Francia retira su embajador de Italia

9 febrero 2019

Ayer, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la cancillería francesa anunció que retirará a su embajador de Roma. El pretexto inmediato es que el vicepresidente italiano, Luigi di Maio, se reunió el 5 de febrero con un grupo de manifestantes de los “chalecos amarillos” que están pidiendo la salida del presidente francés, Emmanuel Macron. No obstante, el comunicado evidencia que realmente están involucrados otros conflictos internacionales más amplios.

“Por varios meses”, señala, “Francia ha sido el blanco de repetidas acusaciones, ataques infundados y declaraciones indignantes que todos conocemos y recordamos. No tienen precedente desde el fin de la guerra. Tener desacuerdos es una cosa, pero explotarlos para propósitos electorales es otra. Las últimas intervenciones constituyen una provocación mayor e inaceptable”.

Pese a pedir “una relación de amistad y respeto mutuo” entre Francia e Italia, añade: “Todas estas acciones han creado una grave situación que pone en tela de juicio las intenciones del Gobierno italiano en sus relaciones con Francia. Ante esta situación sin precedentes, el Gobierno francés ha decidido retirar al embajador francés de Italia para consultas”.

El retiro de París a su embajador —un paso que típicamente es señal de que peligran las relaciones diplomáticas o una guerra— subraya el colapso de las relaciones en la Unión Europea (UE) a raíz de la promoción incesante de nacionalismo y militarismo por parte de la élite gobernante europea.

Los roces entre París y Roma se han vuelto cada vez más amargos a medida que disputan por influencia en la UE y después de respaldar a facciones rivales en la guerra civil en Libia después de la guerra de la OTAN en 2011. Hace dos años, Macron nacionalizó los astilleros navales para prevenir que la empresa italiana Fincantieri los comprara. Cuando el Gobierno ultraderechista italiano tomó el poder, Macron se pintó a sí mismo como el vocero de un eje ilustrado compuesto por Berlín y París y opuesto al neofascismo, atacándolo como “la propagación de la lepra”.

Más recientemente, los funcionarios italianos han aumentado sus arremetidas contra Francia. Después de organizar, junto al presidente fascistizante brasileño, Jair Bolsonaro, la extradición del exizquierdista italiano, Cesare Battisti, quien inicialmente había huido de Italia a Francia, el ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, atacó el mes pasado a París respecto al conflicto en Libia. “En Libia, Francia no tiene ningún interés en estabilizar la situación, posiblemente porque sus intereses petroleros son contrarios a los de Italia”, reclamó.

Mientras establece sus propios campos de concentración para refugiados en Libia, una excolonia italiana, Roma ha seguido atacando las guerras neocoloniales francesas en África. “Los europeos, particularmente los franceses, nunca dejaron de colonizar África”, declaró di Maio el mes masado. Denunció el franco de la comunidad financiera africana (CFA), el cual está alineado con la moneda francesa y se utiliza en varias excolonias francesas: “Hay docenas de países africanos en los que Francia imprime su divisa, el franco colonial, y con esta divisa financia la deuda pública de Francia”.

Roma también criticó el golpe de Estado en marcha encabezado por Estados Unidos en Venezuela, críticas que los diarios franceses atribuyeron a las afinidades de Roma con Rusia y China, los cuales apoyan el régimen venezolano.

No es simple retórica que el canciller francés volviera hasta la Segunda Guerra Mundial para encontrar una situación comparable a la actual crisis entre París y Roma. Más de un cuarto de siglo después de su fundación en 1992, la Unión Europea no ha resuelto ninguno de sus conflictos interimperialistas, arraigados en sus cimientos y que impulsaron el ataque de Italia contra Francia el 10 de junio de 1940.

Las tropas italianas y francesas chocaron en los Alpes mientras la Wehrmacht [Fuerzas Armadas de la Alemania] nazi aplastaba el grueso del ejército francés en el norte. Después del armisticio que Hitler negoció con el mariscal Philippe Pétain, dictador y colaboracionista nazi en Francia, la agricultura e industria francesas fueron puestas a disposición de los requisitos alemanes e italianos para la guerra con la Unión Soviética. Berlín y Roma ocuparon militarmente gran parte del imperio colonial francés en el norte de África, mientras que Roma tenía la autorización de ocupar partes del sureste francés.

Los paralelos entre la política exterior de la Europa fascista en el siglo veinte y del imperialismo europeo en la actualidad son evidentes. Después de un cuarto de siglo de guerras imperialistas desde la disolución de la Unión Soviética por parte de la burocracia estalinista en 1991, el peligro de una guerra contra Rusia y China, así como por el dominio de Europa y el saqueo de las regiones excoloniales, está alcanzando una inmediatez extraordinaria.

En 2011, cuando el presidente francés, Nicolas Sarkozy, Londres y Washington lanzaron la guerra en Libia, pese a objeciones de Alemania y sectores importantes en Italia, el WSWS advirtió sobre las implicancias de la campaña militar imperialista dentro de Europa:

El frente común de lo que el secretario de Defensa Rumsfeld ridiculizó como la “Vieja Europa” se ha quebrado. Sin embargo, no se puede asumir que Obama ha tomado en consideración todas las implicancias de su apoyo a los esquemas de Sarkozy. Al participar en una guerra opuesta públicamente por Berlín, Washington ha prácticamente repudiado la política que ha regido por décadas para mantener la unidad política y militar de Europa occidental. Como ha ocurrido antes, Alemania buscará otros medios para proteger sus intereses por temor a que sus adversarios históricos la hayan superado y aislado tácticamente. Una vez más, Washington ha puesto en marcha eventos con consecuencias desastrosas.

Esta advertencia ha sido confirmada. En 2014, Berlín inició una campaña para remilitarizar su política exterior, mientras que el voto a favor del brexit o salida británica de la UE y la elección de Trump en 2016 trajeron a la superficie el rompimiento profundo de la OTAN. Ahora, las potencias europeas están inyectando cientos de miles de millones de Europas en sus máquinas militares.

El año pasado, Macron declaró que Europa debía prepararse para combatir a Rusia, China o Estados Unidos, pero las potencias europeas también se preparan para luchar unas contra otras.

Según Reino Unido se prepara su salida el próximo mes, la UE se encuentra en caos. Berlín, el poder dominante de la UE, está sumido en divisiones enconadas sobre política exterior. Mientras que la canciller alemana, Angela Merkel, está vinculada a la alianza con Macron, el año pasado fue testigo de llamados por parte de las burguesías de Alemania y Austria a formar un “Eje” entre Berlín, Viena y Roma, retomando el nombre de la alianza entre Berlín y Roma de la Segunda Guerra Mundial. Bajo estas condiciones, la decisión brusca de Macron el jueves de no atender la Conferencia de Seguridad de Múnich es otra señal de una profunda crisis.

Ninguna de las potencias imperialistas en Europa tiene nada para ofrecerle a los trabajadores. La clase obrera no puede dejarse encarrilar tras uno u otro bando. Todos apuestan por la austeridad social, el militarismo y la defensa del legado del fascismo europeo en el siglo veinte, incluyendo los profesores militaristas alemanes que buscan rehabilitar a Hitler, ministros ultraderechista italianos que aclaman a Mussolini y Macron, quien ha rendido tributos a Pétain.

La cuestión crítica es la lucha por unir a la clase obrera europea e internacional en contra de la guerra sobre la base de un programa revolucionario y socialista. Ante la marcha hacia la guerra de los militaristas europeos, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional contrapone la lucha por los Estados Unidos Socialistas de Europa.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 8 de febrero de 2019)

Alex Lantier