¡Adelante con el Partido Socialista por la Igualdad francés!

1 diciembre 2016

El Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) anunció el martes 15 de noviembre la fundación de su sección francesa, el Parti de l'égalité socialiste (PES). El PES se dedicará a luchar para que los trabajadores en Francia adopten el programa de la revolución socialista mundial promovido por el CICI, en base a las defensas continuas por el CICI del trotskismo y la herencia del marxismo clásico. debido a la creciente crisis mundial del capitalismo y su impacto en la clase gobernante francesa, el CICI siente certeza que este programa será recibido con un apoyo creciente.

Por 25 años, desde que la burocracia estalinista liquidó la URSS, los apologistas del capitalismo reclaman que el supuesto fin del peligro comunista garantizaría paz, prosperidad y democracia. A través de estos cinco lustros, sin embargo, el capitalismo no ha hecho sino recordarles a los obreros del mundo el por qué sus hermanos y hermanas de clase en Rusia se lanzaron y barrieron con el capitalismo en la Revolución de Octubre 1917, dirigida por el Partido Bolchevique.

La crisis económica mundial desencadenada por el crac de Wall Street de 2008 y las respuestas revolucionarias subsiguientes del proletariado mundial —los levantamientos de masas en Egipto y Túnez en 2011— han acelerado las campañas de las potencias imperialistas hacia una nueva repartija del mundo. Las guerras imperialistas que hoy se extienden en derredor de Europa, Oriente Medio, África y Asia, amenazan con provocar una nueva guerra mundial.

La burguesía europea ha abandonado el disfraz pacifista y reformista que adoptó durante la Guerra Fría. Mientras que en esa época las clases gobernantes buscaban contrarrestar el obstáculo político e ideológico que representaba la URSS, ahora utilizan a la Unión Europea (UE) para imponer despiadadamente sus medidas de austeridad en todo el continente europeo. Eliminan derechos sociales mientras rescatan a los bancos con miles de millones de euros y montan la infraestructura legal y de vigilancia de un estado policial, cuyo objetivo central es reprimir violentamente las protestas de los trabajadores contra los ajustes de austeridad.

Una gran contradicción marca la situación política en Francia. Históricamente, la tradición revolucionaria del proletariado francés es un elemento clave que hizo posible el nacimiento y desarrollo del socialismo marxista hace casi dos siglos. La clase obrera francesa también impulsó directamente a la Revolución de Octubre; y sus luchas revolucionarias en el siglo XX fueron en sí grandes experiencias estratégicas para la clase obrera internacional. Sin embargo, hoy en día, con un capitalismo que tambalea bajo el peso de la peor crisis económica desde la Gran Depresión y de la creciente campaña bélica del imperialismo, no existe ninguna otra corriente política en Francia, aparte del CICI, que se haya propuesto derrocar el capitalismo mediante una revolución dirigida por la clase obrera, y reemplazarlo con el socialismo.

Las fuerzas que dominaban la política de “izquierda” desde 1968 repudian el socialismo y la clase obrera. El reaccionario proyecto bélico, de austeridad y de ataques en contra de los derechos democráticos que el Partido Socialista (PS; Parti socialiste) y su mafia política han llevado a cabo durante toda la última época histórica ha generado un amplio descontento social contra esa institución. Queda cada vez más claro que la fundación del PS en 1969, el prolongado colapso del Partido Comunista Francés (PCF; Parti communiste français) estalinista y el dominio político de la “extrema izquierda” (oficial) por la pequeña burguesía, cuyos líderes emergieron del movimiento estudiantil del 68, dejan a los trabajadores sin representación política.

El mismo presidente francés, François Hollande, en una reunión con banqueros londinenses durante la campaña electoral de 2012, dijo: “Hoy no existen comunistas en Francia. La izquierda liberalizó la economía y abrió mercados al sector financiero y a la privatización. No hay nada que temer”.

Durante décadas, el PS y su mafia han buscado alinear a la “izquierda” con el estilo de vida y las preocupaciones de los sectores más acaudalados de la clase media. En vez de iniciar un movimiento antiimperialista, apoyan sus guerras “humanitarias”; en vez de la lucha de clases, optan por el “diálogo social” entre la burocracia sindical y las grandes empresas; en vez de solidaridad con el proletariado internacional, fomentan la fobia antimusulmana y el nacionalismo. En la medida en que se les permita a estas fuerzas reaccionarias hacerse pasar de representantes del socialismo, el electorado, exasperado, se alineará cada vez más detrás del Frente Nacional (FN; Front national) neo fascista.

La lucha de clases no conoce ninguna tregua. Los partidos existentes son herramientas políticas de la clase gobernante y por ende la tarea fundamental para la clase obrera es la construcción de una alternativa revolucionaria. El PES lucha por la construcción de un partido de masas de la vanguardia trabajadora, basándose en la continuidad de la lucha del CICI por el trotskismo y rechazando la socialdemocracia, el estalinismo y el antimarxismo pequeñoburgués.

