Cincuenta años del asesinato de Martin Luther King Jr.

por Fred Mazelis
7 abril 2018

El 4 de abril marcó el 50 aniversario del asesinato de Martin Luther King, Jr. en Memphis, Tennessee, donde había ido para apoyar la lucha de trabajadores de saneamiento afroamericanos por salarios decentes y dignidad humana. En los días previos a este aniversario, los medios se llenaron de artículos sobre la vida y el legado del asesinado líder de derechos civiles.

El ejemplo de King plantea preguntas que no han perdido su urgencia en las últimas cinco décadas. Una discusión seria de este período arroja una luz brillante sobre la sociedad estadounidense actual y revela las mentiras e hipocresía de los defensores del statu quo que falsifican el legado de King.

King se pronuncia ante la Marcha en Washington

En los más de doce años entre diciembre de 1955, cuando comenzó el boicot al autobús de Montgomery, y la muerte de King en abril de 1968, él se convirtió en el portavoz y líder de un movimiento progresista, democrático e igualitario por la igualdad racial y social en Estados Unidos. Las palabras de este pastor bautista movieron a muchos millones, especialmente trabajadores, y articularon los esfuerzos más profundos por la igualdad y contra la explotación y opresión.

Sin embargo, King nunca rompió con el sistema capitalista. Siguió siendo un pacifista, y su reclamo de justicia social, aunque valiente y profundamente sentido, tuvo más en común con el socialismo cristiano que con el marxismo. Los defectos fatales en la orientación política de King se expresaron en la crisis creciente del movimiento que lideró, y en su desintegración después de su muerte.

En los años pico de la lucha por los derechos civiles, el movimiento masivo de desobediencia civil, las marchas y campañas de registro de votantes, realizados ante una violencia racista asesina, condujo a la histórica legislación de derechos civiles de 1964 y 1965. En los tres años restantes de su vida, King no predicó la complacencia o la satisfacción con los modestos logros que se habían obtenido. Por el contrario, se dirigió cada vez más a las raíces económicas expuestas con mayor claridad a medida que se desmantelaron las barreras de la segregación Jim Crow.

La Marcha en Washington, agosto de 1963

King describió los disturbios urbanos, que comenzaron el mismo año en que se aprobó la Ley de Derechos Civiles de 1964, como el grito de los oprimidos. “Hemos dejado el ámbito de los derechos constitucionales y estamos entrando en el campo de los derechos humanos”, escribió en su libro de 1967, ¿Hacia donde vamos desde aquí: caos o comunidad?: “La Constitución garantizó el derecho al voto, pero no existe tal garantía del derecho a una vivienda adecuada, o el derecho a un ingreso adecuado”.

King habló no solo de aquellos blancos “que valoran los principios democráticos por encima del privilegio”. De forma más significativa, señaló a “otro grupo más importante…compuesto por aquellos que tienen necesidades comunes con el negro y que se beneficiarán por igual con él en el logro de progreso social. De hecho, hay más blancos estadounidenses pobres que negros. Su necesidad de una guerra contra la pobreza no es menos desesperada que la del negro”.

El presidente Lyndon Johnson firma Ley de Derechos Civiles en 1964 con King detrás de él

El giro a la izquierda reflejado en esas palabras fue acompañado por una denuncia de la guerra de EUA en Vietnam. King rompió con el gobierno de Lyndon Johnson, y los editorialistas de diarios en el New York Times y otros sitios atacaron duramente al hombre que habían alabado hasta entonces como el apóstol del gradualismo y el acuerdo.

Pasando a la lucha contra la pobreza y la desigualdad, King pidió una Campaña de los Pobres, a realizarse en Washington DC. Con esta iniciativa, iniciada apenas meses antes de ser asesinado y ante la enérgica oposición de muchos de sus colegas, como Andrew Young, futuro alcalde de Atlanta y embajador en la ONU, King se enfrentó con la Casa Blanca y el Congreso, que estaban en el proceso de abandonar la guerra a medias contra la pobreza para sostener la intervención de EUA en Vietnam.

La Campaña de los Pobres se dirigía explícitamente a construir una coalición política más allá de líneas raciales. Al mismo tiempo, King respondió al pedido de apoyo de los trabajadores de saneamiento en Memphis, donde la lucha por el reconocimiento sindical y mejores sueldos estaba unido a la lucha contra el racismo y ciudadanía de segunda clase.

Esta foto memorable, tomada por Joseph Louw en el Motel de Lorena en Memphis, muestra a los líderes de derechos civiles apuntando hacia el tirador que acaba de disparar a King (acostado en el balcón). [crédito: Joseph Louw — Life Magazine]

El asesinato ocurrió en Memphis, en el balcón del Motel Lorraine, justo luego de las 6 de la tarde. Dos meses después, James Earl Ray fue arrestado y acusado del crimen. Ray confesó a cambio de un trato para evitar la pena de muerte, pero pronto se retractó de su confesión, e insistió en que había sido inculpado durante los restantes 29 años de su vida.

