El hambre en el mundo aumenta por primera vez desde el comienzo del siglo

por Shelley Connor
21 septiembre 2017

El número de personas que sufren de malnutrición en todo el mundo aumentó a 815 millones en 2016, creciendo en 38 millones con respecto al año anterior. Según un nuevo informe firmado por cinco agencias y organizaciones benéficas de la ONU, y publicado el viernes por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), este fue el primer crecimiento interanual desde el comienzo del siglo XXI.

El desarrollo de la ciencia y la tecnología, y su propagación alrededor del mundo en forma de aumentos gigantescos en producción alimentaria, hicieron posible una reducción de un siglo en el número de personas que padecen hambre y malnutrición. En 2016, el mundo produjo comida más que suficiente para proveer una dieta adecuada y nutritiva para cada ser humano en el planeta.

Pero ahora estos avances son contrarrestados cada vez más por la guerra y el impacto del cambio climático, según el informe de la ONU. Otro factor—sobre el cual el informe de la ONU guarda silencio—es el impacto de la creciente desigualdad económica, lo que significa que tanto en países comparativamente ricos como pobres, muchas personas son demasiado pobres para comprar los alimentos que existen en abundancia.

Las cinco agencias involucradas en el estudio son la Organización para la Alimentación y la Agricultura, la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), el Programa Mundial de Alimentos (PMA), y UNICEF. Como suele ocurrir en estos informes, el lenguaje es deliberadamente moderado y el enfoque cauteloso y gradual, incluso cuando aborda lo que sólo se puede describir como una catástrofe social.

En 2016, por ejemplo, alrededor de 155 millones de niños menores de cinco años fueron clasificados como “atrofiados”, demasiado pequeños para su edad, porque su desarrollo físico se retrasó significativamente debido a la falta de alimentos. Unos 52 millones de niños fueron considerados "debilitados”, tan agudamente desnutridos que su peso es demasiado bajo para su estatura. Un tercio de la población de África Oriental, y un quinto de la población de todo el continente, estaban desnutridos. En Asia, 12 por ciento de la población estaba desnutrida, principalmente en el sur y sudeste asiático.

El informe advierte que el progreso significativo en la reducción de la malnutrición en el mundo, desde el nivel de 900 millones de personas en el año 2000, está en peligro de ser revertido. Sólo el último año, la desnutrición crónica creció a un “nivel extremo” en todo el mundo. Se declaró la hambruna en Sudán del Sur en febrero. Yemen, el noreste de Nigeria y Somalia están al borde de la hambruna.

El número de personas con desnutrición crónica aumentó a 815 millones en 2016—un número mayor que la población de todo el continente europeo. De esa cifra, 489 millones, 60 por ciento, viven en países afectados por la guerra o el conflicto civil.

El prólogo del informe declara que no sólo los conflictos “han aumentado dramáticamente en número” en la última década, sino que se “han vuelto más complejos e intratables por su naturaleza”. Los residentes de países en zonas de conflicto tienen dos veces y medio más probabilidades de estar desnutridos que los de otros países. En Sudán del Sur, la inseguridad alimentaria severa afecta a unos 4,9 millones de personas—más del 42 por ciento de la población.

En Yemen, 60 por ciento de la población—unos 17 millones de personas—sufren de inseguridad alimentaria severa. Este número representa un aumento del 47 por ciento desde junio de 2015. La desnutrición pediátrica ha sido un “problema serio durante mucho tiempo” en Yemen, según el informe. Sin embargo, la desnutrición aguda, o emaciación, ha aumentado bruscamente en los últimos tres años. El informe cita “la crisis inducida por el conflicto y la economía que está afectando a toda la población”.

La guerra y el conflicto interno crean inseguridad alimentaria en múltiples formas. Una es a través del desplazamiento de la población. Según el informe de la FAO, el número de refugiados y personas desplazadas internamente (PDI) “aumentó significativamente con el mayor número de conflictos”, duplicándose de 2007 a 2016 a un total de 64 millones de personas.

Uno de cada 113 seres humanos es actualmente un refugiado, un PDI, o solicitante de asilo. Se calcula que 70 millones de personas en todo el mundo sufrirán desnutrición como consecuencia del desplazamiento.

