A menos de 100 días de las elecciones, la mitad de los brasileros no tiene un candidato

por Miguel Andrade
10 julio 2018

A menos de 100 días de las elecciones generales en Brasil, las encuestas muestran que la mitad de la población no apoya a ninguno de los candidatos. Numerosos trabajadores y personas pobres se han radicalizado por los efectos de la crisis mundial de capitalismo y la debacle del modelo de exportación de materias primas adoptado por la clase dominante del país durante los 13 años de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), que llegó a su fin con la destitución de Dilma Rousseff por falsos cargos de manipulación presupuestaria. Sin embargo, todo el sistema político está virando fuertemente a la derecha.

Las últimas encuestas, realizadas por el instituto Datafolha y publicadas el mes pasado, demostraron la persistencia de una tendencia anual de hasta un 46 por ciento de votantes sin un candidato, o dispuestos a anular sus votos en el llamado “escenario espontáneo,” en el que los votantes no reciben una lista de candidatos potenciales. Esto sucede en un país en que la votación es obligatoria y la abstención puede llevar a sanciones que van desde multas, a denegación de pasaportes y la exclusión de cargos públicos.

El presidente actual, Michel Temer, electo el 2014 como el vicepresidente de Roussef, es el jefe de estado más detestado de cualquier período democrático en la historia de Brasil, con sólo un 3 por ciento de aprobación. Temer ha descartado postularse para mantener el cargo, incluso cuando enfrenta acusaciones penales por corrupción apenas abandone el palacio presidencial el 1 de enero.

En el llamado “escenario inducido” de Datafolha, donde se pide a los votantes que elijan de una lista de candidatos, los que todavía decían que votarían en blanco o anularían oscilaban entre 21 a 34 por ciento, dependiendo de si el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, del PT, estaba entre los candidatos, un escenario cada vez menos probable. Cuando Lula estaba en la lista de candidatos, lideraba las encuestas con un 30 por ciento, seguido por un 21 por ciento de votos blancos o anulados y un 17 por ciento para el fascista Jair Bolsonaro. Con la exclusión de Lula, un 34 por ciento dijo que anularía los votos, y un pequeño grupo migraría a Bolsonaro, llevándolo al 19 por ciento.

Henrique Meirelles, el ministro de economía de Temer, que presume de haber abandonado su puesto de director general de BankBoston para ejercer como jefe del Banco Central para Lula y así desvincularse de las medidas de austeridad de Temer, marca un 1 por ciento en las encuestas.

Otros candidatos que buscan el favor de los mercados bursátiles, y que marcan entre 7 y 15 por ciento, son la ex ministro de medioambiente de Lula que se volvió la favorita de los banqueros, Marina Silva, el ex gobernador de São Paulo Geraldo Alckmin, perteneciente a la ex oposición derechista del PT, el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), y Ciro Gomes, el candidato del Partido Democrático Laborista (PDT), fundado por el dictador corporatista Getúlio Vargas y después liderado por João Goulart, el presidente depuesto por los militares en 1964.

Lula, que está cumpliendo una sentencia de 12 años por cargos de lavado de dinero y corrupción pasiva relacionados a la investigación Lava Jato (Autolavado), un masivo escándalo de corrupción en la gigante petrolera estatal Petrobras, no puede postularse por una ley anticorrupción que él mismo promulgó el 2010. Existen grandes expectativas, sin embargo, de que la Corte Suprema pueda en cualquier momento ordenar su liberación ya que está apelando a la sentencia del Tribunal Supremo (civil) contra él.

Existe una especulación decreciente de que un fallo favorable de la Corte Suprema antes de las elecciones podría presionar a la Corte Electoral para que restaure sus derechos políticos hasta la sentencia definitiva del Tribunal Supremo. Esto le permitiría postular a la presidencia, y si saliese electo, gozar de inmunidad mientras mantenga el cargo.

Lo más notable de las encuestas ha sido pérdida de apoyo que han sufrido el Partido de los Trabajadores y el PSDB, los dos partidos que han dominado el mayor período democrático del país, aun así breve, desde 1985.

Habiendo apoyado la destitución de Rousseff y aportado cuatro ministros al gabinete de Temer, el PSDB ha estado en crisis desde su estrecha derrota contra el PT—la cuarta consecutiva. El candidato presidencial del PSDB del 2014, Aecio Neves, fue expulsado del partido después que la oficina del fiscal general lo acusara de corrupción el 2017. Su sucesor por defecto, el cuatro veces gobernador de São Paulo, Geraldo Alckmin, apenas cuenta con el apoyo de su partido y no marca más de 7 por ciento en las encuestas, y sólo un 14 por ciento en su propio estado, según una encuesta de Ibope del 24 de abril.

