El gran derrumbamiento: La crisis del orden geopolítico de la posguerra

9 junio 2017

Menos de una semana después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, volviera a EE.UU. de su gira en Oriente Medio y Europa, es claro que la política mundial está tomando un giro de gran trascendencia. Las mismas relaciones e instituciones mundiales que por décadas establecieron un marco para la economía internacional y la vida pública están desmoronándose rápidamente.

El cada vez mayor peligro de una guerra comercial y el resurgimiento de las ambiciones militares de todas las potencias imperialistas reflejan el estado avanzado de descomposición de las instituciones internacionales creadas después de que Estados Unidos saliera como potencia imperialista dominante de la Segunda Guerra Mundial.

Este colapso es el producto de procesos que se han venido madurando por décadas. En 1991, cuando la disolución estalinista de la URSS privó a los países miembros de la OTAN de su enemigo común, las tensiones entre las potencias imperialistas ya estaban agitadas. Mientras que los estrategas estadounidenses declaraban el inicio de un “momento unipolar”, en el que la desaparición de la Unión Soviética eliminaba todo rival militar inmediato, lo que buscaban era utilizar esta ventaja militar para contrarrestar el declive de la posición económica de EE.UU.

Un documento de estrategia del Pentágono publicado en 1992, insistió que Washington debía convencer a “competidores potenciales que no necesitan aspirar por un papel mayor ni adoptar una postura más agresiva” y “disuadirlos de desafiar nuestro liderazgo e intentar derribar el orden político y económico establecido”.

Un cuarto de siglo más tarde, esta política ha fracasado. Entretanto, condujo a una serie de guerras imperialistas e intervenciones de la OTAN encabezadas por los Estados Unidos, las cuales asolaron Irak, Yugoslavia, Afganistán, Libia, Siria, Ucrania y otros países. A pesar de cobrar millones de vidas, destruir sociedades enteras y crear la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial, estos actos militaristas sólo han dejado desastres sin llegar a revertir el curso del imperialismo estadounidense. Actualmente, se ha abierto una nueva etapa de esta crisis: los rivales imperialistas de EE.UU. están preparando desafíos directos y de gran alcance contra la primacía global del imperialismo norteamericano.

Los intentos de Trump en las cumbres del G7 y la OTAN para obtener mejor términos económicos a expensas de Europa terminaron más bien perjudicándolo. Culpó a los europeos de “no pagar lo que deberían pagar” en relación con el gasto militar de la OTAN, y dijo que Alemania era “terrible”, amenazando con detener la importación de automóviles alemanes. Las potencias europeas no se han molestado por mostrarle simpatía ni entregarle un paquete de ayuda financiera, sino que han tomado una serie de pasos que indican que se están alistando para una ruptura política y militar con EE.UU.

El domingo 28 de mayo, la canciller alemana, Angela Merkel, dio un discurso en un mitin en una cervecería en Múnich, donde se refirió al comportamiento de Trump en ambas cumbres y su postura hacia la salida británica de la Unión Europea (UE) o Brexit. “Los tiempos en los que podíamos contar con los demás han quedado atrás, como acabo de experimentar en los últimos días. Los europeos tenemos de verdad que tomar nuestro destino con nuestras propias manos”, dijo y agregó, “debemos luchar por nuestro propio futuro”.

Los eventos de la última semana en Europa confirman que las declaraciones de Merkel reflejan una profunda crisis en la alianza militar de la OTAN, fundada en 1949 entre EE.UU. y Europa. El ministro de Relaciones Exteriores alemán, Sigmar Gabriel, declaró que, bajo Trump, Washington se ha separado de la “comunidad occidental de valores”. Añadió que esto reflejaba “un cambio en las relaciones de poder mundial”.

El nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, un estrecho aliado de Berlín, invitó el presidente ruso, Vladimir Putin, a una cumbre de alto perfil en Versalles. En una rueda de prensa junto a Putin, Macron criticó todas las principales intervenciones extranjeras de Estados Unidos y la Unión Europea en los últimos años. Llamó a poner fin al conflicto en Ucrania provocado por el golpe de Estado del 2014 en Kiev, apoyado por EE.UU. y Alemania, expresó interés en estrechar la cooperación económica y de inteligencia con Rusia e incluso la posibilidad de volver a abrir una embajada francesa en Damasco, Siria.

La semana pasada, además, una nueva sede militar de la UE en Bruselas comenzó operaciones. Reino Unido, que había vetado esta decisión en línea con el temor de EE.UU. de que la UE se convirtiera en un rival de la OTAN, no lo pudo hacer de nuevo debido a su salida de la UE.

Los círculos de estrategas de política exterior estadounidenses reconocen que estos acontecimientos marcan un retroceso histórico para Washington. “Cada administración estadounidense desde 1945 ha intentado trabajar en estrecha colaboración con Alemania y la OTAN”, escribió Jacob Heilbrunn en la revista The National Interest, pero EE.UU. bajo Trump está “empujando a Merkel a crear una superpotencia alemana”.