La guerra también impone costos altos en la agricultura y los sistemas de distribución de alimentos, “desde la producción, cosecha, procesamiento y transporte hasta el suministro de insumos, financiación y comercialización”, indica el informe. En Irak, por ejemplo, antes de la invasión estadounidense de 2003, los distritos de Nineveh y Salah-al Din producían un tercio del trigo del país y 40 por ciento de su cebada. Pero hacia febrero de 2016, entre el 70 y 80 por ciento de los cultivos de granos de Salah al-Din’s habían sido dañados o destruidos; en Nineveh, que incluye la ciudad de Mosul, entre un 32 y 68 por ciento de la tierra usada para el cultivo de trigo había sido comprometido o destruido, así como el 43-57 por ciento de la tierra usada para cultivar cebada.

En Siria, donde la agricultura prosperó una vez—y donde muchos científicos creen que se originó históricamente—seis años de intento de cambio de régimen de parte de Estados Unidos han devastado el cultivo del país. Ahora el 85 por ciento de los sirios vive en la pobreza. Se estima que 6,7 millones enfrentaron inseguridad alimentaria aguda en 2016. Actualmente se observa malnutrición aguda—emaciación—en mayores niveles en la mayoría de las regiones.

Una de las formas más insidiosas en que el conflicto produce desnutrición radica en “la comida … usada como arma de guerra”. El informe menciona el uso de bloqueos comerciales en Sudán del Sur. Notablemente, no menciona el bloqueo de Arabia Saudita contra Yemen, donde los granos importados suministran el grueso de la nutrición de la población.

El conflicto no es la única fuente de la desnutrición, como deja claro el informe de la FAO. Los extremos climáticos provocaron aumentos fuertes en inseguridad alimentaria en África subsahariana, así como en el suroeste y sudeste asiático.

Asimismo, como ha informado el World Socialist Web Site en el pasado, las enfermedades de malnutrición vuelven a aumentar en los países desarrollados como Estados Unidos y Gran Bretaña. En estos países no es raro encontrar casos de obesidad mórbida junto con la desnutrición en una sola familia. A medida que los salarios se estancan y los precios de los alimentos siguen aumentando, muchas personas sólo pueden comprar alimentos altamente procesados y almidonados. Para las empresas resulta más rentable suministrar estos productos, porque son menos propensos al deterioro y, por lo tanto, más baratos de transportar y almacenar.

Es una crisis de salud creciente, como señala el informe: “la inseguridad alimentaria y mala nutrición durante el embarazo y la infancia están asociados con adaptaciones metabólicas que aumentan el riesgo de obesidad y enfermedades crónicas no contagiosas en la edad adulta”.

Como dicen los autores del informe, los resultados de las evaluaciones de la ONU han “encendido alarmas que no podemos permitirnos ignorar”. Sin embargo, mientras la ONU señala con acierto que el conflicto engendra la desnutrición, omite descaradamente el papel que juega el imperialismo en estos conflictos. Clasifica los conflictos en Sudán del Sur y Siria como conflictos internos, cuando, de hecho, el caos en ambos países ha sido causado directamente por Estados Unidos, sus aliados y sus intermediarios. Incluso no menciona en absoluto a Estados Unidos en su evaluación de Irak, invadido, asolado y ocupado por fuerzas militares de EE.UU. de 2003 a 2011, y todavía un campo de batalla.

Los autores del informe suprimen cualquier mención a los ataques de la coalición liderada por Arabia Saudita sobre Yemen, así como la complicidad de EE.UU. en esos ataques; en muchas instancias, la coalición ha bloqueado el ingreso de organizaciones de ayuda humanitaria al país, y ha bombardeado numerosos hospitales y clínicas móviles. Pero el informe detalla los mismos crímenes con cierta extensión cuando son perpetrados por “facciones en guerra” en Sudán del Sur.

Se ignoran en gran medida los efectos de largo alcance y cada vez más obvios del cambio climático provocado por el hombre. No se hace ninguna crítica a los efectos sociales corrosivos del afán de lucro, que es responsable tanto del cambio climático como de la escasez de alimentos asequibles en países desarrollados.

La crisis capitalista mundial amenaza con guerras nuevas y más letales. Las naciones imperialistas no pueden abordar la inseguridad alimentaria, no sólo porque la han causado con su militarismo y contaminación industrial no controlada, sino porque son fundamentalmente incapaces de resolver sus propias contradicciones. Cuando se publicaba este informe, huracanes violentos sin precedentes sumergían ciudades enteras, desplazaban a miles, y cobraban vidas a través de la costa norteamericana del Golfo y el Caribe.

Solamente se puede erradicar el hambre global poniendo fin a las contradicciones del capitalismo y reemplazándolo con un sistema económico basado en la necesidad social. La ONU puede sonar la alarma sobre la desnutrición generalizada, pero sólo la lucha de una clase obrera internacional unida puede poner fin a ella.