La burguesía no ha podido borrar completamente la memoria de Trotsky y el trotskismo en Francia, que se mantiene inseparablemente ligados a la oposición en contra de la traiciones estalinistas de las oportunidades revolucionarias del siglo XX en Francia —la huelga general de 1936, la liberación de la ocupación nazi en 1944 y la huelga general de 1968.

Bien sabe el PES que el sólo hecho de declarar ser trotskista ni atrae automáticamente a las masas obreras o a la juventud ni deja en claro su programa político. Durante 45 años, el trotskismo ha sido falsamente asociado en Francia con los descendientes de renegados pequeñoburgueses del trotskismo, que operan en la periferia o dentro del PS. El CICI no ha tenido una sección francesa desde 1971, cuando la Organización Comunista Internacionalista de Pierre Lambert (OCI; L´Organisation communiste internationaliste, hoy el Parti ouvrier indépendant démocratique o POID) se separó de la Liga Laborista Socialista (SLL; Socialist Labour League) de Gran Bretaña; esta última era entonces la sección principal del CICI.

La OCI se unió a la mafia internacional de organizaciones pequeñoburguesas —como Lucha Obrera (LO; Lutte Ouvrière) y la Liga Comunista Revolucionaria de Francia (LCR; Ligue communiste révolutionnaire, hoy parte del Nuevo Partido Anticapitalista, NPA o Nouveau Parti anticapitaliste)— contra las que había luchado el CICI desde que éste nació en 1953. Ninguno de esos partidos representa alternativa alguna al PS; cosa que lo demuestra el papel desempeñado por su par griego, Syriza (Coalición de la Izquierda Radical; siglas en griego). Al llegar al poder en el 2015, este partido implementó servilmente las medidas de austeridad impuestas por la UE.

El PES lucha por demostrar a los obreros de vanguardia la irreconciliable oposición entre la lucha trotskista del CICI por el internacionalismo proletario y esta reaccionaria seudoizquierda. La actitud del PES hacia ella es de repudio. Considera que ninguna de sus organizaciones es trotskista ni puede ser presionada para adoptar políticas trotskistas. Rechaza decididamente las acusaciones de que el PES es “sectario”, nombre con que la seudoizquierda describe la lucha por genuinos principios políticos. El PES basa su rechazo de esas organizaciones en las lecciones históricas y políticas de décadas de lucha revolucionaria del CICI y de sus predecesores.

El PCF y la bancarrota del estalinismo

Entre el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y la huelga general de mayo y junio 1968, el principal partido político de la clase obrera francesa era el Partido Comunista Francés. El PCF aprovechó sus estrechos vínculos con el Kremlin, y que dirigió la resistencia armada contra la ocupación Nazi durante la guerra, para presentarse ante el proletariado francés como el heredero de la Revolución de Octubre en Francia. Asimismo, se aprovechó de dicho prestigio para avanzar una perspectiva nacionalista y traicionar las oportunidades revolucionarias del siglo XX en Francia. Durante el último medio siglo, el PCF ha sido desacreditado por su traición a la huelga general de 1968, su participación en los distintos gobiernos del PS y su apoyo a la restauración del capitalismo en la URSS. La crónica política del PCF confirma la crítica hecha por Trotsky sobre el estalinismo, al describirlo como una reacción contrarrevolucionaria y antimarxista a la perspectiva de la revolución socialista mundial.

En 1935, la Tercera Internacional, ya bajo control estalinista, aprobó la estrategia del Frente Popular con partidos burgueses, abandonando conscientemente la lucha por la revolución socialista fuera de la URSS. Arraigada en el repudio de la burocracia soviética de la revolución internacional y basada en la teoría de ésta del “socialismo en un solo país”, esa estrategia es un repudio directo de un principio elemental del marxismo: la necesidad de establecer la independencia política de la clase obrera de la burguesía. Las derrotas que esto produjo a nivel internacional fueron devastadoras. En España, el gobierno del Frente Popular suprimió los levantamientos de la clase obrera y luego fue derrotado por la rebelión fascista del Generalísimo Francisco Franco. Por su parte, el Frente Popular francés sofocó la huelga general de 1936, cuando los estalinistas se vendieron a las federaciones patronales en Francia, y luego contuvieron la marea de huelgas que continuó hasta 1938.

