directores de las casas internacionales de finanzas cancelaron sus viajes a la conferencia anual de inversionistas en Arabia Saudita conocida como “Davos en el desierto”. La reunión, a la que fueron oficiales de rangos menores de sus mismas firmas, sucedió pocas semanas después del asesinato y descuartizamiento brutales del conocido periodista saudita, Jamal Khashoggi en el consulado saudita en Estambul.

La macabra ejecución de Khashoggi, alguien al interior del régimen que fue tanto asesor del titular de la inteligencia saudita como interlocutor semioficial entre la Casa de Saud y la prensa occidental antes de entrar en conflicto con Riad, fue perpetrada por un escuadrón de la muerte de militares y agentes de inteligencia que la CIA y otras agencias de inteligencia vincularon directamente con una orden dada por el príncipe heredero bin Salman.

Mientras que la muerte del conectado periodista, quien recibió una columna en el Washington Post después de autoexiliarse en EUA, provocó un periodo breve de cobertura y protesta de los medios y políticos estadounidenses, han pasado seis meses y el crimen prácticamente se ha olvidado. Los oficiales estadounidenses se refieren indefinidamente a la necesidad de que “rindan cuentas”, mientras ignoran calculadamente que el autor de estos asesinatos macabros y desvergonzados no es nadie más que su aliado más cercano, bin Salman.

Seis meses fueron más que suficiente tiempo para que Wall Street se despojara de cualquier inhibición y pusiera ambos pies en la más reciente “Conferencia del Sector Financiero” en Arabia Saudita, realizada en el Centro Internacional de Conferencias del rey Abdul Azziz. Mientras que su inauguración se produjo inmediatamente después de las ejecuciones masivas, el centro de conferencias en sí está a varios kilómetros de distancia de la plaza Deera en Riad, donde los verdugos cortan cabezas con espadas, para que los CEO de Wall Street no se preocupen de mancharse los zapatos Prada con sangre.

El ambiente de la conferencia fue como la atolondrada recepción de Bin Salman en Estados Unidos hace un año, cuando fue celebrado como un visionario y “reformador” por milmillonarios como Jeff Bezos, Bill Gates, Mark Zuckerberg y Oprah Winfrey.

John Flint de HSBC

“Estamos emocionados por el papel que podamos tener aquí”, dijo el CEO de HSBC, John Flint, en la conferencia esta semana en Riad. “Esta es una economía en la que tenemos mucha confianza. Pienso que el futuro es prometedor”.

Presumió de que varios exbanqueros de HSBC se habían unido al régimen de decapitadores sauditas. “Ha sido nuestro privilegio ver a muchos de nuestros excolegas actualmente en la audiencia y sirviendo a su país ahora”.

Entre los otros participantes, estaba el CEO del BlackRock Inc, Larry Fink, el director ejecutivo de JP Morgan, Daniel Pinto, y el vicepresidente del Banco Mundial para finanzas del desarrollo, Akihiko Nishio, así como representantes de varios otros bancos y fondos de inversión.

Fink de BlackRock fue uno de los más efusivos. Rechazó cualquier escrúpulo por los horripilantes crímenes del régimen saudita, incluyendo no solo las ejecuciones masivas de esta semana y el asesinato de Khashoggi, sino también la guerra genocida respaldada por EUA que ha matado a decenas de miles de yemeníes y ha empujado a millones al borde de la inanición.

“El hecho de que haya problemas en la prensa no me dice que debo huir de un lugar. En muchos casos, me dice que debería correr hacia ese lugar e invertir porque lo que más nos aterra son las cosas de las que no hablamos”, declaró, sin decir una palabra más sobre “las cosas de las que no hablamos”.

El imán que está atrayendo a todos los parásitos financieros capitalistas es la empresa estatal de Arabia Saudita, Aramco, cuyos ingresos equivalen a la suma de los cinco mayores conglomerados energéticos del mundo y cuyas ganancias netas superan a Apple y Google.

Muchos de los bancos y casas financieras representados en Riad, incluyendo JP Morgan, HSBC, Citigroup y Goldman Sachs, participaron este mes en la emisión de $12 mil millones en bonos por parte de Aramco.

El ministro de Energía saudí, Khalid Al-Falih, dijo a la conferencia en Riad que las ventas de bonos de Aramco son “solo el comienzo”, sugiriendo que el gigante petrolero podría realizar una oferta pública inicial tan pronto como el año próximo.

“Habrá más”, añadió. “No les diré qué ni cuando y no serán solo bonos. Antes de lo que esperan, Aramco estará accediendo a los mercados bursátiles”.

Larry Fink de BlackRock

Fink de BlackRock, quien describió las “reformas” de la monarquía saudí como “increíbles”, dijo que ve “oportunidades muy grandes” por todo Oriente Próximo, insistiendo en que “se está volviendo más seguro”.

Describir como “más seguro” a Oriente Próximo después de un cuarto de siglo de guerras imperialistas estadounidenses cuyas víctimas se cuentan en los millones de personas y que han asolado sociedades enteras es delirante.

Sin duda para Fink y los otros oligarcas financieros las decapitaciones masivas de “terroristas” —el sinónimo de agitadores, alborotadores y disidentes— no son un problema, sino un atractivo. Sienten que la defensa de su enorme riqueza contra el trasfondo de niveles sin precedentes de desigualdad social y una clase obrera cada vez más combativa exigirá medidas similares tanto en casa como en el exterior.

(Publicado originalmente en inglés el 27 de abril de 2019)

Bill Van Auken