Coretta Scott King y otros miembros de la familia creyeron en la negación de participación de Ray. Hay mucha evidencia que apunta a una conspiración en este caso. El notorio registro del FBI bajo el mando de J. Edgar Hoover en perseguir y atacar al líder de los derechos civiles hace que esas sospechas sean completamente plausibles.

No se puede separar el asesinato de King de los hechos de 1968 y antes en esa década explosiva. El de King fue el tercer asesinato de alto perfil de esos años, luego del crimen del presidente John F. Kennedy en 1963 y el asesinato de Malcolm X en 1965. Solo dos meses después de la muerte de King, Robert F. Kennedy fue abatido a balazos en Los Ángeles, donde acababa de ganar las primarias de California para emerger como el favorito en la carrera por la candidatura presidencial del Partido Demócrata.

King y Malcolm X

El asesinato de King produjo revueltas y disturbios en 100 ciudades en todo EUA. Mientras tanto, el movimiento de protesta contra la guerra había adquirido un carácter masivo en los campus universitarios, y la militancia laboral estaba en aumento.

A principios de ese año, la Ofensiva del Tet en Vietnam había expuesto el desastre que enfrentaba el imperialismo de EUA. en su guerra contra el pueblo vietnamita. El 31 de marzo, solo cuatro días antes de la muerte de King, Lyndon Johnson anunció que no se postularía para la reelección.

Detrás de estos desarrollos estriba la crisis creciente del capitalismo estadounidense. El auge posterior a la Segunda Guerra Mundial comenzaba a desmoronarse, y la hegemonía económica de EUA. era desafiada cada vez más por sus rivales en Europa y Japón. Las revueltas en EUA eran parte de una crisis mundial que marcaba el comienzo de un período de lucha revolucionaria entre 1968 y 1975.

King tuvo una crisis de perspectiva cada vez más profunda en los últimos años antes de su muerte al sentir el cambio del terreno político bajo sus pies. Percibió la necesidad de una nueva estrategia en la lucha por la igualdad social, pero no fue capaz de articular una más allá de los límites de una alternativa reformista de izquierda a los “excesos” del capitalismo estadounidense. Pero esto era demasiado para el sistema político de EUA. Sus antiguos aliados liberales lo denunciaron y muchos de sus tenientes fueron críticos.

La muerte de King aceleró un proceso que fue presagiado en los años anteriores, con el evidente agotamiento de la lucha por los derechos civiles como un movimiento de masas por los derechos democráticos y la igualdad social. Lo que se requería era una orientación hacia la clase trabajadora y la adopción de un programa socialista claro. Esto iba más allá de la capacidad de King, un representante ilustrado de la clase media.

Incluso antes del asesinato de King, la clase dominante estadounidense puso en marcha una nueva política para defender su poder ante una oposición social creciente. Este giro fue enunciado en el informe de la Comisión Kerner sobre los disturbios urbanos, publicado en marzo de 1968, solo un mes antes del asesinato.

Este informe extenso terminó con una advertencia sumaria de que EUA se estaba convirtiendo en “dos sociedades, una negra, una blanca”. Esta interpretación racial y oficialmente aprobada de la sociedad estadounidense, disfrazada con el lenguaje de la preocupación liberal, ha guiado la política de la clase dominante desde entonces. Según el informe Kerner, las “instituciones blancas” y la “sociedad blanca” eran las responsables de la crisis social en Estados Unidos, y no el sistema económico capitalista y la clase capitalista que lo controla.

Se diseñó un programa bipartidista, bautizado “capitalismo negro” por el reaccionario gobierno de Nixon y la acción afirmativa de los demócratas, para fomentar una capa delgada de afroamericanos privilegiados como una nueva base de apoyo político para un sistema que ya no era capaz de garantizar las reformas asociadas con el auge de posguerra y la “Guerra contra la Pobreza”. Para la clase dominante, un efecto secundario útil de esta política fue su estímulo de resentimientos sobre los que se podían avivar elementos racistas.

La desindustrialización condujo a la eliminación masiva de trabajos bien pagados justo cuando la política de austeridad se convertía en la norma durante la crisis económica y la “estanflación” de la década de 1970. Se eligieron alcaldes negros, en ciudades como Newark, Detroit y docenas más, justo a tiempo para administrar el régimen de austeridad.

Se desarrollaron nuevos métodos de “divide y vencerás”. Por un lado, los republicanos adoptaron la llamada “estrategia sureña”, basada en una apelación a elementos racistas y capas sociales desorientadas y enojadas por la implementación del Partido Demócrata de legislación de derechos civiles. Esto ha sido una parte integral del arsenal político republicano desde Nixon hasta Trump, pasando por Reagan y Bush.

Simultáneamente, los demócratas adoptaron el dogma de la política de identidad, abandonando el programa de reforma social más leve mientras se hacen pasar por defensores de las minorías raciales y la “diversidad”. Esta división del trabajo entre republicanos y demócratas—y sobre todo el papel de los ex liberales que se corrieron hacia la derecha y convirtieron al Partido Demócrata en el representante descarado y abierto de Wall Street—fue crucial en el giro brusco a la derecha del espectro político en los años posteriores a King.