El PT fue el partido gobernante preferido de la burguesía brasilera durante 13 años. Lula dejó la presidencia el 2010 con una aprobación de 87 por ciento y las alabanzas unánimes de los gobiernos capitalistas del mundo. Esto fue durante la cima del boom de las materias primas, en un año en que la economía brasilera creció un 7,6 por ciento, la mayor tasa desde 1985.

En cambio, una encuestra del 14 de abril de Ipsos muestra que un 50 por ciento de la población pensaba que el arresto entonces anticipado de Lula era justo, y un mayor margen pensaba que estaba involucrado en los crímenes investigados por Lava Jato, los que representan sólo la punta del iceberg de las corruptas políticas pro-capitalistas ejecutadas por el gobierno del PT para conceder favores estatales a los monopolios industriales, agrícolas y bancarios más poderosos de Brasil.

El rechazo popular hacia el partido es el principal factor en darle la ventaja a los sectores anti PT de la burguesía brasilera, incluso cuando jueces disidentes de la Corte Suprema, políticos oligarcas como el ex presidente José Sarney y el ex presidente del senado Renan Calheiros, y varios gobernadores estatales han declarado que la decisión mayoritaria de la Corte Suprema de denegar los recursos de Lula y preparar el camino a su exclusión de la carrera presidencial violaba la constitución brasilera.

Las esferas que apoyan al PT valoran la obediencia del partido a las exigencias de austeridad anteriores (en 2003-2006) y posteriores (desde el 2012) al boom de las materias primas que permitió una mejora limitada del nivel de vida. Argumentan que Lula daría “legitimidad” a la siguiente fase en la guerra contra los trabajadores que se lleva a cabo en Brasil. Los sectores que abandonaron a Lula y al PT discrepan por razones tácticas, temiendo que un nuevo gobierno del PT sería tan inestable como el de la destituida Roussef.

Estos temores no son infundados, pero se aplican a todos los candidatos. Los resultados de las encuestas son reflejo de un movimiento hacia la izquierda de las masas y de la profunda rabia de los obreros y las clases medias-bajas por el apoyo de todos los candidatos a la lucha de clases desatada por la burguesía brasilera desde que la crisis económica internacional azotó el país el 2013, ocasionando una caída de 8 por cientos en el PIB del 2014 al 2016 y prácticamente cero crecimiento desde entonces.

Este viraje a la izquierda se manifestó en el enorme paro de camioneros organizado por fuera del control de los sindicatos y con el apoyo de un 87 por ciento de la población, incluso cuando había escasez de comida y combustible. A esto le siguió un paro de los trabajadores petroleros que llevó a la renuncia del presidente de Petrobras en 24 horas, pero que fue rápidamente terminado por los sindicatos controlados por el PT.

Bajo estas circunstancias, la burguesía está promoviendo al fascista Bolsonaro para desorientar y desviar la creciente radicalización de la clase obrera y crear las bases de un movimiento ultraderechista de masas capaz de enfrentarse a esta radicalización con métodos violentos. Bolsonaro apoya abiertamente la dictadura de 1964-1985, y dedicó su voto a favor de la destitución de Roussef al oficial militar que la torturó en los años 1970s cuando fue encarcelada por formar parte de una guerrilla urbana.

Bolsonaro defiende la pena de muerte, los escuadrones de la muerte en los barrios de clase obrera de Brasil y la esterilización forzada de los trabajadores pobres. Lauro Jardim de O Globo informó que en febrero Bolsonaro afirmó ante una reunión de unos mil empresarios organizada por el banco BTG Pactual que, para poner al fin al crimen en Rocinha, la mayor favela de Brasil, dejaría caer miles de panfletos que darían seis horas para que los trabajadores entregaran a los criminales y después empezaría a tirotear el vecindario. Existen decenas de testimonios y videos que registran sus declaraciones ante audiencias de militares, ultraderechistas y empresarios en las que lanza su mugre fascista contra los pobres, la gente negra, las mujeres, las personas LGBT y los indígenas de Brasil.

A pesar de los intentos de la prensa empresarial de normalizar la candidatura de Bolsonaro, omitiendo las referencias a su discurso fascista y enfocándose en la “tibieza” de sus convicciones neoliberales, es una condena fulminante de las políticas del PT y sus apologistas de seudoizquierda que después de 13 años en el poder, una figura así esté encontrando una audiencia, como quedó demostrado con el apoyo que recibió la intervención de militares en algunos bloqueos durante el paro de camioneros.

