Ochenta años de la Cuarta Internacional: las lecciones de la historia y la lucha por el socialismo hoy

por David North
15 octubre 2018

El 7 de octubre, David North, presidente del Consejo Editorial Internacional del World Socialist Web Site, pronunció la siguiente conferencia ante una reunión pública muy concurrida en Colombo, organizada por el Partido Socialista por la Igualdad (Sri Lanka). La reunión, una de las dos realizadas en Sri Lanka, fue convocada para celebrar el 80 aniversario de la Cuarta Internacional y el 50 aniversario del PSI en Sri Lanka.

Es un placer y un honor tener la oportunidad de dar esta conferencia en Sri Lanka sobre la historia de la Cuarta Internacional. El papel heroico desempeñado por los socialistas revolucionarios ceilaneses en los primeros años de la Cuarta Internacional es bien conocido por los trotskistas de todo el mundo. En cara a inmensas dificultades, los pioneros trotskistas que fundaron el Partido Lanka Sama Samaja (LSSP, por su sigla en inglés) en 1935 y el Partido Bolchevique-Leninista de la India (BLPI, por su sigla en inglés) en 1942 se opusieron a los agentes políticos del imperialismo en la burguesía nacional india y ceilandesa. Su perspectiva política se basaba en la teoría de la revolución permanente, la cual fue elaborada por León Trotsky en la primera década del siglo veinte y brindaba la estrategia política que condujo a la clase obrera rusa a la victoria en 1917.

En 1939, Trotsky les envió una carta a los obreros de la India. Con su característico entendimiento de la historia y de la dinámica de la lucha de clases, Trotsky resumió las cuestiones estratégicas esenciales con las que se enfrentaban las masas del subcontinente indio:

La burguesía india es incapaz de encabezar una lucha revolucionaria. Está estrechamente enlazada con y es dependiente del capitalismo británico. Tiemblan por temor a perder su propia propiedad. Temen a las masas. Buscan compromisos con el imperialismo británico sin importar el precio y confunden a las masas indias con esperanzas de que se implementarán reformas desde arriba. El líder y profeta de esta burguesía es Gandhi. ¡Un líder fraudulento y un falso profeta!

Trotsky denunció el papel traicionero del régimen estalinista en la Unión Soviética en demandar, bajo la bandera del “Frente Popular”, la subordinación de la clase obrera a la burguesía nacional. Escribió:

¡Cómo se mofan del pueblo! El “Frente Popular” no es más que un renombramiento de esa vieja política cuyo meollo es la colaboración de clases, en una coalición entre el proletariado y la burguesía. En cada coalición, la dirección cae sin excepción en manos de la derecha, es decir, en manos de la clase propietaria. La burguesía india, como ya se mencionó, quiere un reparto pacífico, no una lucha. La coalición con la burguesía lleva al proletariado a abnegar la lucha revolucionaria contra el imperialismo. La política de coalición implica atascarse en el mismo lugar, evitar tomar una decisión, acoger falsas esperanzas, realizar maniobras e intrigas vacías. Como resultado de esta política, inevitablemente toma lugar la desilusión entre las masas trabajadoras, mientras que los campesinos le dan la espalda al proletariado y caen en la apatía.

Los fundadores del LSSP hicieron caso a esta advertencia, se opusieron a la burguesía nacional y crearon un poderoso partido revolucionario de la clase obrera en Ceilán. Pero en 1964, con consecuencias trágicas, el LSSP traicionó sus principios fundacionales y entró en una coalición con el Gobierno del SLFP bajo la Sra. Bandaranaike. Fue en lucha contra esta “Gran Traición” que la Liga Comunista Revolucionaria (RCL, por su sigla en inglés) —predecesora del Partido Socialista por la Igualdad, la sección del Comité Internacional de la Cuarta Internacional en Sri Lanka— fue fundada en 1968. Por medio siglo, libró una lucha intransigente para derrotar el legado de la traición de 1964. Pero, en esta lucha, nunca ha olvidado la gran contribución de los fundadores del BLPI y el LSSP a la causa del socialismo revolucionario, no solo en Sri Lanka, sino en todo el mundo.

La importancia de estudiar historia

Mis charlas en Sri Lanka son parte de una celebración internacional del 80º aniversario de la fundación de la Cuarta Internacional. El movimiento trotskista es, por necesidad, consciente de la historia. Sin una perspectiva arraigada en la historia, cualquier análisis político se degenera al nivel de impresiones seleccionadas eclécticamente. Toda política seria —y la práctica revolucionaria es la política en su manifestación más seria— requiere un método científico. En la navegación, hay un instrumento llamado el sextante. Su invención hizo posible que el capitán pudiera averiguar la posición de su barco al medir la distancia angular entre el horizonte visible y un objeto astronómico. En el proceso de navegación política, el partido revolucionario debe guardar la relación entre el horizonte político visible y un punto de referencia histórico crítico.

