Margen del voto popular contra Trump alcanza los 1,7 millones

28 noviembre 2016

Aún con millones de votos por contar, Donald Trump va perdiendo el voto popular de las elecciones presidenciales en Estados Unidos por un margen de diferencia mayor al de cualquier otro vencedor en el Colegio Electoral. A pesar de que Donald Trump ya quedó electo al vencer a la candidata demócrata, Hillary Clinton, con 302 votos electorales a 236—otorgados al ganador de cada estado basado en una fórmula que favorece a los estados más pequeños y rurales—el conteo total de votos emitidos o voto popular lo va ganando Clinton por más de 1,7 millones.

La agencia Associated Press (AP) primero divulgó que Clinton ya había pasado la marca de los 1,5 millones de votos de diferencia el sábado, mientras que aún continuaba el conteo oficial, principalmente en los estados de California y Washington que votaron extensamente por Clinton. Sin embargo, el domingo por la noche, el noticiero en línea apartidista, Cook Political Report, publicó una tabulación actualizada que muestra que Hillary Clinton iba venciendo a Trump en el voto popular por más de 1,72 millones de votos.

En puntos porcentuales, Clinton lleva una ventaja de 1,3 puntos en el voto popular, con 48 por ciento a 46,7 por ciento. Los candidatos del Partido Libertario, el Partido Verde y otros partidos minoritarios recibieron 5,3 por ciento o más de 7 millones de votos, pero no consiguieron ni un voto electoral. De los 132,7 millones de personas cuyos votos han sido tabulados, una mayoría considerable, alrededor de 70,7 millones, no votaron por Trump.

Tomando en cuenta estas tendencias, es probable que la ventaja de Clinton sobre Trump en el voto popular llegue eventualmente a 2 millones de votos, un margen mayor al de victorias electorales como las de los presidentes John F. Kennedy en 1960, Richard Nixon en 1968 y Jimmy Carter en 1976. No obstante, Donald Trump será el presidente número 45 de Estados Unidos.

No existe ningún precedente para una diferencia tan enorme entre el resultado del Colegio Electoral y el voto popular. Sin embargo, ni el Partido Demócrata ni los medios de comunicación corporativos han convertido esto en un problema o punto de discusión.

Al contrario, los dirigentes del Partido Demócrata, entre ellos el presidente Barack Obama, el vicepresidente Joseph Biden, Hillary Clinton y su principal rival en las primarias demócratas, el senador Bernie Sanders, entre otros congresistas demócratas, han declarado a Trump como el vencedor indiscutible de las elecciones del 2016.

Sin siquiera cuestionar el “mandato” democrático de Trump, los demócratas han buscado congraciarse con el multimillonario derechista y sus asistentes de tendencias fascistas, anunciando su disposición a apoyarlo en temas en los que estén de acuerdo con él.

No cabe duda de que la actitud del Partido Republicano habría sido completamente diferente ante una presidenta electa, Hillary Clinton, que hubiese perdido el voto popular por un margen de 2 millones.

Los republicanos estarían alegando de forma escandalosa que Clinton no es legítima, que “la gente” rechazó sus políticas y eligió a Trump y, si la dejaran ingresar a la Casa Blanca, estarían pidiendo concesiones políticas enormes, como un gabinete bipartidista y la incorporación de políticas del programa republicano. Clinton, por su parte, aceptaría.

Los paralelos históricos tienen muchas lecciones. En tan sólo 5 de las 57 elecciones presidenciales desde que fue electo el primer mandatario, George Washington, ha llegado alguien a la Casa Blanca tras perder el voto popular. En 1824, John Quincy Adams le ganó a Andrew Jackson por apenas 40.000 votos, donde ninguno de los cuatro candidatos estuvo cerca de una mayoría en el voto popular ni el electoral. (En aquel tiempo, aún muchos estados otorgaban votos electorales sin una elección popular, sino por decisión de la legislatura de estado). El gobierno de Quincy Adams se vio paralizado desde un principio lo cual provocó que Jackson arrasara con las elecciones de 1828.

En 1876, el demócrata Samuel Tilden ganó el voto popular por 250.000, pero perdió en el Colegio Electoral, donde algunos estados fueron impugnados. Al final, fue nombrado el republicano Rutherford Hayes como presidente tras un acuerdo alcanzado entre bastidores, donde los demócratas lograron cobrar un precio inmenso: que se retiraran las tropas federales del Sur y que concluyera el período de Reconstrucción, abriéndole el paso a una ola de violencia del Ku Klux Klan y el eventual establecimiento del sistema de segregación racial de Jim Crow en toda la región sureña.

La elección de 1888 terminó con la victoria electoral del republicano Benjamin Harrison, quien perdió por 89.000 el voto popular ante el entonces presidente titular demócrata, Grover Cleveland. La división del voto reflejó las líneas de batalla de la Guerra Civil. Cleveland ganó en todos los estados de la Confederación, en los cuatro estados que fueron esclavistas pero que no se separaron de EE.UU. en 1860—Missouri, Kentucky, Maryland y Delaware—y en Nueva Jersey y West Virginia. Tras un mandato débil de Harrison, Cleveland lo derrotó en 1892 al reencontrarse en las urnas.

Pasó más de un siglo hasta que otro presidente quedara electo perdiendo el voto popular. Pero, a diferencia de los casos en el siglo XIX, donde el ganador quedó prácticamente paralizado por su falta de mandato popular, las dos veces que esto ha ocurrido en el siglo XXI han culminado en presidentes republicanos cuya legitimidad no ha sido cuestionada por los demócratas ni la prensa, a pesar de su falta de apoyo por parte del pueblo estadounidense.

En el año 2000, a pesar de perder el voto popular por 540.000, George W. Bush fue instalado como presidente gracias a una decisión de la Corte Suprema. El candidato demócrata Al Gore se rindió desvergonzadamente, mientras que los demócratas del Congreso aprobaron las reducciones de impuestos a los ricos y las guerras en Afganistán e Irak de Bush.

Donald Trump, por su parte, va a llegar a la Casa Blanca con un déficit en el voto popular más de cuatro veces más grande que el récord anterior, establecido por Bush hace sólo 16 años. Ningún demócrata prominente ha cuestionado su derecho a la presidencia ni sugerido que, debido a la gran disparidad en el voto popular, Trump no debería proceder con su desenfrenada marcha derechista.

La principal razón es que los demócratas, aparte de su cobardía congénita, están de acuerdo con los aspectos más esenciales de las políticas de Trump.

Ahora, la clase gobernante estadounidense está optando por un nacionalismo económico más agresivo propuesto por Trump, con el apoyo de secciones considerables del Partido Demócrata. Las secciones dominantes de la burguesía y sus dos partidos políticos respaldan la agenda de Trump de guerra, su destrucción de los derechos democráticos y sus reducciones drásticas de impuestos a los ricos, además de la intensificación en sus ataques contra la clase obrera.

Patrick Martin