El funeral estatal de George H. W. Bush y el ritual oligárquico

7 diciembre 2018

El miércoles, el expresidente George H. W. Bush, quien falleció el viernes pasado, prestó su último servicio a la élite financiera estadounidense. La Bolsa de Valores de Nueva York tuvo un día libre y de luto proclamado por el presidente Donald Trump, dándole a Wall Street 24 horas para recuperarse de su caída de 800 puntos el martes en el índice Dow Jones, provocado por inquietudes sobre la guerra comercial entre EUA y China, varias señales de la aproximación de una recesión global y temores del estallido de protestas de masas de la clase obrera en Francia.

El servicio conmemorativo para Bush en la Catedral Nacional de Washington DC fue atendido por Trump y todos los expresidentes aún vivos, así como cientos de miembros del Congreso, oficiales federales, jueces, generales y empresarios.

La atmósfera era lúgubre y el evento culminó con un sensiblero discurso del expresidente George W. Bush con su inevitable conclusión de que su padre estará ahora reunido en el cielo con su esposa Barbara y su hija bebé Robin, quien murió de leucemia hace más de 60 años.

El servicio conmemorativo para un expresidente que también fue congresista, embajador ante la ONU, presidente del Comité Nacional Republicano, director de la CIA y vicepresidente estuvo marcado por la falta de política. El Washington Post reportó el lunes que la familia Bush había insistido en que no hubiera comentarios anti-Trump como los de Meghan McCain en el servicio tras la muerte del senador John McCain, informándole a la Casa Blanca que no “querían que nadie ahí se sienta incómodo, incluyendo el presidente en ejercicio”. Tras estas garantías, Trump se sentó en la fila de enfrente en la catedral, junto a los Obama, los Clinton, los Carter y los Bush.

El funeral de Bush sigue un patrón de ceremonias exorbitantemente elaboradas e hipócritas discursos encomiásticos para figuras políticas reaccionarias en los que la celebración de sus vidas y personalidades no tiene nada que ver con sus acciones en el poder o su imagen entre el público. Esto comenzó con el funeral de Richard Nixon (1994), seguido por Ronald Reagan (2004) y Gerald Ford (2006), retomándose con John McCain este año y ahora George H. W. Bush. No han sido solo figuras políticas las que han recibido tal trato. Hace diez años fue Tim Russert, un presentador del programa “Meet the Press” de NBC que había sido olvidado mucho antes.

Tales ceremonias reflejan un ambiente cada vez más aristocrático, en el que los difuntos se vuelven objeto de rituales fúnebres cuya combinación de religión y pompa estatal parecen más los eventos dedicados a monarcas que a ex jefes de Estado en una república democrática.

A un nivel más fundamental, esto significa que las convenciones políticas están conformándose a la estructura social subyacente.

En los Estados Unidos de hoy, una aristocracia diminuta de superricos preside sobre la gran masa de la población —o, como ellos prefieren decirle, “sirven al pueblo”— de una manera más parecida a la Rusia zarista o la Francia borbónica que los Estados Unidos de 1776, ni hablar de la Guerra Civil librada para asegurar, como lo declaró Lincoln, “que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo nunca desaparezca de la tierra”.

Es esta contradicción, entre las relaciones económicas existentes de gobierno oligárquico y los trapos políticos democráticos que le siguen colgando, que forma la base objetiva de los últimos cinco días de hipocresía y cinismo interminables.

Estados Unidos es la tierra de las mentiras. Sus élites gobernantes le mienten al pueblo estadounidense, al mundo y, lo más patético de todo, a ellos mismos. En la avalancha de comentarios que ha seguido la muerte de George H. W. Bush, es imposible encontrar ni una sola palabra honesta sobre su vida, su Presidencia o la Presidencia de su hijo, ni hablar del clima político actual en el que la decadencia histórica del capitalismo estadounidense ha colocado a un provocador bufonesco y fascistizante, Donald Trump, en la misma oficina ocupada por George Washington y Abraham Lincoln.

La cobertura mediática y los pronunciamientos de figuras políticas como Clinton y Obama han seguido una línea de argumento que pretende contrastar la crudeza y perversidad de Trump con la supuesta decencia y nobleza de George H. W. Bush. Esto es en gran parte una ilusión vana ya que no hay mucho en el Gobierno de Trump que fuera incompatible en la Administración de Bush padre y mucho menos de su hijo.

Después de todo, Bush padre utilizó su término en la Casa Blanca para invadir Panamá, llevar a cabo una masacre masiva de tropas de servicio obligatorio en Irak, desatar más de un cuarto de siglo de guerras interminables intentando utilizar la supremacía militar de Washington para contrarrestar su declive económico. Su hijo llegó al poder en una elección robada y procedió a iniciar una guerra no provocada en Afganistán y una invasión y ocupación de Irak con base en mentiras, cobrando más de un millón de vidas.

Como parte de la fraudulenta “guerra contra el terrorismo”, instituyó las detenciones indefinidas, el espionaje masivo, la tortura y otras políticas encubiertas o continuadas y expandidas por Obama.

La sugerencia de que existe una vasta diferencia entre George H. W. Bush y Trump es un intento para autoilusionarse. Lo que lamenta la burguesía de esta transición entre George H. W. Bush y Trump es una caída dramática en la posición global del capitalismo estadounidense, de las ilusiones del “momento unipolar”, el “nuevo orden mundial” e incluso “el fin de la historia” que siguieron la disolución de la URSS, a la cruda realidad de EUA como un poder hegemónico global en decadencia que se enfrenta a desafíos de nuevos rivales como China y aliados que se han vuelto potenciales amenazas como Alemania.

La verdadera medida de la degeneración de la élite gobernante estadounidense no es la transición de Bush a Trump, sino el contraste entre la brillante dinastía familiar de las primeras décadas después de la Revolución Estadounidense —el presidente John Adams, su hijo y también presidente, John Quincy Adams, su nieto Charles Francis Adams, un diplomático bajo Lincoln y su bisnieto Henry Adams, un novelista, historiador y ensayista— y la espantosa dinastía Bush. Los Adams fueron el producto del surgimiento de la democracia estadounidense, mientras que los Bush encarnan su corrupción y ocaso.

Sin embargo, existe otro Estados Unidos, aquel de la clase obrera, la vasta mayoría de la población. Para los trabajadores, el día nacional de luto para el presidente George H. W. Bush solo impactó en que no llegaron correos y en el cierre de las oficinas postales y los bancos. Si siquiera lo recuerdan —más de la mitad de la población nació o se mudó a EUA después de su Presidencia—, no les podría importar menos su fallecimiento.

La muerte del presidente Bush no ha producido ni una pizca de tristeza auténtica en la población estadounidense. Habría más lágrimas si se muriera su imitador en parodias televisivas, Dana Carvey, y serían más genuinas. En cuanto a la audiencia presente en la Catedral Nacional el miércoles, cualquier tristeza no se debió a un personaje tan mediocre como George H. W. Bush, sino al sistema que defendió, la fuente de su riqueza y privilegios que se ve cada vez más amenazada por el desarrollo de un movimiento desde abajo.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 6 de diciembre de 2018)

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Patrick Martin