Un oponente político del Comité Internacional por el nombre de Said Gafurov, quien es un simpatizante del Gobierno de Putin en Rusia, recientemente protestó en contra de nuestra insistencia en hacer hincapié en los crímenes y las traiciones llevadas a cabo por los estalinistas. ¿Por qué no podemos simplemente dejar el pasado en el pasado y descubrir cómo trabajar junto a los herederos políticos de Stalin? ¿Por qué deberíamos dejar que crímenes y traiciones del pasado impidan colaborar en la actualidad? Después de todo, se queja nuestro oponente, Trotsky fue asesinado en 1940, hace setenta y ocho años; Stalin murió en 1953, hace sesenta y cinco años; la Unión Soviética fue disuelta en 1991, hace veintisiete años. ¿Por qué es necesario evocar las referencias de Trotsky al “río de sangre” que separaba a la Cuarta Internacional de los estalinistas, quienes emprendieron una campaña de genocidio político en los años treinta contra los máximos representantes del marxismo en la Unión Soviética?

Este oponente declara que “hoy las diferencias y las contradicciones entre el trotskismo y el estalinismo preservan solo un carácter histórico, no político” que hoy no son más importantes que las diferencias “entre Robespierre y Hébert o Danton, que solo son de interés para los historiadores”. Estas diferencias, afirma nuestro oponente, “son importantes para estudiar, pero solo con tal de tomar lecciones históricas (y la historia, para ser honesto y un poco cínico, nunca le enseña nada a nadie)”.

Su argumento es que la historia y la política existen en esferas diferentes y no relacionadas. El estudio de la historia podría suscitar un cierto interés intelectual, pero no enseña nada particular de valor para nuestra práctica política en el presente. Aquellos que hagan tales argumentos no tienen absolutamente nada en común con la política marxista. El movimiento marxista desarrolla su programa y su actividad por medio de un repaso crítico de la experiencia histórica. Sin un referente histórico es imposible navegar las turbulentas corrientes de la lucha de clases. Es más, ¿cómo ha de entrenar un partido revolucionario a sus cuadros jóvenes y a la clase obrera en su conjunto sin estudiar los monumentales acontecimientos revolucionarios del último siglo?

El siglo veinte fue el más revolucionario de la historia. Cada continente fue testigo de un torbellino de luchas de las masas oprimidas contra el capitalismo y el imperialismo. El siglo presenció, en 1917, la primera conquista del poder político en manos de la clase obrera, bajo la dirección del Partido Bolchevique. Aparecieron partidos comunistas de masas en todo el mundo, reflejando el deseo y la determinación de la clase obrera a poner fin al capitalismo y establecer una sociedad socialista.

Pero, aun así, para fines del siglo, pese a todos los sacrificios y todas las batallas, la clase capitalista se aferraba al poder en todo el mundo. La Unión Soviética, la cual surgió de la revolución de 1917, fue disuelta por su propio gobierno. En China, el Partido Comunista gobernante se convirtió en el defensor más despiadado de la economía capitalista. Ahora vivimos en un mundo con niveles pasmosos de desigualdad social. ¿Cómo se explica este proceso de retroceso político?

En todo el mundo crece la ira por las condiciones existentes. El “capitalismo” es nuevamente una mala palabra. Resurge el interés en el socialismo como alternativa al orden social actual. Pero, y esto se debe decir sin rodeos, es claro que estas aspiraciones progresistas carecen del conocimiento de las cruciales experiencias políticas y luchas revolucionarias del siglo pasado. La propia palabra “revolución” carece de un contenido substancial en términos de un entendimiento de sus fundamentos sociales, su dinámica de clase y estrategia política.

Los jóvenes, quienes nacieron después de la disolución de la Unión Soviética y la restauración del capitalismo en China, saben poco sobre cómo ocurrieron estos acontecimientos, ni hablar de un conocimiento detallado de las revoluciones rusa y china. No están familiarizados con el contenido teórico y político real de términos como estalinismo, maoísmo y, si vamos al caso, el castrismo. Por supuesto, jóvenes en todo el mundo conocen la imagen romántica y evocativa del Che Guevara, pero no saben nada sobre su estrategia y programa políticos —que eran, si puedo ser franco, una bancarrota total—.

El impacto de los ataques académicos contra el marxismo

Sin duda, no se puede culpar a la propia juventud por su conocimiento limitado sobre los levantamientos revolucionarios del último siglo. ¿De dónde tienen que obtener este conocimiento? La prensa capitalista evidentemente no propagará ningún conocimiento que pueda contribuir al derrocamiento del orden social existente. Pero ¿qué tal las universidades, con sus muchos profesores eruditos? Lamentablemente, el ambiente intelectual es desde hace décadas profundamente hostil a la teoría y política socialistas. La teoría marxista, arraigada en el materialismo filosófico, fue expulsada hace mucho de las principales universidades.

El discurso académico es dominado por la pseudociencia freudiana, el subjetivismo idealista de la Escuela de Frankfurt y las pavadas irracionalistas del posmodernismo. Los profesores les informan a sus estudiantes que la “Gran Narrativa” del marxismo perdió relevancia en el mundo moderno. Lo que realmente quieren decir es que la concepción materialista de la historia, la cual reconocía el papel central, decisivo y revolucionario de la clase obrera en la sociedad capitalista, no podría ni debería ser el fundamento de la izquierda política.

Para los teóricos y fieles de la política pseudoizquierdista de la clase media, no es necesario estudiar la historia de las luchas revolucionarias. Sus lecciones contradicen todas sus panaceas políticamente oportunistas y reaccionarias. En efecto, Trotsky es anatema en estos círculos intelectuales. No obstante, es imposible luchar por el socialismo en el siglo veintiuno sin estudiar y asimilar las lecciones de la lucha de Trotsky contra el estalinismo en el siglo veinte. Esta es todavía la lucha teórica y política fundamental del último siglo, que conserva su grande e inmediata importancia respecto a toda cuestión crítica de estrategia política que enfrentan los trabajadores y todos aquellos que buscan seriamente el derrotero correcto de la lucha contra el capitalismo en el mundo contemporáneo. Por ende, es necesario dar un resumen breve de los orígenes históricos y políticos de la Cuarta Internacional.

