Los impuestos de Trump: Corrupción y desigualdad capitalistas

8 octubre 2016

Las tres páginas de la declaración impositiva de Donald Trump publicadas el 3 de octubre por el New York Times evidencian de manera la verdadera naturaleza del sistema capitalista, más que los discursos, programas y declaraciones de los partidos Democrático y Republicano en el curso de la presente campaña electoral.

Este magnate de bienes raíces y casinos utilizó una ley impositiva que favorece a la industria de bienes raíces para declarar pérdidas de $916 millones en 1995. Se aprovechó de esa legislación para descontar esa cantidad en sus declaraciones de impuestos durante los 18 años subsiguientes. Otra medida le permitió incluir otra pérdida de $15 millones, más que todos sus ingresos para el año correspondiente de la declaración hecha pública.

La campaña presidencial de Trump no negó ni la veracidad ni la precisión del informe del Times; sólo afirmó que las deducciones y su declaración fiscal están en conformidad con la ley.

El verdadero crimen no es lo que es ilegal, sino lo que es legal.

Los megamillonarios pueden aprovechar disposiciones en el código fiscal diseñadas por sus propios contadores y abogados, estipuladas por sus diputados y senadores y convertidas en ley por sus presidentes, e incluso reafirmadas, en infrecuentes desafíos, por los jueces y tribunales a su servicio.

“El sistema está amañado”, dijo Trump, de una manera que oculta la cuestión principal: ¿Quién lo hizo? Fueron los mismos multimillonarios quienes lo han manipulado a través de sus agentes de los partidos Demócrata y Republicano.

Bien saben todos los trabajadores, pequeño fabricantes, o pequeño comerciantes que hayan lidiado con el Servicio de Impuestos Internos estadounidense (Internal Revenue Service, IRS) lo que ocurre cuando una declaración es examinada, o cuando no se permiten ciertas deducciones. El IRS moviliza a sus agentes, embarga salarios, propiedades, bienes, e impone multas por pagos retrasados; en algunos casos lleva a sus desafortunadas víctimas a la quiebra.

Los miembros de la clase social de Trump no tienen miedo de las auditorías del IRS. Como Trump, lo consideran como un mero costo de hacer negocios. Tienen muchos más recursos que la misma agencia fiscal, que a través de los décadas ha sido debilitada deliberadamente — al menos en lo que toca a los más ricos.

Estos empresarios y empresas megamillonarias reclaman deducciones gigantescas rutinariamente —las pérdidas declaradas de $916 millones en un solo año de Trump no son algo inusual en tales círculos— con el visto bueno del IRS. En caso de una auditoría fiscal, como ocurre con Trump, el proceso puede arrastrarse por años sin multas ni otras penalidades.

Según un informe de Reuters, una quinta parte de todas las grandes empresas grandes no pagaron nada de impuestos sobre la renta en el 2012, el último año con cifras disponible. La cuota tributaria promedio de dichas corporaciones fue de 14 por ciento, a pesar de que la tasa impositiva federal es del 35 por ciento.

Otro informe de USA Today reveló que 27 compañías en la lista de Fortune de las más grandes empresas 500 no pagaron impuestos federales en el año fiscal 2015, a pesar de reportar ganancias sustanciales. En esa lista están General Motors, American Airlines, United-Continental Airlines, Loews, Citrix, Towers Watson, Xerox y Level 3 Communications. Según otros estudios publicados, miles de millonarios, y muchos megamillonarios, evaden sus impuestos sobre sus ingresos con varios trucos de contabilidad.

De hecho, Trump ha hecho campaña sobre sus supuestas habilidades empresariales indicando que va a utilizarlas para transformar la economía de Estados Unidos y el gobierno federal. Esto es un engaño político, como lo demuestra su colosal pérdida de cerca de mil millones de dólares en un solo año. Su verdadera habilidad es la de manipular el sistema.

Trump ha acumulado una fortuna inmensa a pesar de seis bancarrotas, a través de innumerables estafas a contratistas, a pequeños e ingenuos inversionistas, y aún más notorio, a aquellos que pagaron por “educación” en la Universidad Trump y su instituto de bienes raíces, y gracias al trato favorable de siervos políticos y agencias gubernamentales.

Trump personifica la miseria social, política y moral de la élite financiera capitalista —un submundo criminal que existe en las altas esferas de la sociedade estadounidense del siglo XXI. Una mucama una vez escucho decir a la notoria homóloga de Trump en bienes raíces, y hotelera multimillonaria, Leona Helmsley: “Nosotros no pagamos impuestos. Sólo la gente pequeña paga impuestos”. Trump comparte este mismo desprecio hacia los trabajadores.

La evasión de impuestos de los más ricos se ha convertido en un estilo de vida en los últimos 35 años, a la medida que los partidos Republicano y Demócrata han trabajado juntos para cambiar las leyes, comenzando con los recortes fiscales bipartidistas de Reagan en 1981, seguidos por la serie de acuerdos bipartidistas entre 1986 y 1990, y los recortes también bipartidistas en el 2001 bajo George W. Bush.

La creación de agujeros jurídicos como las sociedades de responsabilidad limitada (limited liability companies, LLC) ha estado acompañada por la abolición efectiva del impuesto sobre herencias inmobiliarias. En el transcurso de este período, los impuestos corporativos que contribuían la tercera parte de los ingresos del gobierno federal, ahora contribuyen un diez por ciento, mientras que el tope de la tasa fiscal para los individuos más ricos se recortaba de 70 por ciento a 35 por ciento. Como fue indicado, la tasa real pagada por los ricos y los súper ricos es aún menor.

Estos cambios han sido un factor importante en la gran concentración de la riqueza, como ha sido documentado por economistas como Emmanuel Saez.

Mientras que el New York Times y la campaña de Clinton intentan retratar el caso de Trump como una excepción, las manipulaciones de las leyes fiscales para acumular mayores riquezas son la norma. Ha evolucionado todo un sistema de parasitismo financiero, dentro del que la especulación en bienes raíces, la banca, la bolsa de valores, los fondos de alto riesgo (hedge funds) y la evasión de impuestos con cuentas en el extranjero son el modus operandi de una capa social entera.

Un conflicto político dentro de la élite gobernante ha conducido a una exposición limitada de esta corrupción. La fuente anónima que le dio los documentos al Times sin duda lo hizo para ayudar a la campaña en dificultades de Clinton, el mismo Times al publicarlo en la primera plana, demuestra la misma motivaciónm.

Sin embargo, tanto los Clintons, como Trump, personifican a toda esta clase corrupta, incluso si utilizaron diferentes mecanismos y a menor escala. Acumularon una fortuna superior a los $150 millones solamente en la década después de que Bill Clinton dejó la Casa Blanca, principalmente a través de honorarios millonarios por dar charlas a audiencias corporativas o de Wall Street. Barack Obama pronto tomará un camino similar, obteniendo su recompensa por parte de la aristocracia financiera cuyos intereses ha salvaguardado de forma tan diligente durante los últimos ocho años.

Para la clase obrera, la lección política es clara: la única manera de defender sus intereses económicos —empleos, un nivel de vida digno, servicios sociales esenciales— y poner fin a las guerras imperialistas y a los ataques contra los derechos democráticos, es construir un movimiento político en contra del capitalismo. La clase obrera tiene que tomar el camino de lucha política contra el sistema de producción de lucro y adoptar un programa socialista, basado en la confiscación de las ganancias corruptas de la élite financiera y la asignación de los enormes recursos creados por la clase trabajadora para satisfacer las necesidades sociales, en lugar de alimentar la codicia privada.

Patrick Martin