Poco después de la huelga general francesa de 1936, Stalin inicia los Procesos de Moscú. Liquida a los Viejos Bolcheviques, los líderes de la Revolución de Octubre, con acusaciones falsas de terrorismo y conspiración con el fascismo. Así se prepara el terreno para la Gran Purga y para el genocidio político de marxistas dentro de la Internacional Comunista, que culmina con el asesinato de Trotsky. Al aislar y sofocar las protestas después de la Huelga General de 1936, el PCF le permitía al Estado reprimirlas. Al mismo tiempo, sus líderes denunciaban agresivamente a Trotsky y a los viejos bolcheviques a través de su diario L’Humanité; y ayudaban a la GPU organizar los asesinatos de trotskistas en muchos países.

El estalinismo le impidió a la clase obrera de Europa la última oportunidad de evitar la masacre y devastación de la Segunda Guerra Mundial, lo cual era posible únicamente a través de una revolución social. Estas traiciones le abren el camino al poder al régimen fascista de Vichy, ya que la burguesía recurre al derrotismo después de la invasión nazi de 1940. La Asamblea Nacional francesa votó a favor de otorgarle plenos poderes al mariscal Philippe Pétain, quien había sido el principal colaborador de los nazis. El PCF se ve obligado a pasar a la clandestinidad después de haber aprobado el Pacto de no agresión entre Hitler y Stalin de 1939.

En consonancia con la estrategia contrarrevolucionaria del Kremlin, basada en la idea de que al concluir la guerra, habría una repartija del mundo con zonas de influencia para el imperialismo estadounidense y el británico, el PCF traiciona la oportunidad revolucionaria que representaba la liberación de Francia de la ocupación nazi. Aprovechando su posición de liderazgo en la resistencia francesa contra los nazis, le ayuda al general Charles de Gaulle y a las autoridades estadounidenses y británicas construir la Cuarta República y encubrir los crímenes del fascismo europeo. Repitiendo la consigna de de Gaulle que decía capciosamente, “¡Francia ha resistido!”, el nuevo gobierno buscó bloquear los procesos legales contra los que habían colaborado con los nazis. Apoyando todas esas iniciativas, el PCF convirtió los comités de fábrica en organismos controlados por los patrones; hizo que las milicias de la resistencia se disolvieran dentro del ejército de de Gaulle; y le contribuyó ministros al gobierno capitalista. Permitió que continuaran las guerras coloniales, sobre todo en Indochina y Argelia; se convirtió en un pilar de estabilidad durante todas las crisis de la Cuarta República, traicionando a las masas insurgentes durante las huelgas de 1947 y la huelga general de 1953. Logró el amplio apoyo de aquellos intelectuales que querían darle un tinte de “izquierda”, aun marxista, a sus obras pero que rechazaban la revolución socialista.

La identificación falsa del PCF con la Revolución de Octubre tendría consecuencias fatales para el proletariado francés al salir del ese periodo de liberación. En un entorno en que el capitalismo carecía de total legitimidad, por los crímenes del fascismo, millones de obreros se unieron a los sindicatos y al PCF. Sin embargo, esas organizaciones estaban envenenadas con una perspectiva nacionalista basada en mentiras históricas: El encubrimiento de los crímenes del fascismo en Francia, la defensa de los juicios de Moscú y la supresión del rol del trotskismo como continuador de la Revolución de Octubre.

Muy pronto, en la Guerra de Argelia de 1954-1962, el gobierno de la Cuarta República, donde participaba el PCF, mostraría su verdadera y reaccionaria cara. Cuando el primer ministro, Guy Mollet, de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO; Sección Française de l'Internationale Ouvrière), socialdemócrata, demanda poderes especiales y la emisión de bonos de guerra, el PCF vota a favor de su propuesta. Luego, en 1958, el PCF no puedo oponerse al golpe de Estado abortado contra Mollet, que le devolvió a de Gaulle el poder y condujo a la fundación de la Quinta República. El uso de tortura y asesinatos en masa de cientos de miles de argelinos describe la naturaleza del régimen francés de posguerra. Dichos métodos brutales por parte de los paracaidistas y fuerzas armadas francesas mucho se parecían a los de los fascistas en Francia un poco más de una década antes. Al mismo tiempo, el régimen reprime las manifestaciones antibélicas con violencia. El 17 de octubre de 1961, Maurice Papon, el prefecto de París y un ex oficial bajo el régimen de Vichy, dirigió una masacre de argelinos durante una manifestación convocada por el Frente de Liberación Nacional (FLN).

La huelga general de mayo y junio de 1968 en Francia fue el punto culminante de una marea de luchas obreras a nivel internacional que barrieron con el equilibrio capitalista de la posguerra. En Francia, estos movimientos socavaron el poder del régimen del PCF y de Gaulle. Cuando la policía reprime una protesta estudiantil en la Sorbona, el proletariado responde en masa. Más de 10 millones de trabajadores se declaran en huelga; se izan banderas rojas en fábricas por todo el país; se detiene la economía francesa. Cuando de Gaulle viaja a una reunión de emergencia con sus generales en Baden Baden, se da cuenta que ya no puede contar con que las tropas bajo su mando marchen sobre París a aplastar las movilizaciones.