El significado de la lucha de Trotsky contra el estalinismo

La fundación de la Cuarta Internacional en septiembre de 1938 representa un hito crítico en la historia del movimiento trotskista, marcando la culminación de la lucha que León Trotsky había librado durante tres lustros —a partir de la formación de la Oposición de Izquierda en la Unión Soviética en octubre de 1923— contra la degeneración burocrática del Partido Comunista ruso bajo la dirección de Stalin.

Las implicaciones internacionales de tremendo alcance que ostentó la lucha de Trotsky contra el régimen estalinista emergieron a fines de 1924, cuando Stalin afirmaba que era posible construir el socialismo en la Unión Soviética, independientemente de una lucha internacional contra el sistema capitalista global y sin el derrocamiento revolucionario exitoso de la burguesía en los principales centros imperialistas en Europa occidental y América del Norte.

El programa del “socialismo en un solo país” —que constituyó un abandono fundamental de la estrategia internacionalista en la cual se basó la conquista del poder por parte del Partido Bolchevique y la subsecuente fundación de la Internacional Comunista en 1919— expresaba políticamente los intereses de la creciente burocracia dentro de la Unión Soviética, cuyos privilegios se derivaron de su usurpación del poder político y su explotación en interés propio de los recursos de la economía nacionalizada después de 1917. La dictadura totalitaria establecida por Stalin fue el canal político de la burocracia para defender tanto sus privilegios como la desigualdad social dentro de la Unión Soviética. Esto involucró la supresión asesina de los revolucionarios marxistas y el empleo del terrorismo político como herramienta elemental.

El impacto más devastador de la degeneración nacionalista del régimen soviético fue la transformación de la Internacional Comunista en un instrumento de política exterior soviética. En defensa de la orientación nacionalista que implicaba la teoría del socialismo en un solo país, la burocracia estalinista afirmaba que solo era posible la construcción del socialismo en la URSS si se desbarataba una intervención militar de las potencias imperialistas. Consecuentemente, el objetivo de la Internacional Comunista se convirtió en la búsqueda y cultivación de aliados extranjeros, aunque tales alianzas se forjaran a expensas de las luchas revolucionarias de la clase obrera en los países en los que el régimen estalinista buscaba lazos con fuerzas burguesas y pequeñoburguesas.

La tragedia de la revolución china

Las consecuencias políticas de la subordinación de la Internacional Comunista al oportunismo nacionalista de la burocracia soviética se vivieron trágicamente en China, donde Stalin insistió en que el Partido Comunista Chino aceptara la autoridad política del Kuomintang burgués y su líder, Chiang Kai-Shek. Stalin llegó a considerar a Chiang como un aliado político y lo retrató como un líder fiable en la lucha antiimperialista en China. La clase obrera, argumentó Stalin, estaba obligada a apoyar las secciones progresistas de la burguesía nacional. Trotsky rechazó los esfuerzos de Stalin de presentar a las burguesías nacionales en los países con un desarrollo capitalista atrasado como una fuerza más revolucionaria que las clases capitalistas en países avanzados. Trotsky subrayó que tal perspectiva, esencialmente una resurrección de la posición de los mencheviques rusos antes de 1917, se basaba en una evaluación equivocada de la dinámica de clase en los países coloniales y semicoloniales. Escribió:

El poderoso papel del capital extranjero en la vida en China ha causado que secciones de gran poder en la burguesía, burocracia y ejército chinos hayan entrelazado su destino con el del imperialismo. Sin este vínculo, el enorme lugar que ocupan los llamados “militaristas” en la vida moderna china sería inconcebible.

Más allá, sería una muestra de gran ingenuidad creer que existe un abismo entre la denominada burguesía compradora, es decir, la agencia económica y política del capital extranjero en China, y la denominada burguesía “nacional”. Por el contrario, ambas secciones se encuentran incomparablemente más cerca la una de la otra que la burguesía de las masas de trabajadores y campesinos.

El análisis de Trotsky fue confirmado por los hechos. Chiang procedió en abril de 1927 a masacrar a los comunistas en Shanghái y Cantón, asestándole un golpe al Partido Comunista Chino del cual nunca se recobraría. En el periodo posterior a esta catástrofe, el Partido Comunista Chino, bajo la dirección de Mao Zedong, se replegó de las ciudades al campo. Este giro cambió profundamente la composición y la orientación de clase del partido. Después de 1927, se arraigó principalmente en el campesinado rural, en vez de en la clase obrera urbana. Esta orientación maoísta demostraría ser en décadas posteriores una fuente de severa desorientación política y errores políticos por parte de tales organizaciones, incluyendo el JVP aquí en Sri Lanka, el cual adoptó la orientación campesina del PCCh.

