Macron y la democracia de la guerra de clases

21 abril 2018

El martes, el presidente francés, Emmanuel macron, un antiguo inversionista bancario, realizó lo que la prensa occidental llamó un apasionado llamado en defensa de la democracia ante el Parlamento europeo.

Macron advirtió de una Europa donde “la fascinación iliberal crece cada día” y “nuestros egoísmos nacionales toman precedencia sobre lo que nos une contra el resto del mundo”.

“Estamos viendo autoritarismo en todos nuestros alrededores”, declaró el presidente francés. “La respuesta no es una democracia autoritaria, sino la autoridad de la democracia”. Para Macron, la Unión Europea encarna esta democracia, siendo “un modelo único democrático en el mundo” y representando “la democracia concebida como libertad”.

Su discurso tuvo una respuesta extática de parte de las élites políticas de Estados Unidos, Reino Unido y Francia, con los editoriales del New York Times, el Washington Post y el Financial Times marcando la pauta para ensalzar a Macron.

El New York Times comparó a Macron con un “profeta bíblico” que defiende las barricadas de la “democracia europea”.

Pero, si Macron es un profeta bíblico, su ropaje está mugriento.

Tan solo cuatro días antes de dar su discurso, Macron ordenó bombardear las ciudades sirias de Damasco y Homs, con base en falsos pretextos, sin un voto parlamentario y por encima de la oposición de la mayoría de la población francesa. El mandatario francés llevó a cabo su aventura militar en el Levante mediterráneo con Donald Trump, un demagogo derechista y de tinte fascista, y con la primera ministra británica, Theresa May, cuyo Gobierno está envuelto en esfuerzos para sacar a Reino Unido de la Unión Europea.

El “profeta” Macron, quien recibió menos de una cuarta parte del voto en la primera ronda de las elecciones francesas del 2017, inscribió las medidas autoritarias del estado de emergencia en Francia en su Constitución, evisceró los servicios sociales del país y está en medio de una ofensiva frontal contra los trabajadores públicos y los estudiantes.

En la semana previa a su discurso, Macron presidió la represión por parte de más de 3.000 políticas antimotines contra manifestantes en un campamento ambientalista y demandó que Francia “reparara” el “lazo entre la Iglesia y el Estado”, que constituiría un profundo ataque contra las tradiciones seculares de la República francesa.

Lo que no apareció ni en el discurso de Macron ni en la ferviente respuesta de la prensa es una explicación del porqué gana fuerzas la ultraderecha en Europa o, algo igual de importante, porqué son cada vez menos diferenciables las políticas de los Gobiernos “liberales” de Europa de las de los regímenes fascistas.

Después de todo, el principal aliado de Macron en la Unión Europea, Alemania, es gobernado por una gran coalición que adoptó en gran medida la plataforma antiinmigrante del partido ultraderechista, Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán), llamó a revivir las tradiciones militaristas (y, honestamente, de tendencia fascista) del ejército alemán e impuso uno de los regímenes de censura en el Internet más draconianos en Europa.

Ni Macron ni sus panegiristas siquiera intentaron relacionar el auge de la ultraderecha con el crecimiento de la desigualdad social, el desmantelamiento del Estado del bienestar o el resurgimiento del militarismo —es decir, con las características fundamentales del sistema capitalista—.

En realidad, el auge de la extrema derecha en Europa se debe primordialmente a las políticas antiobreras impuestas por la Unión Europea en interés de los bancos y las corporaciones del continente. Los dictados de austeridad de la UE, los cuales Macron apoyó cuando era un banquero y promulgó como ministro de Hacienda, conllevaron un aumento en el apoyo a los partidos ultraderechistas. La clase obrera no percibe a la UE como el paladín de la libertad y la democracia, sino como el ejecutante de los intereses de los superricos y los bancos.

La extrema derecha tiene la oportunidad de presentarse como críticos de los corruptos grupos de poder tradicionales y encauzar la ira social en una dirección nacionalista solo porque los socialdemócratas, sindicatos y los partidos pseudoizquierdistas como Syriza en Grecia, el NPA en Francia y Die Linke en Alemania hacen todo lo posible para bloquear el surgimiento de un movimiento auténtico de la clase obrera, al mismo tiempo que apoyan e implementan programas de austeridad.

Como resultado, el Frente Nacional se ha convertido en el segundo mayor partido en Francia; el AfD se convirtió en el primer partido ultraderechista en incorporarse al Parlamento federal alemán desde la Segunda Guerra Mundial; el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ, por sus siglas en alemán), extremista de derechas se unió al Gobierno; los partidos xenofóbicos, Lega y el Movimiento 5 Estrellas, ganaron una mayoría parlamentaria en Italia; además de partidos ultraderechistas que han llegado al poder en Polonia, la República Checa y Hungría.