La clase obrera internacional demostraba su inmenso potencial revolucionario. Entre 1968 y 1975, hubo un resurgimiento mundial de luchas de masas obreras, levantamientos anticoloniales y manifestaciones estudiantiles y de jóvenes. El colapso de las dictaduras en España, Portugal y Grecia, la dimisión del presidente estadounidense Richard Nixon y la derrota de Washington en la Guerra de Vietnam, en medio de huelgas y protestas de masas en Estados Unidos, sacudió hasta sus cimientos al capitalismo mundial.

El principal obstáculo de la revolución socialista es la crisis de dirección revolucionaria de la clase obrera. En 1968, el PCF y la Confederación General del Trabajo (CGT; Confédération générale du travail) apuntalaron a de Gaulle so pretexto de las concesiones salariales de los Acuerdos Grenelle y organizando un regreso gradual al trabajo. Así lograron acorralar nuevamente la lucha por el poder de la clase obrera; destruyendo la ilusión de que el PCF era un partido revolucionario.

El ascenso del Partido Socialista

Como consecuencia del desprestigio del PCF por los acontecimientos de 1968, no surge un partido revolucionario obrero de masas, sino que aparece el Partido Socialista. Desde su fundación en los congresos de 1969 y 1971 en Alfortville y Épinay, el PS nunca tuvo nada que ver con el socialismo; más bien es un partido controlado por el capital financiero. Tampoco representa una nueva versión de la SFIO, que también había sido fiel a la burguesía –apoyó la Primera Guerra Mundial y se opuso a la Revolución de Octubre; la mayoría de sus diputados votaron por Pétain en 1940; y participó en la guerra en Argelia. En comparación, el PS, desde un principio incluye elementos mucho más derechistas.

En verdad se trataba de crear un vehículo electoral para François Mitterrand, un ex funcionario de Vichy y ministro de justicia bajo Mollet, que durante la administración de éste mantuvo lazos estrechos con líderes de la policía vichista, como René Bousquet, quien había colaborado con los nazis en el Holocausto. El partido amalgamaba a miembros de la vieja SFIO con la Convención de instituciones republicanas de Mitterrand (ésta incorporaba fuerzas del viejo Partido Radical, ligado a Vichy), fuerzas sociales católicas, como los seguidores de la revista Esprit; y a un grupo de intelectuales “izquierdistas”, ex estalinistas y ex trotskistas del Partido Socialista Unido (PSU; Parti socialiste unifié). El PS, un partido burgués, utiliza al Estado, los medios de comunicación y las universidades para reclutar a sus miembros. Se presenta como “socialista” bajo condiciones en que se expandían las protestas de jóvenes y trabajadores influenciados por el PCF y el movimiento trotskista.

Más adelante, Mitterrand les explicaría a funcionarios estadounidenses que su objetivo era destruir la base electoral del PCF, convertirse en el principal partido de “izquierda” y tomar el poder. Criticaron al PCF y los crímenes históricos del estalinismo revelados durante las décadas de 1960 y 1970, pero no lo hicieron desde el punto de vista de la clase obrera, basado en la defensa trotskista de la democracia soviética, la oposición a la burocracia estalinista y al papel contrarrevolucionario del PCF. Al contrario, el PS fomentaba el anticomunismo y sembraba grandes ilusiones en la democracia burguesa.

El PS busco aprovecharse del giro hacia la derecha del PCF, particularmente después de la huelga general de 1968. Frente a las luchas revolucionarias de 1968 a 1975, el PCF respondió firmando un Programa Común con el PS y el Movimiento Radical de Izquierda (Mouvement radical de Gauche), burgués, en 1972, renunciando formalmente a la dictadura del proletariado en 1976 como parte del nacimiento del “eurocomunismo”. El Programa Común intentaba resucitar la imagen de los beneficios sociales negociados por el Frente Popular de 1936; todo lo contrario, le abrió el camino no al progreso social sino a un periodo de guerra social contra los obreros.

Más que nada, el PS se apoya ideológicamente en la guerra contra el marxismo de amplios sectores de la intelectualidad. Los intelectuales “de izquierda”, que se habían trasladado del PCF al maoísmo después de la Guerra de Argelia y del discurso secreto del premier soviético, Nikita Kruschev, que admitía los crímenes de Stalin, se movieron más a la derecha después de la Huelga General de 1968. Ahora, temerosos de seguir coqueteando con la revolución social y el marxismo, bajo la tutela del PCF, los abandonan completamente, y, en cambio, se dedican a una campaña mediática y política en apoyo al PS.