A pesar del desastre político en China, Trotsky continuó luchando por reformar el Partido Comunista soviético. En 1928, Trotsky, tras ser expulsado el año anterior del Partido Comunista ruso y de la Internacional Comunista, estaba viviendo en Alma Ata, una ciudad en el Asia Central soviética, cerca de la frontera con China. Sin embargo, incluso en un remoto exilio, a miles de kilómetros de Moscú, Trotsky siguió manejando la estrategia revolucionaria. Obtuvo una copia del programa que había redactado Nikolai Bujarin, en ese momento un aliado de Stalin, siendo el principal documento del venidero Sexto Congreso de la Internacional Comunista. Basado en la teoría del socialismo en un solo país, el documento fue objeto de una crítica fulminante por parte de Trotsky, quien defendió el internacionalismo revolucionario, los cimientos de la teoría de la revolución permanente, como la orientación estratégica básica para el movimiento marxista. Escribió:

En nuestra época, la época del imperialismo, i.e. de una economía mundial y una política mundial bajo la hegemonía del capital financiero, ningún partido puede establecer su programa procediendo solo o principalmente de las condiciones y tendencias de los acontecimientos en su propio país. Esto sigue siendo cierto para el partido en el poder dentro de las fronteras de la URSS. El 4 de agosto de 1914 [el comienzo de la Primera Guerra Mundial], significó la muerte de todos los programas nacionales para el resto de los tiempos. El partido revolucionario del proletariado solo se puede basar en un programa internacional que corresponda al carácter de la época actual, la época del máximo desarrollo y colapso del capitalismo. Un programa internacional comunista no es de ninguna manera la suma de programas nacionales o una amalgama de sus características en común.

Trotsky continuó:

El programa internacional debe proceder directamente del análisis de las condiciones y tendencias de la economía mundial y del sistema político mundial en su totalidad, en todas sus conexiones y contradicciones, es decir, con la interdependencia mutuamente antagonista de sus partes separadas. En la época presente, en mayor medida que antes, la orientación nacional del proletariado solo debe y puede derivarse de una orientación mundial y no viceversa. De ahí surge la diferencia elemental y primaria entre el internacionalismo comunista y todas las variedades de nacionalsocialismo.

Incluso tras 90 años, el análisis de Trotsky sobre la dinámica de la revolución socialista y la primacía de las condiciones internacionales sobre las nacionales sigue representando el principio estratégico esencial de la lucha por el socialismo.

Como resultado fortuito de un error burocrático, La crítica del Proyecto de Programa de la Internacional Comunista de Trotsky fue traducido al inglés y llegó accidentalmente a manos de un delegado estadounidense y uno canadiense en el Sexto Congreso, James P. Cannon y Maurice Spector. Sacaron clandestinamente el documento de Trotsky de la URSS. Esto llevó a la formación de la Oposición de Izquierda Internacional. La lucha contra la degeneración nacional estalinista del Partido Comunista Soviético se expandió en forma de una batalla contra la degeneración de la Internacional Comunista.

Alemania: “La clave de la situación internacional”

Entre 1928 y 1933, la Oposición de Izquierda Internacional se consideraba una facción de la Internacional Comunista. Sus actividades iban dirigidas a la reorientación revolucionaria de los partidos y la Internacional dominados por los estalinistas. Trotsky no estaba dispuesto a abandonar la Internacional Comunista mientras todavía quedara la posibilidad de cambiar su política. Un factor importante en los cálculos políticos de Trotsky era la crisis en Alemania, la cual describió como “la clave de la situación internacional”.

En enero de 1929, Trotsky fue deportado de la Unión Soviética a la isla turca de Prinkipo. Ahora, vivía como un exiliado sin Estado y en lo que describió como “un planeta sin visado”. Sin embargo, pese a su aislamiento en la isla en frente de la costa de Estambul, Trotsky desarrolló un análisis de la situación en Alemania extraordinariamente perspicaz. Llamó a formar un frente unido del Partido Comunista Alemán con el Partido Socialdemócrata (SPD, por su sigla en alemán) contra la amenaza fascista.

El partido nazi se había vuelto un movimiento de masas. De llegar al poder, advirtió Trotsky, los resultados constituirían una catástrofe política para la clase obrera internacional. Había que hacer todo lo posible para bloquear la marcha nazi al poder. Pero, esto requería un cambio en las políticas imprudentes, completamente desorientadas e increíblemente estúpidas del Partido Comunista Alemán. Siguiendo ciegamente la línea establecida por Moscú, el Partido Comunista Alemán no solo se rehusó a formar un frente unido con el otro partido de masas de la clase obrera, el Partido Socialdemócrata, sino que afirmó que el SPD, el cual aún contaba con el apoyo de millones de trabajadores, era una organización “social-fascista”, prácticamente idéntica a los nazis. Al no haber ninguna diferencia entre el SPD y los nazis, afirmaban, era impermisible realizar acciones defensivas conjuntas entre ambos partidos obreros de masas contra las fuerzas hitlerianas.

Como advirtió Trotsky, las políticas del Partido Comunista allanaron el camino al poder de Hitler. Con el apoyo crítico de políticos burgueses con altos cargos, Hitler se convirtió en canciller alemán el 30 de enero de 1933. El régimen nazi se movilizó rápidamente para destruir, sin ninguna resistencia coordinada, las organizaciones obreras de masas. A pesar de este desastre político sin precedente histórico, el Partido Comunista —sin oposición alguna dentro de la Internacional Comunista— siguió insistiendo en que sus políticas habían sido correctas. La catástrofe alemana llevó a Trotsky a cambiar su abordaje de la lucha contra el estalinismo. Concluyó que reformar la Internacional Comunista era imposible. La Internacional Comunista estaba muerta como organización revolucionaria. Era necesario construir la Cuarta Internacional.