Heilbrunn agregó: “Ahora que Francia eligió a Emanuel Macron como presidente, Merkel está buscando construir un eje franco-alemán con un mismo camino económico y militar. Esto significará una disminución considerable en el prestigio y la influencia internacionales de EE.UU. Imagínense, por ejemplo, que Merkel decidiera desafiar la implementación de sanciones y el aislamiento de Irán por parte de Trump al establecer vínculos comerciales con Corea del Norte, incluyendo la venta de armas”.

Estas tensiones no son simplemente el producto de las políticas nacionalistas extremas del actual ocupante de la Casa Blanca. De hecho, como la constante demonización de Rusia y acusaciones de subvertir la democracia estadounidense por parte del Partido Demócrata, queda cada vez más claro que una victoria de la demócrata Hillary Clinton en las generales el año pasado no habría resuelto el conflicto con Europa. Al contrario, dichas tensiones se encuentran arraigadas en contradicciones profundas entre los intereses de las grandes potencias imperialistas, los cuales condujeron a dos guerras mundiales el siglo pasado.

Esto queda resaltado por las crecientes rivalidades imperialistas en Asia. El mes pasado, la inauguración de China de la iniciativa llamada “Un cinturón, una ruta” –cuyo objetivo es construir una red de infraestructura de energía y transporte para integrar a China con Oriente Medio y Europa— Washington fue echado a un lado, mientras China y la UE estrechan sus vínculos. La respuesta de Japón e India, aliados de Washington en su “pivote hacia Asia” que busca aislar a China, no ha sido fundamentalmente más compatible con los intereses imperialistas estadounidenses.

La semana pasada, Tokio y Nueva Delhi publicaron una “visión” para un “corredor de crecimiento entre Asia y África”, como una alternativa al “Cinturón y ruta” que convertiría a India en un núcleo de esta cadena de producción y un contrapeso militar para China. El objetivo del primer ministro japonés, Shinzo Abe, y sus partidarios en la organización ultranacionalista Nippon Kaigi no sólo es superar a China, sino también rearmar Japón y suplantar a EE.UU. como potencia dominante en Asia.

El gobierno de Abe ha impulsado agresivamente eliminar las prohibición constitucional de librar guerras en el extranjero, la cual fue impuesta después de que Japón saliera derrotado de la Segunda Guerra Mundial. El mandatario ha declarado varias veces que una alianza indo-japonesa tiene “más potencial” que cualquier otra “en el mundo”.

Las peripecias del viaje europeo de Trump reflejan una crisis no sólo del imperialismo estadounidense, sino del sistema capitalista global. Ninguno de los rivales de Washington —ni la UE, despreciada en Europa por sus políticas de austeridad, ni el régimen derechista y económicamente moribundo de Japón, ni la oligarquía capitalista posmaoísta de China— ofrecen una alternativa progresista.

Quien haya creído que una coalición entre estas potencias podría estabilizar el capitalismo mundial y prevenir guerras comerciales y militares de gran escala, habría estado apostando contra la historia. Así como Trump exige una guerra comercial contra Alemania, Berlín y Tokio están volviendo a militarizar su política exterior y el nuevo presidente francés llega apoyando una reintroducción del servicio militar obligatorio. Todo indica que las élites gobernantes se están deslizando con ojos cerrados hacia otra conflagración mundial de la misma escala, o una aun mayor, a las guerras mundiales del siglo pasado.

La fuerza que va a alzarse como la alternativa al colapso de la política burguesa es la clase obrera internacional. Los trabajadores se están siendo obligados a tomar acción por las intolerables condiciones de vida, desempleo y miseria social tras décadas de austeridad y guerra. Además, mientras corporaciones como Amazon y Apple, con trabajadores en decenas de países, imperan en una economía globalizada, la clase trabajadora se está volviendo cada vez más consciente de su carácter como una clase internacional, cuyos intereses son fundamentalmente distintos y contrarios a los de la aristocracia financiera que domina en todos los países.

El colapso de las relaciones capitalistas internacionales va de la mano con el desprestigio de los distintos partidos socialdemócratas y liberales y las burocracias sindicales que surgieron para contener la lucha de clases en la era de la Segunda Guerra Mundial. El resultado sorpresivo del brexit, la elección de Trump y la desintegración del sistema bipartidista en Francia en las últimas elecciones generales dan testimonio del derrumbamiento de las viejas estructuras de poder. La erupción global de la lucha de clases está en camino.

La crisis en curso confirma la insistencia del Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) en que la disolución estalinista de la Unión Soviética no significó el entierro de la lucha de la clase obrera internacional por el socialismo. El capitalismo no había logrado superar los conflictos fundamentales que fueron identificados por los grandes marxistas del siglo XX —las contradicciones entre la economía global y el sistema de Estado nación y entre la producción socializada y la apropiación privada de las ganancias— y que condujeron a la guerra y la revolución social.

El camino a seguir para los trabajadores es librar una lucha revolucionaria con base en un programa internacionalista y socialista en tradición de la Revolución de Octubre de hace un siglo. La clase obrera no puede apoyar las políticas militaristas de ninguna de las potencias imperialistas. Ante la profundización de la crisis del capitalismo mundial, la respuesta necesaria es la unificación de la clase obrera en lucha contra el imperialismo mediante la construcción de un movimiento socialista y mundial contra la guerra.

Alex Lantier