Unas variedad de tendencias, desde los “nuevos filósofos” dirigidos por Bernard Henri-Lévy hasta el posestructuralista Michel Foucault y François Furet, el historiador que se especializa en Revolución de 1789, insistirían que el “totalitarismo” es el resultado inevitable de cualquier revolución social. Mezclando de forma reaccionaria al comunismo, estalinismo y fascismo dentro de su concepto de “totalitarismo”, sus críticas no iban dirigidas ni contra el fascismo ni contra los crímenes de Stalin. No atacaban ni a los funcionarios del régimen de Vichy en Francia, como Bousquet y Mitterrand, ni al genocidio político del Kremlin contra los marxistas. Al contrario, estas fuerzas se dedicarían a atacar al comunismo y al marxismo, basándose en una crítica derechista de las políticas antidemocráticas del Kremlin. A su vez, defendían a los disidentes pro libre empresa que el Kremlin perseguía, como Aleksandr Solzhenitsyn. Manteniéndose en silencio sobre los crímenes del imperialismo y repudiando la lucha de la clase obrera soviética para derrocar a la burocracia estalinista, elaboran un marco teórico de “izquierda” para apoyar al anticomunismo, la restauración capitalista en la URSS y, más tarde, las guerras “humanitarias” emprendidas por el imperialismo en contra de los sus antiguas colonias, cuyos líderes también ellos apodan “totalitarios”.

Atacarían con un contenido antimarxista la lucha obrera por el poder. Preferían la “autogestión” [gerencia de los trabajadores] de los lugares de trabajo, comenzando por la toma fallida de la fábrica de relojes Lip,. El líder del PSU, Michel Rocard, dijo que el concepto de “autogestión” era “ambiguo”, pero que tenía la ventaja de “estar acompañado por un rechazo del tipo de régimen que impone la URSS”. Por su parte, la revista Esprit fue directamente al grano, declarando que la lucha social basada en “los principios... del socialismo produce un Estado totalitario” y que, en su lugar, la autogestión simbolizaba la “castración del deseo por el poder”.

Estos ataques sentaron las condiciones para que Mitterrand llegue al poder en 1981 con el apoyo del PCF. Aprovechando el descontento social generado por la crisis económica de la década de 1970 y las políticas de austeridad del presidente conservador Valéry Giscard d'Estaing, Mitterrand prometía nacionalizar las compañías más importantes y aumentar el poder adquisitivo de la población. Sin embargo, tras conseguir la presidencia, repudia rápidamente ese programa. Ante la previsible fuga de capitales de Francia, descarta la posibilidad de imponer controles estatales sobre el flujo de capitales; todo lo contrario, “se vuelca a la austeridad”, recortando el gasto de previsión social y los empleos.

Al repudiar Mitterrand sus promesas provoca cólera y desilusión entre los obreros. Pero, a falta de un partido en Francia que luche por una política revolucionaria e independiente del PS, esta oposición política no puede expresarse en una forma organizada. En esta situación surrealista, donde se abre una enorme brecha entre la clase trabajadora y las fuerzas privilegiadas del movimiento estudiantil y la burocracia estatal, el movimiento obrero comienza a desintegrarse. Los sindicatos se contraen, con una disminución drástica de huelgas y de las bases sindicalizadas. Las burocracias sindicales se convierten en fuerzas corporativistas para las empresas, financiadas principalmente por la patronal. La pequeña burguesía radicalizada construye una sarta de asociaciones controladas por el PS y sus aliados políticos, como SOS Racisme y varios sindicatos estudiantiles, que les ha servido para monitorear a la población y realizar protestas controladas que sirven de válvula de escape para el descontento social.

La crisis del movimiento trotskista en Francia y la escisión de la OCI del CICI

Que el PS, atacando al PCF desde la derecha haya logrado dominar el escenario político a partir de 1968 se debe, ante todo, a la crisis del trotskismo y a las traiciones de la OCI que impidieron la creación de una alternativa de izquierda. No bien se separa del CICI, la OCI adopta la perspectiva de la “Unión de la izquierda”, buscando aliarse políticamente con el PS y el PCF, pretendiendo que esta perspectiva produciría un frente único de organizaciones obreras. El resultado fue una asociación antiobrera, dominada por el PS burgués.