La fundación de la Cuarta Internacional por Trotsky

El llamamiento de Trotsky a crear una Cuarta Internacional se relacionaba con su evaluación del régimen soviético. Concluyó que la reforma del régimen burocrático era imposible. La burocracia se había convertido en una fuerza social contrarrevolucionaria que defendía despiadadamente sus privilegios por medio de la supresión de la clase obrera dentro de la Unión Soviética y las cínicas traiciones de las luchas de la clase trabajadora fuera de las fronteras de la URSS. La evolución de la Unión Soviética hacia el socialismo exigía el derrocamiento del régimen estalinista por medio de una revolución política. Solo por medio de un levantamiento revolucionario de la clase obrera soviética y el derrocamiento de la burocracia era posible restablecer la democracia soviética e impedir la destrucción de la Unión Soviética y la reintroducción del capitalismo.

Cinco de los años más trágicos en la historia del movimiento socialista transcurrieron entre este llamamiento a formar la Cuarta Internacional en 1933 y su congreso fundacional en 1938. A pesar de la crisis sin precedentes del sistema capitalista mundial, la clase trabajadora sufrió una serie de derrotas desastrosas. La causa de estas derrotas no fue ausencia de la voluntad de luchar. En cambio, los años entre 1933 y 1938 fueron testigo de un resurgimiento inmenso de la lucha de clases. En 1936, Francia se vio convulsionada por huelgas de un carácter revolucionario incipiente. En mayo y junio, hubo más de 12.000 huelgas en las que participaron más de dos millones de trabajadores y afectaron prácticamente todos los sectores de la industria. Las acciones más militantes involucraron la toma de fábricas por parte de trabajadores con mentalidad revolucionaria. En julio de 1936, los trabajadores españoles y catalanes respondieron a un intento de golpe de Estado a manos de generales de tendencia fascista encabezados por Francisco Franco con un levantamiento imponente.

Pero, tanto en Francia como España, las victorias iniciales de la clase obrera terminaron en desmoralización y derrota. El instrumento político de estas derrotas fue el “Frente Popular”, es decir, la alianza de los partidos estalinistas, socialdemócratas y los sindicatos con la burguesía. La base explícita de esta alianza era la defensa de la propiedad capitalista contra las aspiraciones revolucionarias de la clase obrera. Los estalinistas insistieron en que la lucha contra el fascismo no consistía en nada más que la defensa de la democracia burguesa. La clase obrera, insistieron, solo podía combatir el fascismo en alianza con las secciones democráticas liberales de la clase capitalista. Por ende, era impermisible avanzar y luchar por un programa socialista, ya que habría enajenado a los capitalistas democráticos y los hubiera espantado al lado de los fascistas.

El significado contrarrevolucionario del Frente Popular se vio más plenamente reflejado en España, donde el partido estalinista, controlado por agentes de la policía secreta soviética, la GPU, cazó y asesinó a todos los que insistían en que solo se podía vencer a Franco por medio de la movilización de la clase obrera y el campesinado con base en un programa revolucionario. Los estalinistas garantizaron la victoria de Franco.

Stalin estaba exportando la traición de la clase obrera más allá de las fronteras de la URSS. Su “Gran Terror” dentro de la Unión Soviética, plasmado en los tres juicios públicos de Moscú entre 1936 y 1938, involucró el exterminio físico de toda una generación de revolucionarios marxistas.

Estas fueron las condiciones según las cuales Trotsky fundó la Cuarta Internacional. Su insistencia en la necesidad de una nueva Internacional se topó con la oposición de aquellos que alegaban que su denuncia del régimen estalinista era demasiado inflexible y absoluta. Otra crítica era que el movimiento trotskista era demasiado pequeño para establecer una nueva Internacional y que además solo se podía fundar una Internacional en base a “grandes eventos”.

Trotsky les respondió a sus críticos insistiendo en que la fundación de la Cuarta Internacional se basaba sin duda en “grandes eventos”: las mayores derrotas de la clase obrera en la historia. Estas derrotas habían expuesto la naturaleza política traicionera e inservible de las viejas organizaciones. Más allá, el factor crítico no era el tamaño del partido, sino la calidad de su programa, en otras palabras, si el programa avanzado por la Cuarta Internacional se basaba o no en una evaluación correcta de la naturaleza de la época histórica y la formulación correcta de las tareas políticas de la clase obrera.

Por supuesto, la cuestión del tamaño no carece de importancia. Derrocar el capitalismo no es posible por medio de una conspiración de un puñado de personas. La revolución socialista requiere la participación consciente de masas grandes de la población. No obstante, es un axioma del marxismo que la teoría solo se convierte en fuerza material, en un sentido históricamente progresista y revolucionario, si el programa del partido identifica y articula la necesidad objetiva. Aquellos partidos arraigados en la falsa perspectiva de las condiciones objetivas, cuyo programa no corresponda con las demandas de la época histórica, sufrirá finalmente, sean cuales fueren sus éxitos efímeros, un naufragio político.