La “reforma” de la Unión Europea que busca Macron, bajo estas condiciones, no tiene nada que ver con la democracia, la libertad, ni la igualdad. Sus objetivos son transformar a Europa en un Estado policial y en una gran potencia militar dominada por Francia y Alemania, cuyo propósito sea competir con Estados Unidos en la redivisión imperialista del mundo.

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, los apologistas del capitalismo anglo-estadounidense afirmaban que la división fundamental en el mundo y la fuente del conflicto global era entre la “democracia” y el “fascismo”. Sin embargo, tanto en los años treinta como ahora, los Gobiernos democráticos y “autoritarios” se vieron obligados a implementar esencialmente las mismas políticas militaristas y autoritarias ante la crisis global.

Nadie describió este proceso con tal claridad como León Trotsky, el colíder de la Revolución de Octubre de 1917 y fundador de la Cuarta Internacional, quien argumentó que los trabajadores no deberían mantener ilusiones en las pretensiones “democráticas” de los capitalistas. En 1939, escribió bajo el título “El marxismo de nuestros tiempos”:

Todos los intentos para retratar la guerra pendiente como un conflicto entre las ideas de la democracia y el fascismo pertenecen al dominio de la charlatanería o la estupidez. Las formas políticas cambian, los apetitos capitalistas permanecen… La feroz y fútil lucha por una nueva redivisión del mundo se deriva irresistiblemente de la crisis mortal del sistema capitalista.

En un lenguaje que describe perfectamente la combinación del rearme militar con las medidas de austeridad social que Macron representa, Trotsky observó:

Mussolini les sugirió a los trabajadores en Italia a aprender a ajustarse los cinturones sobre sus camisas negras. ¿Pero no sucede substancialmente lo mismo en las democracias imperialistas? En todas partes, se usa la mantequilla para lubricar las armas. Los trabajadores de Francia, Inglaterra, Estados Unidos aprendieron a ajustarse sus cinturones sin tener camisas negras. En el país más rico del mundo, millones de trabajadores se han visto convertidos en indigentes.

Continuó,

El deterioro incontrolable en las condiciones de los obreros hace cada vez más difícil para la burguesía ofrecerles a las masas el derecho a participar en la vida política, incluso dentro de los confines del parlamentarismo burgués. Cualquier otra explicación del evidente proceso del desplazamiento de la democracia por parte del fascismo es una falsificación idealista de las cosas como son, es o un engaño o un autoengaño.

En cierto modo, la prensa occidental está en lo correcto adulando a Macron como el representante de la “democracia”. Él es de hecho un portavoz de la democracia burguesa en la época de su desintegración, lo que equivale al periodo de dominio irrestricto de los bancos y las corporaciones.

El mundo se enfrenta a dos formas de dictadura, sea la dictadura de la burguesía o la dictadura del proletariado —es decir, la conquista del poder por parte de la clase trabajadora, la gran mayoría de la población, y la reorganización de la sociedad con base en las necesidades sociales—.

La clase obrera ha demostrado estar lista para luchar contra la campaña de la UE hacia la austeridad y la guerra. Esto lo demuestran varios factores: las luchas militantes de los trabajadores ferroviarios y los estudiantes en Francia, la magnitud de las huelgas del sector industrial y el público, las constantes erupciones de huelgas generales en Grecia, el resurgimiento de las luchas de clases en el este de Europa y muchas otras huelgas y protestas.

El periodo siguiente estará caracterizado por batallas de clases enconadas y por una mayor oposición a la guerra y a la represión estatal. Sin embargo, estas luchas requieren una perspectiva política. Solo pueden ser exitosas si la clase obrera rompe con los socialdemócratas, los sindicatos y los partidos pseudoizquierdistas y se une internacionalmente, combinando la lucha contra la guerra y la austeridad con la lucha contra el sistema capitalista. Solo de esta manera pueden ser opuestas las políticas de la élite gobernante y solo así puede ser atajado crecimiento de la ultraderecha.

León Trotsky fundó la Cuarta Internacional en 1938, en una época en la que el fascismo estaba todavía en crecimiento. En anticipación a la lucha contra la guerra, la desigualdad y los ataques antidemocráticos, bajo la bandera del socialismo revolucionario proletario, oponiéndose al fascismo como un componente integral de la lucha para deshacerse del obsoleto y decadente capitalismo.

A medida que la burguesía intenta transformar al mundo nuevamente en lo que Trotsky llamó “una hedionda prisión”, los trabajadores y jóvenes tienen que adoptar la lucha por el socialismo y construir el Comité Internacional de la Cuarta Internacional y sus secciones, lo Partidos Socialistas por la Igualad.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 20 abril de 2018)

Peter Schwarz y Andre Damon