Los portavoces de la élite gobernante han prometido desde hace tiempo que funcionarios electos y comisionados de policía afroamericanos darán paso a una nueva era de armonía y prosperidad. En cambio, estos funcionarios han ejercido su cargo durante niveles récord de desigualdad, encarcelamiento masivo y escalada de violencia policial, que afecta desproporcionadamente a los trabajadores y jóvenes negros y de otras minorías, junto con el declive continuo de la educación pública, el aumento de personas sin hogar y ataques a la atención médica y todos los servicios públicos.

La política de identidad ha ido de la mano con los ataques a cada sección de la clase trabajadora. Solo una capa delgada de la clase media alta se ha beneficiado. Las estadísticas muestran que la desigualdad ha crecido más rápidamente dentro de la población afroamericana que dentro de la sociedad estadounidense en su conjunto.

El papel de los sindicatos pro-capitalistas ha sido crítico en el aumento de la desigualdad y el reinado de la reacción política en este mismo período. Reflejando los intereses de los defensores ricos del statu quo que forman la jerarquía sindical, los sindicatos adoptaron abiertamente un modelo corporativo, cimentando su papel dentro del aparato del estado y suprimiendo la lucha de clases.

Este ha sido el mapa de ruta durante más de cuatro décadas de contrarrevolución social, que culmina en la guerra permanente y una segunda Edad Dorada, con divisiones socio-económicas más extremas que antes del movimiento de masas que estalló en la lucha contra Jim Crow.

Con la elección del primer presidente negro hace diez años, la clase dominante tuvo que aumentar su uso de la política de identidad. Hubo loas sobre el “primer presidente negro” para desviar la atención del hecho de que Obama ejerció la presidencia durante ataques cada vez más profundos contra los trabajadores afroamericanos y las demás secciones de la clase obrera. Se acompañó esto con la promulgación de una versión aún más maligna de la política de identidad, caracterizada por ataques contra la “clase obrera blanca” como irremediablemente racista, como si tales afirmaciones pudieran explicar por qué obreros que votaron dos veces por Obama deberían, desesperados por los resultados, dar su voto a Donald Trump.

Ahora hemos llegado a la etapa de falsificación absoluta de la visión de Martin Luther King. Se presenta a figuras como Ta-Nehisi Coates, cuyas opiniones se resumen en su libro sobre la presidencia de Obama titulado Estuvimos ocho años en el poder, como los sucesores del líder de derechos civiles. Coates pronostica y casi celebra una América que estará dividida por líneas raciales para siempre. Se presenta la visión de King como consistente con los esfuerzos actuales para avivar la política racialista, que ignora y en la práctica repudia la insistencia de King sobre la primacía de la lucha por la igualdad social.

King, empero, luchó por la integración y se opuso al eslogan “poder negro”. Escribiendo en 1967 en el antes mencionado ¿Hacia dónde vamos desde aquí?, criticó desde la izquierda a los que, como Stokely Carmichael, promovían esa demagogia reaccionaria.

“El movimiento Poder Negro de hoy”, escribió King, “como el movimiento ‘Regreso a África’ de Garvey de los años 1920, representa una destrucción de la esperanza, una convicción de la incapacidad del negro para ganar y una creencia en la infinitud del gueto”. En palabras que anticipan la experiencia amarga con Obama, King escribió, “El poder negro solo no es más garantía contra la injusticia social que el poder blanco. Los políticos negros pueden ser tan oportunistas como sus homólogos blancos si no hay un electorado informado y consciente que exija una reforma social”.

King dando discurso en St. Paul, Minnesota

Los que hoy distorsionan y falsifican el rol y legado de King lo hacen para defender un sistema de privilegio y dominio de clase. La lucha de King pone incómodos a los defensores de la política de identidad porque, cinco décadas después de su muerte, los problemas se plantean más que nunca en términos de clase, no de raza.

El 50 aniversario coincide con un nuevo resurgimiento de la lucha de clases, marcada por la erupción de las luchas de maestros de base en EUA y huelgas y protestas de trabajadores en toda Europa, así como en Irán, Túnez y otros países oprimidos. Estas luchas dinamitan las mentiras sobre la clase trabajadora “racista” y la afirmación de que la división básica en la sociedad es la raza o el género, en lugar de la clase. Plantean ante millones la necesidad urgente de unir y movilizar a trabajadores de todas las razas y nacionalidades en una lucha política en común contra un enemigo en común.

El llamado de King a una lucha unificada por la reforma social ilustra tanto la fortaleza como la debilidad fatal de su perspectiva. La lucha contra la pobreza, desigualdad, austeridad y la amenaza de dictadura y guerra imperialista requiere la construcción de un liderazgo revolucionario que se base en los fundamentos progresistas de luchas anteriores, pero muestre el camino adelante en la lucha por el socialismo.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 4 de abril de 2018)