La persistencia de la Cuarta Internacional

¿A qué se debe entonces la persistencia histórica de la Cuarta Internacional? Ante todo, es por la correspondencia del análisis y programa de la Cuarta Internacional con el carácter objetivo de la época. El documento fundacional de la Cuarta Internacional definió la época histórica presente como la de la agonía mortal del capitalismo. Trotsky escribió:

El prerrequisito económico para una revolución proletaria ya ha alcanzado en general su más idóneo término de realización bajo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad se han estancado. Los nuevos inventos y las mejoras no logran aumentar el nivel de riqueza material. Ante la crisis social de todo el sistema capitalista, las crisis coyunturales privan y hacen sufrir a las masas cada vez más atrozmente. El creciente desempleo profundiza a su vez la crisis financiera del Estado y socava los inestables sistemas monetarios. Los regímenes democráticos, al igual que los fascistas, van a trompicones de una bancarrota a otra.

Las advertencias catastróficas de Trotsky se cumplieron. La Segunda Guerra Mundial estalló exactamente un año después de la fundación de la Cuarta Internacional y se cobró más de 60 millones de vidas. Con la asistencia indispensable de los partidos estalinistas y por medio de una combinación de compromisos políticos, concesiones tácticas y, cuando era necesario, una represión brutal, la clase capitalista pudo sobrevivir a los levantamientos que arrasaron en todo el mundo después de la guerra. Durante varias décadas, reconstruyéndose sobre las ruinas de la guerra, el capitalismo experimentó un crecimiento económico sustancial. Pero las contradicciones fundamentales —entre la producción social y la propiedad privada de las fuerzas productivas, y entre el carácter integrado de la economía mundial y el sistema de Estados nación— persistieron.

La disolución de los regímenes estalinistas en Europa del Este y la Unión Soviética fue universalmente celebrada por las élites gobernantes, los propagandistas de la prensa y los académicos apologistas, retratándola como el triunfo definitivo del capitalismo sobre el socialismo. El triunfalismo de los noventa se basaba en dos mentiras: que los regímenes estalinistas eran socialistas y que las contradicciones del capitalismo de alguna manera se habían resuelto. Sin embargo, a la luz de las experiencias de los últimos 30 años, es evidente que las celebraciones del triunfo del capitalismo resultaron cuando menos prematuras. Las élites gobernantes habían proclamado que en el período posterior a la disolución de los regímenes estalinistas, el capitalismo le traería al mundo la paz, la prosperidad y una democracia universal.

La realidad fue totalmente distinta. Comenzando por la invasión de Irak de 1991 y la guerra civil en Yugoslavia, ha habido conflictos militares interminables. La “Guerra contra el terrorismo” —iniciada después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001— está ahora en su decimoctavo año, sin un fin en el horizonte. Por el contrario, la intensificación de las rivalidades y conflictos geopolíticos está llevando inexorablemente al estallido de una Tercera Guerra Mundial. Estados Unidos ha dejado claro que no dejará que China lo reemplace como la principal potencia mundial, aunque eso implique emplear su poderío militar para atajar el auge de China. Al mismo tiempo, Estados Unidos se encuentra en una trayectoria de colisión con Rusia, a la cual Washington percibe como un obstáculo a sus planes para dominar Eurasia y Oriente Próximo. La semana pasada, la embajadora de los EUA ante la OTAN declaró que Estados Unidos estaba preparado para realizar un ataque preventivo contra Rusia para contener lo que alega que es un desarrollo ilegal de armas ofensivas. Una amenaza abierta como tal representa una escalada ominosa del conflicto entre las dos mayores potencias nucleares. El mundo está acercándose al borde de una guerra nuclear, cuyas consecuencias letales desafían cualquier descripción.

Contra el trasfondo de este recrudecimiento de la violencia internacional, se agudizan las tensiones sociales en cada país y especialmente en los países capitalistas avanzados como los EUA. Las causas subyacentes de estas tensiones son las crisis económicas persistentes y los niveles impactantes de desigualdad social. Menos de una docena de milmillonarios posee la misma riqueza que la mitad del mundo. Jeff Bezos, el propietario de Amazon, tiene una fortuna personal estimada en $150 mil millones. En tan solo una hora, los millones que suma su riqueza son un múltiplo sustancial del total que ganarán los trabajadores promedio en sus vidas.

La desigualdad social y el colapso de la democracia

La desigualdad social genera inevitablemente conflictos sociales y de clases. A cierto punto, las tensiones sociales son tan extremas que los mecanismos de la democracia se comienzan a desmoronar. Esta es la situación que estamos presenciando en todo el mundo. La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos es el síntoma de un derrumbe sistémico de las estructuras políticas democráticas por medio de las cuales la clase capitalista venía gobernando desde hacía mucho tiempo. Se están llevando a cabo ampliamente discusiones sobre el peligro del regreso del fascismo al poder.

En Cómo muere la democracia, los autores Steven Levitsky y Daniel Ziblatt escriben de forma desesperada:

¿Está en peligro nuestra democracia? Es una pregunta que nunca hemos pensado que nos haríamos… Durante los últimos dos años, hemos visto a políticos decir y hacer cosas sin precedentes en Estados Unidos, pero que reconocemos como precursoras de crisis democráticas en otros lugares. Sentimos pavor, al igual que muchos otros estadounidenses, pese a que intentamos tranquilizarnos de que las cosas no pueden estar realmente tan mal aquí.

A pesar de ello, nos preocupamos… ¿Estamos viviendo durante el declive y la caída de una de las democracias más antiguas y exitosas del mundo?