Con el PT y la seudoizquierda llamando a la liberación de Lula para dar “legitimidad” a las elecciones, y la prensa empresarial preguntándose si Bolsonaro es “confiable” del punto de vista de los inversionistas, la ultraderecha puede adoptar la pose de ser los únicos opositores a las políticas devastadoras de la clase dominante.

El PT y las seudoizquierdas intentan canalizar la oposición a Bolsonaro detrás de la campaña presidencial de Lula u otro candidato. El apoyo a los candidatos derechistas, sin embargo, emergió como una protesta contra las políticas pro-capitalistas y la corrupción del mismo PT.

En la ciudad de São Paulo, el alcalde Fernando Haddad del PT perdió en la primera vuelta al multimillonario y eugenista João Doria (apodado el Donald Trump brasilero) con sólo un 17 por ciento de los votos el 2016. Es muy revelador que Haddad recibiera el mayor apoyo en el distrito de Pinheiros, una mezcla entre Silicon Valley y Greenwich Village.

Representando a estas capas profesionales, el principal líder de la seudoizquierda brasilera, el antimarxista Guilherme Boules—ahora candidato presidencial del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) y líder de la campaña “Lula libre”—reaccionó tildando a los trabajadores de São Paulo de “enajenados y consumistas” y a las clases medias de la ciudad de “fascistas.”

La evidencia de que la elección de Doria era una protesta contra las políticas derechistas del PT está en que, en apenas un año de privatizaciones en masa y guerra contra los pobres, la tasa de aprobación de Doria ha bajado al 15 por ciento—la misma de Haddad—y que su partido, el PSDB, está virtualmente acabado en términos de política nacional.

La campaña reaccionaria y deshonesta de la seudoizquierda para desviar el descontento popular hacia una campaña de “Lula libre” se resume en dos artículos casi idénticos de las escritoras “progresivas” Eliane Brum—“Lula, el irreconciliable,” El País, 11 de abril—y Márcia Tiburi—“Lula, el más peligroso de los líderes,” Revista Cult, 12 de junio, 2017. Afirman que, aunque Lula era un “conciliador,” el PT fue destituido del poder por “atravesar límites” para luchar contra el privilegio, y por tanto no era “tolerado” por los poderes fácticos. En un momento, Brum afirma: “los programas sociales y acciones afirmativas del PT terminaron amenazando esta conciliación.” Su argumento se reduce a que Lula fue encarcelado por luchar por los pobres.

Esto es una mentira. A la primera señal de crisis, en el 2013, Roussef empezó a implementar medidas de austeridad, mientras que las ganancias de la banca siguieron en niveles récord hasta el final de su presidencia. Lula presume de que su gobierno, en un tiempo de ganancias récord para los capitalistas, fue el que tuvo menos huelgas y ocupaciones de terrenos.

Si bien Lula conserva algo de popularidad debido a sus programas de reducción de la pobreza, especialmente en la zona más oprimida de Brasil, el noreste, donde el PT también tiene el apoyo de los oligarcas regionales y las maquinarias partidarias, ha ocurrido un quiebre decisivo con la clase obrera en los estados industriales del sur, principalmente São Paulo, Rio Grande do Sul y Rio de Janeiro, debido a las políticas neoliberales del PT. Las que antes fueron sólidas bases de poder para el PT, Rio Grande do Sul y Rio de Janeiro, hoy son las que más apoyan a Bolsonaro.

Rio es el caso más revelador. La ciudad se transformó en un virtual protectorado del gobierno federal del PT en el período previo a las Olimpiadas del 2016. Se utilizó como un laboratorio para la entrega de favores estatales a los multimillonarios y la “guerra contra las drogas” de Lula, la que duplicó la población penal de Brasil.

Tiburi, que se presenta como candidata del PT a gobernadora del estado de Rio de Janerio, declaró absurdamente a Mônica Bergamo del Folha de S. Paulo que el “PT tiene una valiente facción contra el populismo criminal,” refiriéndose a Bolsonaro—que durante años formó parte de la facción liderada por el PT en la legislatura federal. Sin embargo, la realidad es que el tipo de violencia policial y ocupaciones militares de las favelas que promueve Bolsonaro se normalizaron bajo los gobiernos del PT.

Las primeras tareas de los obreros al armar una lucha contra la derecha es romper completamente con el PT y sus apologistas en la seudoizquierda, y dejar en claro la historia, haciendo un balance implacable de la trayectoria del PT.

(Publicado originalmente en inglés el 3 de julio de 2018)