Se trataba de un repudio flagrante de la lucha por la independencia política de la clase obrera y en contra de las influencias burguesas dentro del movimiento trotskista que es central en la lucha de Trotsky y del CICI. En adoptar esta perspectiva de la “Unión de la izquierda”, la OCI agrupa tras el PS a una sección importante de la pequeña burguesía y contribuye a la consolidación de las bases políticas de los gobiernos burgueses “de izquierda” en Francia después de 1968,

En la mafia del PS se encuentran organizaciones como LO y el NPA/LCR. Lucha Obrera (LO) fue fundado en 1956 bajo el nombre de Voz Obrera (Voix ouvrière); cambia de nombre en 1968. Se formó de varios grupos de activistas de la década de 1930 y 1940 dirigidos por David Barta. A pesar de decir que defendían al trotskismo, se negaron a unirse a la Cuarta Internacional (CI), usando el pretexto reaccionario de que la clase obrera sólo lucharía en suelo nacional y que, por lo tanto, la CI era una organización pequeñoburguesa. Sin embargo, el grupo de Barta organizó varias acciones con la CI, luchando por la huelga en la Renault que desencadenó las huelgas de masas de 1947, pero conservando sus lazos con círculos anarcosindicalistas. En las campañas presidenciales, la prensa de la élite política ha calificado a LO de trotskista, pero en realidad es un satélite del PS. Su orientación nacionalista y anarcosindicalista deriva su función política de encubrir las traiciones de los sindicatos e incitar la fobia antimusulmán en torno a las prohibiciones al uso de velos y el burka, además de apoyar tácitamente la política exterior del imperialismo francés.

El CICI nace en 1953 como reacción directa a la tendencia revisionista del pablismo, del cual surgiría el NPA/LCR. Esta última corriente aparece dentro del Secretariado Internacional de la CI en París, dirigido por Michel Pablo y Ernest Mandel, quienes expulsaron a la mayoría de la sección francesa por oponerse a su línea política. Pablo y Mandel insistieron en liquidar la Cuarta Internacional y exigieron su integración dentro de los partidos estalinistas y nacionalistas burgueses que se ponían a la cabeza de los movimientos de la clase obrera y de los levantamientos anticoloniales después de la Segunda Guerra Mundial. Los pablistas pronosticaban que una “guerra revolución” entre los regímenes estalinistas y los regimenes imperialistas reemplazaría la necesidad de una movilización independiente de la clase obrera como la que desencadenó la Revolución de Octubre en Rusia. Según ellos, estas “guerras revoluciones” producirían dictaduras, como los gobiernos estalinistas en China y Europa Oriental, que, después de varios siglos, evolucionarían al socialismo.

La historia no tardaría en invalidar estas predicciones. En menos de cuatro décadas, los regímenes estalinistas en la URSS, China y Europa Oriental ya restauraban el capitalismo, mientras que los gobiernos nacionalistas burgueses en los países ex coloniales se postraban ante el capital financiero imperialista.

Sin embargo, la historia alumbraría mucho antes el papel contrarrevolucionario del pablismo. La escisión del CICI con el pablismo ocurriría pocos meses después de la traición del PCF de la huelga general de1953, a la cual los pablistas ya se habían adaptado. El régimen burgués argelino que llegó al poder en 1962 también desenmascararía la perspectiva pablista de orientarse hacia la burguesía en los países coloniales. A diferencia de la OCI, que intentaba establecer un movimiento trotskista en Argelia mediante discusiones con el Movimiento Nacional Argelino de Messali Hadj, los pablistas nunca estuvieron interesados en crear un movimiento en Argelia. Al contrario, falsificaron dinero para ayudar a armar al Frente de Liberación Nacional (FLN), al que Pablo asesoró por corto tiempo, antes de irse de Argelia tras el golpe de Estado de Boumédiène.

El CICI combatió al pablismo, corriente que termina adaptándose a las principales fuerzas estalinistas y nacionalistas burguesas. El análisis del CICI explica que la corriente pablista constituía un ataque pequeñoburgués contra el marxismo. Al reducir su perspectiva política a un conflicto entre el imperialismo y los gobiernos estalinistas, el pablismo hace irrelevante a la clase obrera internacional —la fuerza central del marxismo clásico. Adopta además muchos conceptos utilizados extensamente por la burguesía francesa. Su oposición a la independencia del movimiento trotskista es congruente con a prejuicios de amplias secciones de la pequeña burguesía contra el principal instrumento político del marxismo: el partido revolucionario de la clase obrera.

Al principio, la mayoría de la sección francesa de la Cuarta Internacional rechaza el pablismo; sin embargo poco a poco adopta una actitud más escéptica hacia el legado del CICI y del movimiento trotskista. En 1966, la sección francesa trajo consigo una delegación invitada de Voix Ouvrière (Lutte Ouvrière) al Congreso del CICI, y estuvo a punto de apoyar la demanda de ésta por la “reconstrucción” de la Cuarta Internacional. Dicha propuesta significaba una reorientación centrista, que se separaba de la intransigencia que caracteriza la lucha del CICI contra el pablismo, Esa línea acercaba al OCI a la de las tendencias pequeñoburgueses que orbitan alrededor de la socialdemocracia y el PCF.