La exsecretaria de Estado de los EUA, Madeleine Albright, escribió un libro intitulado Fascismo: una advertencia, en la que da la siguiente explicación simplista al resurgimiento de la extrema derecha en Estados Unidos:

Si pensamos sobre el fascismo como una herida del pasado que estaba casi sanada, colocar a Trump en la Casa Blanca fue como arrancarse el vendaje y rascarse la costra.

Pero este diagnóstico político ignora el hecho de que el nuevo auge del autoritarismo es un fenómeno mundial. En El pueblo contra la democracia, Yascha Mounk llama atención al alcance global del renacimiento de los movimientos fascistas:

Es tentador, por ejemplo, ver a Donald Trump como un fenómeno únicamente estadounidense. … Y, aún así, la verdadera naturaleza de la amenaza que Trump representa solo puede entenderse en un contexto mucho más amplio: el de los populistas ultraderechistas que han ganado fuerza en todas las principales democracias, desde Atenas hasta Ankara, desde Sídney hasta Estocolmo, desde Varsovia hasta Wellington. A pesar de la obvia diferencia entre los populistas en auge en todos estos países, sus similitudes son profundas —y hacen de cada uno un peligro al sistema político en formas parecidas—.

Otro libro publicado recientemente, Cómo funciona el fascismo de Jason Stanley, llama la atención al carácter global del crecimiento del extremismo de derecha:

En años recientes, múltiples países por todo el mundo se han visto agobiados por ciertos tipos de nacionalismo ultraderechista; la lista incluye Rusia, Polonia, la India, Turquía y Estados Unidos… He escogido el término “fascismo” para el ultranacionalismo de alguna variedad (étnica, religiosa, cultura), con la nación representada personalmente en un líder autoritario que habla en su nombre.

La manifestación más peligrosa del resurgimiento fascista la brindan acontecimientos recientes en Alemania, donde los nazis —más de setenta años tras el colapso del Tercer Reich y el fin de la Segunda Guerra Mundial— están otra vez emergiendo como una fuerza política significativa. Manifestantes nazis por las calles de Chemnitz y Dortmund cantando consignas racistas y antisemitas. Lo que hace a estas manifestaciones particularmente significativas no es su tamaño. Los nazis todavía son una fuerza política relativamente pequeña y son odiados dentro de Alemania. Pero los nazis cuentan con patrones poderosos en los niveles más altos del Estado alemán. Siguiendo la manifestación en Chemnitz, el ministro del Interior de la coalición oficialista, Horst Seehofer, expresó su gran simpatía por la turba nazi. El titular del Ministerio para la Protección de la Constitución, Hans Georg Maassen, negó —a pesar de grabaciones que mostraban lo contrario— que esta turba amenazara a transeúntes extranjeros que estaban presenciando la manifestación.

¿A qué se debe el renacimiento del nazismo en Alemania, el mismo país que experimentó los horrores del Tercer Reich? Por todo el país, hay innumerables monumentos que rinden homenaje a la memoria de las víctimas del hitlerismo. No obstante, como una enfermedad en remisión, pero no curada, los viejos síntomas están manifestándose nuevamente. Trotsky, quien produjo el mayor análisis del fascismo, insistió en que esta plaga política estaba arraigada en las contradicciones del capitalismo y que el derrumbe de la democracia burguesa —bajo el peso de una crisis económica global, tensiones geopolíticas internacionales y conflictos sociales internos— era un proceso irreversible.

La democracia no puede ser rescatada o restaurada permaneciendo sobre una base capitalista. Todas las advertencias hechas por Trotsky en los años treinta, cuando denunció la traición política que constituía el frentepopulismo —el cual subordinó a la clase trabajadora a los partidos burgueses supuestamente “liberales” y “progresistas” y, de esta manera, garantizó la victoria del fascismo— han retomado una relevancia contemporánea inmensa. En 1936, Trotsky escribió:

Al adormecer a los trabajadores y campesinos con ilusiones parlamentarias, paralizando su voluntad de lucha, el Frente Popular crea condiciones propicias para la victoria del fascismo. La política de formar una coalición con la burguesía termina siendo pagada por el proletariado con años de nuevos tormentos y sacrificios, si no llegan a ser décadas de terror fascista.

Todas las advertencias de Trotsky se materializaron. El “Frente del Pueblo” (o “Frente Popular”) terminó en desastres que costaron decenas de millones de vidas entre 1939 y 1945. A pesar de ello, los enemigos del trotskismo es decir, los fraudes políticos pseudoizquierdistas que ignoran las lecciones de la historia defienden hoy en día las mismas políticas responsables de las catástrofes de los años treinta y cuarenta. La profesora Chantal Mouffe, una de las teóricas pseudoizquierdistas más celebradas en la actualidad, defiende un “populismo de izquierda”, que no es nada más que la última versión del colaboracionismo de clase en forma de un frente popular neoestalinista. Llamando abiertamente a rechazar la política izquierdista “esencialista” basada en el papel revolucionario de la clase obrera y la centralidad de su lucha contra la explotación capitalista, Mouffe insiste en que el populismo de izquierda “no requiere un quiebre ‘revolucionario’ con el régimen democrático liberal”.

