El arresto de Assange es una advertencia de la historia

por Comentario de John Pilger
15 abril 2019

John Pilger, conocido y respetado cineasta y periodista investigativo, emitió la siguiente declaración sobre el arresto del editor de WikiLeaks, Julian Assange, en la embajada de Ecuador en Londres el 11 de abril.

John Pilger

El hecho de que Julian Assange haya sido arrastrado de la embajada ecuatoriana en Londres es un emblema de la época. El poder contra lo correcto. El músculo contra la ley. La indecencia contra el coraje. Seis policías maltrataron a un periodista enfermo, cuyos ojos se mostraban adoloridos al recibir luz natural tras casi siete años de no hacerlo.

El hecho de que esta indignación ocurriera en el corazón de Londres, en la tierra de la Carta Magna, debería avergonzar y enojar a todos los que temen por las sociedades "democráticas". Assange es un refugiado político protegido por el derecho internacional, que recibe asilo en virtud de un pacto estricto del que Reino Unido es signatario. Las Naciones Unidas dejaron esto en claro en el fallo legal de su Grupo de Trabajo sobre la Detención Arbitraria.

Pero al infierno con eso. Dejen que entren los matones. Dirigidos por los cuasifascistas en el Washington de Trump, en asociación con Lenín Moreno, un Judas latinoamericano y un mentiroso que busca disfrazar a su rancio régimen, la élite británica abandonó su último mito imperial: el de la equidad y la justicia.

Imagínense a Tony Blair arrastrado desde su casa georgiana de varios millones de libras en Connaught Square, Londres, con esposas, para su posterior envío al estrado en La Haya. Para los estándares de Nuremberg, el "crimen supremo" de Blair es la muerte de un millón de iraquíes. El crimen de Assange es el periodismo: hacer que los rapaces rindan cuentas, exponer sus mentiras y empoderar a las personas de todo el mundo con la verdad.

La impactante detención de Assange conlleva una advertencia para todos los que, como escribió Oscar Wilde, "siembran las semillas del descontento [sin las cuales] no habría ningún avance hacia la civilización". La advertencia es explícita hacia los periodistas. Lo que le sucedió al fundador y editor de WikiLeaks le puede suceder a usted en un periódico, a usted en un estudio de televisión, a usted en la radio, a usted grabando un podcast.

El principal verdugo de Assange en los medios, The Guardian, un colaborador con el Estado secreto, mostró su nerviosismo esta semana con un editorial que escaló a nuevas alturas canallescas. The Guardian ha explotado el trabajo de Assange y WikiLeaks en lo que su editor anterior llamó "la mayor filtración de los últimos 30 años". El diario se sirvió de la crema encima de las revelaciones de WikiLeaks y reclamó los elogios y las riquezas que venían con ellas.

Sin llegarle un centavo a Julian Assange o a WikiLeaks, un exagerado libro de The Guardian condujo a una lucrativa película de Hollywood. Los autores del libro, Luke Harding y David Leigh, traicionaron a su fuente, abusaron de él y revelaron la contraseña secreta que Assange le había dado al periódico de manera confidencial, la cual buscaba proteger un archivo digital que contenía cables filtrados de las embajadas estadounidenses.

Con Assange ahora atrapado en la embajada ecuatoriana, Harding se unió a la policía afuera y se regocijó en su blog de que "Scotland Yard podría reír de último". Desde entonces, The Guardian ha publicado una serie de falsedades sobre Assange, entre otras, una afirmación desacreditada de que un grupo de rusos y el hombre de Trump, Paul Manafort, había visitado a Assange en la embajada. Las reuniones nunca ocurrieron; era falso

Pero el tono ahora ha cambiado. "El caso de Assange es una red enmarañada moralmente", opinó el periódico. "Él (Assange) cree en publicar cosas que no deberían publicarse ... Pero siempre ha arrojado luz sobre cosas que nunca deberían haber estado ocultas".