En 1968, la OCI lucha por reorientar las protestas estudiantiles hacia la clase obrera convocando una huelga crucial en la fábrica de Sud-aviation en Nantes que contribuyó a que ocurriera una huelga general. Sin embargo combina su campaña con posiciones sindicalistas, proponiendo simplemente la formación de un comité central de huelga que incluyera a todos los sindicatos y partidos obreros. La sección británica, la SLL, criticó correctamente a la OCI por no exigir que el PCF y CGT estalinista tomasen el poder con el fin de plantearle abiertamente a la clase obrera la cuestión de la toma del Estado, de develar la política contrarrevolucionaria del PCF y de colocarse en una posición estratégica para luchar por la dirección política de la clase obrera. En contraste, la orientación de la OCI se hace cada vez más centrista y escéptica, con consecuencias fatales; después que las protestas del 68 radicalizan a gran parte de la población, aumenta el número de miembros nuevos al partido, principalmente estudiantes.

En 1971, la SLL y la mayoría de las secciones del CICI anunciaron su ruptura con la OCI. Las críticas hechas por la SLL sobre el oportunismo de la OCI estaban bien justificadas. Lionel Jospin, un miembro de la OCI que pertenecía secretamente al PS, pasó a convertirse en uno de los asesores más cercanos de Mitterrand y, más tarde, en primer ministro de Francia. Por su parte, el gran fallo de la SLL fue no perseguir una clarificación de las cuestiones políticas detrás de la separación. Tampoco intentó ganarse a las bases militantes de la OCI ni construir un nuevo partido en Francia. La separación prematura, sin una discusión sobre los temas políticos, liquidaba al trotskismo como una corriente política organizada en Francia durante toda una época histórica. Más adelante todo eso tendría consecuencias políticas graves para la SLL en Gran Bretaña.

En la escisión de 1971, la OCI defendió su línea sindicalista de 1968 y su orientación hacia el PS. Según ésta, la formación de un gobierno del PCF y la CGT habría causado una división en la clase obrera, marginando a los sindicatos socialdemócratas donde OCI tenía partidarios; y habría bloqueado la creación de un frente único obrero. Esa línea ignoraba el hecho que la mayoría de los trabajadores en 1968 se orientaba al PCF en busca de una política revolucionaria, no hacia los sindicatos socialdemócratas; y también falsificaba la naturaleza de clase del PS, un partido burgués.

Esta duradera alianza política entre la OCI y el PS se inicia con un rechazo de parte de la OCI a la perspectiva del CICI. Al abandonar la lucha por el trotskismo y la independencia política de la clase obrera, la OCI también se transforma en un partido burgués. Hizo suya la demanda de una unión de izquierda que demostraría ser la forma de control político del PS, comenzando con la presidencia de Mitterrand en 1981. Siguiendo esa corriente la OCI hace que sus miembros formen una fracción dentro del PS y las burocracias sindicales. Además, utiliza su influencia política para construir partidos antiobreros a nivel internacional, más notablemente en América Latina, donde contribuyó a la formación del Partido de los Trabajadores (Partido dos Trabalhadores) en Brasil. Diluyéndose políticamente dentro de estos partidos burgueses, los lambertistas ni siquiera intentaron conquistar a los trabajadores para el trotskismo; y le ofrecieron a las burguesías en Francia, Brasil y otros países una cobertura política “de izquierda”.

La ruptura del CICI con el WRP

Paralelamente, después de haberse separado de la OCI en 1971, la SLL comienza a adoptar una política similar en Gran Bretaña. Al cambiar su nombre a Partido Revolucionario de los Trabajadores (Workers Revolutionary Party), inicialmente se beneficia de la oposición popular contra el gobierno conservador de Edward Heath, al mismo tiempo comienza a menospreciar la lucha del CICI contra el pablismo. Cuando el Partido Laborista nuevamente asciende al poder en 1974 y el WRP comienza a tener problemas en reclutar trabajadores, le da la espalda a las otras secciones del CICI y busca apoyo en otras partes. Establece lazos con nacionalistas del tercer mundo, secciones de la burocracia sindical y de la élite política británica.

El rechazo dentro del CICI a esta degeneración del WRP resultó en la elaboración de una serie de críticas políticas y teóricas contra la línea política del WRP por David North, el secretario nacional de la Liga de los Trabajadores (Workers League), la sección estadounidense en solidaridad con el CICI. En 1985, después de estallar una crisis entre las fracciones del WRP, el CICI suspendía al WRP y readmitía a los miembros de la sección británica que aceptaran su autoridad y perspectiva internacional. El Comité Internacional publicó un análisis detallado del WRP intitulado How the WRP Betrayed Trotskyism 1973-1985 (Cómo el WRP traicionó al trotskismo) y The Heritage We Defend (La herencia que defendemos). Este último libro, escrito por David North, defiende la continuidad de la lucha por el trotskismo que el CICI encarna contra un ataque vicioso del entonces secretario general del WRP, Michael Banda. Ambos documentos detallan cómo es que el CICI defendió al trotskismo contra las postraciones del WRP a la burocracia sindical, al Partido Laborista y al nacionalismo burgués.