Escribe que “es imposible transformar el orden hegemónico existente sin destruir las instituciones liberales-democráticas”. El Estado capitalista-imperialista —el guardián brutal y armado hasta los dientes de la explotación, opresión y desigualdad— debería quedar intacto. Entonces, ¿cuál es la alternativa propuesta por la profesora Mouffe al programa marxista del derrocamiento revolucionario del Estado capitalista a manos de la clase trabajadora, la expropiación de los oligarcas capitalistas, y la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y financieros? Esto es lo que manifiesta: “Un abordaje populista de izquierda debería intentar proveer un vocabulario diferente” y un “lenguaje diferente”, ¡a fin de atraer a los simpatizantes de los partidos derechistas! ¿Podría ser posible idear una expresión más brutal de bancarrota política? La profesora Mouffe nos haría creer que el peligro del fascismo se puede combatir sin movilizar a la clase trabajadora en base a un programa revolucionario y que solo es necesario decorar el reformismo con un nuevo vocabulario.

La crisis de dirección revolucionaria

Las alternativas políticas que se presentan en la época de la agonía mortal del capitalismo son la barbarie fascista o la revolución socialista. El triunfo de una u otra determinará el futuro de la raza humana. La victoria del fascismo significa la muerte de la civilización humana. La victoria de la revolución socialista abre la posibilidad del renacimiento y florecimiento de la civilización humana a un nuevo y glorioso nivel. Esta es la elección que tenemos.

Repasando las vicisitudes de las luchas revolucionarias de las primeras décadas del siglo veinte y buscando explicar la causa de las muchas derrotas que siguieron la gran victoria de octubre de 1917, Trotsky identificó la “crisis de la dirección revolucionaria” de la clase obrera como el problema elemental de la época. Las condiciones objetivas existieron para una victoria del socialismo. Pero lo que no se resolvió fue el problema de la dirección subjetiva. Esta sigue siendo la tarea fundamental de nuestra época.

Los oponentes del trotskismo, particularmente entre los representantes de las incontables variedades de política pseudoizquierdista pequeñoburguesa, atacan habitualmente a la Cuarta Internacional por ser “sectaria”. No toleran el rechazo del Comité Internacional de colgarse, como lo hace la pseudoizquierda pequeñoburguesa, a los faldones de la burguesía.

Furiosos por nuestra adhesión a principios, nuestros oponentes señalan que el movimiento no ha podido reclutar a millones a sus rangos. Un estribillo habitual entre nuestros enemigos es que “La Cuarta Internacional fue proclamada por Trotsky, pero nunca construida”. Con esta oración separan la evolución de la Cuarta Internacional de la historia entera de la lucha de clases durante las últimas ocho décadas. Prefieren olvidarse de que los partidos y las organizaciones con las que prefiere asociarse la pseudoizquierda —los estalinistas, maoístas, nacionalistas burgueses y las burocracias sindicales— buscaron bloquear el desarrollo de la Cuarta Internacional calumniando, encarcelando y asesinando a trotskistas.

¿Y qué ofrecen nuestros oponentes como alternativa a la Cuarta Internacional? Si intentaran conmemorar los últimos ochenta, cuarenta o incluso veinte años de sus actividades políticas, ¿cuáles logros políticos podrían presentar con orgullo? Los estalinistas pueden apuntar a las ruinas de la Unión Soviética y la violación económica subsecuente de Rusia. Los maoístas pueden poner el dedo en la transformación de China en un foco clave del capitalismo global, el hogar de docenas de nuevos milmillonarios. Los castristas pueden mostrar como Cuba es otra vez un refugio de turistas estadounidenses cuyos dólares son esenciales para la supervivencia de la economía global. Los partidos socialdemócratas son prácticamente indistinguibles de los partidos tradicionales derechistas de la burguesía. Un ejemplo es Corbyn en el Reino Unido, que solo prueba nuevamente que las organizaciones socialdemócratas no pueden ser transformadas en instrumentos de lucha por el socialismo. De hecho, ni siquiera pueden ser transformados en instrumentos para plantear tibias reformas sociales. Lo que todas organizaciones tienen en común, recordando la frase utilizada por Trotsky, es que están podridas de pies a cabeza.

La Cuarta Internacional fue fundada por Trotsky para resolver la crisis de dirección revolucionaria en la clase obrera. Entendió que las tareas políticas en la época de agonía mortal del capitalismo no se cumplirían con facilidad. En mayo de 1940, solo tres meses antes de su asesinato a manos de un agente del régimen estalinista, Trotsky escribió:

El mundo capitalista no tiene salida, al menos que se considere una prolongada agonía de muerte. Es necesario prepararse para largos años, sino décadas de guerras, levantamientos, breves interludios de treguas, nuevas guerras y nuevos levantamientos. Un partido revolucionario joven debe fundamentarse en esta perspectiva.

La humanidad ha pasado, como anticipó Trotsky, por “décadas de guerras, levantamientos, breves interludios de treguas, nuevas guerras y nuevos levantamientos”. Defendiendo la herencia del marxismo como una minoría políticamente perseguida bajo las condiciones menos favorables, la Cuarta Internacional, bajo la dirección del Comité Internacional, ha acumulado una experiencia vasta. Los acontecimientos han confirmado su perspectiva histórica. Ahora, en esta etapa tardía y sumamente avanzada de la agonía mortal del capitalismo, existen las condiciones para construir la Cuarta Internacional como Partido Mundial de la Revolución Socialista de masas.

(Publicado originalmente en inglés el 9 de octubre de 2018)