Estas "cosas" son la verdad sobre la forma homicida en que Estados Unidos lleva a cabo sus guerras coloniales, las mentiras de la cancillería británica en su negación de derechos a las personas vulnerables, como los isleños de Chagos, la exposición de Hillary Clinton como patrocinadora y beneficiaria del yihadismo en Oriente Próximo, la descripción detallada de los embajadores estadounidenses de cómo los Gobiernos en Siria y Venezuela podrían ser derrocados, y mucho más. Todo está disponible en el sitio de WikiLeaks.

El Guardian está comprensiblemente nervioso. Policías secretos ya visitaron el periódico y exigieron y lograron la destrucción ritual de un disco duro. El diario no es nuevo en esto. En 1983, una empleada de la Oficina de Asuntos Exteriores, Sarah Tisdall, filtró documentos del Gobierno británico que mostraban cuándo llegarían a Europa las armas nucleares de crucero estadounidenses. El Guardian fue bañado de elogios.

Cuando una orden judicial exigió que revelaran la fuente, en lugar de que el editor fuera a la cárcel por un principio fundamental de proteger a una fuente, Tisdall fue traicionado, procesado y cumplió seis meses de cárcel.

Si Assange es extraditado a Estados Unidos por publicar lo que The Guardian llama "cosas" veraces, ¿qué sería detener a la editora actual, Katherine Viner después de él, o al editor anterior, Alan Rusbridger, o al propagandista prolífico Luke Harding?

¿Qué sería detener a los editores del New York Times y del Washington Post, quienes también publicaron fragmentos de la verdad que se originaron con WikiLeaks, y al editor de El País en España, y Der Spiegel en Alemania y el Sydney Morning Herald en Australia? La lista es larga.

David McCraw, abogado principal del New York Times, escribió: "Creo que la acusación [de Assange] sería un precedente muy, muy malo para los editores ... de todo lo que sé, está en una posición de editor clásico y la justicia tendría dificultades para distinguir entre el New York Times y WikiLeaks".

Incluso si los periodistas que publicaron las filtraciones de WikiLeaks no son citados por un gran jurado estadounidense, la intimidación de Julian Assange y Chelsea Manning será suficiente. El periodismo real está siendo criminalizado por matones a simple vista. La disidencia se ha convertido en una indulgencia.

En Australia, el actual Gobierno cautivado por Estados Unidos está procesando a dos denunciantes que revelaron que los fantasmas de Canberra espiaron las reuniones de gabinete del nuevo Gobierno de Timor Oriental con el propósito expreso de engañar a la pequeña y empobrecida nación de su parte apropiada del petróleo y los recursos de gas en el mar de Timor. Su juicio se llevará a cabo en secreto. El primer ministro australiano, Scott Morrison, es famoso por su participación en la creación de campos de concentración para refugiados en las islas del Pacífico de Nauru y Manus, donde los niños se autolesionan y se suicidan. En 2014, Morrison propuso campos de detención masiva para 30.000 personas.

El periodismo real es el enemigo de estas desgracias. Hace una década, el Ministerio de Defensa de Londres produjo un documento secreto que describía las "principales amenazas" al orden público como tres: terroristas, espías rusos y periodistas de investigación. Este último fue designado como la principal amenaza.

El documento se filtró debidamente a WikiLeaks, que lo publicó. "No teníamos otra opción", me dijo Assange. "Es muy sencillo. Las personas tienen el derecho a saber y el derecho a cuestionar y desafiar el poder. Esa es la verdadera democracia".

¿Qué pasa si Assange y Manning y otros en su estela, si hay otros, son silenciados y se les quita "el derecho a saber, preguntar y cuestionar"?

En la década de 1970, conocí a Leni Reifenstahl, amiga íntima de Adolf Hitler, cuyas películas ayudaron a hechizar a los nazis sobre Alemania.

Me dijo que el mensaje en sus películas, la propaganda, no dependía de las "órdenes de arriba", sino de lo que ella llamaba el "vacío sumiso" del público.

"¿Este vacío sumiso incluye a la burguesía liberal y educada?", le pregunté.

"Por supuesto", dijo, "especialmente la intelectualidad ... Cuando las personas ya no hacen preguntas serias, son sumisas y maleables. Cualquier cosa puede suceder".

Y sucedió.

El resto, pudo haber agregado, es historia.

(Publicado originalmente en inglés el 13 de abril de 2019)