La poderosa ofensiva del CICI en contra del revisionismo pequeñoburgués coincide con la intensificación del conflicto objetivo entre la clase obrera internacional y las antiguas burocracias del movimiento obrero, junto con los partidos de la pequeña burguesía que defienden a éstas acérrimamente. A nivel internacional, importantes huelgas fueron traicionadas por los sindicatos, incluyendo la huelga de PATCO de 1981 en Estados Unidos y la huelga de los mineros británicos de 1984-85 en Europa. Otra gran traición fue el anuncio de las reformas liberales de la perestroika por parte del régimen soviético de Mijaíl Gorbachov.

El camino hacia la restauración del capitalismo en la URSS fue evidencia de la inmensa brecha que separa al CICI de los grupos pro capitalistas de la pequeña burguesía como la LCR y la OCI. Al igual que los gobiernos de las potencias imperialistas, estos grupos aclamaron la perestroika como una reforma democrática de la burocracia. Solamente el CICI, hizo sonar la alarma; basándose en la advertencia de Trotsky de que la burocracia estalinista terminaría restaurando el capitalismo, previene que las reformas de Gorbachev conducirían al regreso del capitalismo en la URSS si los trabajadores soviéticos no derrocan a la burocracia.

La restauración del capitalismo en China y en Europa del Este y finalmente la disolución de la URSS en 1991, marcan el fin de una época histórica y política. Fueron confirmadas todas las advertencias que hizo Trotsky más de medio siglo antes sobre el papel contrarrevolucionario del estalinismo. Los partidos estalinistas europeos, en declive después de 1968, terminan desmoronándose. Dejando a un lado el colapso industrial y económico en las ex repúblicas soviéticas y el surgimiento de una oligarquía criminal a la cabeza de sus gobiernos capitalistas, los ideólogos de la burguesía proclaman que este fenómeno representaba el fin de la historia y la victoria del capitalismo.

En contra de estas fuerzas, el CICI reafirma que, para la clase obrera internacional, la restauración del capitalismo fue un golpe fuerte; pero que no marcó el fin de la época de guerras imperialistas y de revoluciones socialista mundiales que había nacido con la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre. El colapso de la URSS no ha resuelto ninguna de las contradicciones fundamentales del capitalismo que fueron alumbradas por el marxismo. De hecho, estos mismos procesos económicos y conflictos geoestratégicos que hicieron posible que la burocracia estalinista reestableciera el capitalismo en la URSS, también socavaron el sistema imperialista mundial.

El análisis del CICI puso el dedo en la llaga; señaló la importancia de la globalización internacional y el crecimiento de las empresas transnacionales que controlan las cadenas de producción y distribución mundiales y que se encuentran en una lucha despiadada por acumular la mayor cantidad de ganancias. Esos procesos hacen imposible la gestión de una política económica o la negociación de salarios y condiciones laborales a nivel nacional; cosa que hizo que se volvieran obsoletos los “planes nacionales de desarrollo” de las burguesías ex coloniales, las luchas sindicales dentro del territorio nacional y la orientación autárquica del estalinismo. Ocurre lo contrario; todas estas organizaciones obreras se transforman en contratistas al servicio del capital financiero internacional, compitiendo entre sí a ver quién logra recortarles más los salarios y beneficios laborales a los trabajadores.

La crisis social se intensifica en paralelo con una crisis cada vez más profunda del orden imperialista mundial. Los procesos de la globalización y de la subsecuente redistribución del poder económico erosionan no sólo la calidad de vida de los trabajadores, sino también las bases objetivas de la hegemonía mundial de Estados Unidos. Las vanas esperanzas de Washington que la desaparición de su rival soviético le permitiría compensar su declive económico relativo con su poderío militar lo llevaron a intentar conquistar o, al menos dominar militarmente, al Oriente Medio y Asia Central. El resultado es un fracaso sangriento, demostrando que es imposible regresar a las viejas formas de control económico basadas en el sistema de Estados nacionales. Al mismo tiempo, la globalización hace explosivas todas las contradicciones del capitalismo, contradicciones que, en décadas anteriores, provocaron guerras mundiales y revoluciones. Esto siempre ha sido, y sigue siendo hoy, la base objetiva de la revolución socialista mundial.

La cuestión central que encara la clase obrera internacional, sin embargo, es la crisis de su dirección revolucionaria y perspectiva histórica. El CICI lucha por entender y desarrollar las bases de una conciencia socialista en la clase obrera durante esta nueva época. Trabaja implacablemente para refutar a los representantes académicos de las escuelas de falsificaciones históricas postsoviéticas, que rechazan a Trotsky e insisten que nunca existió ninguna alternativa socialista al estalinismo y al colapso de la URSS.

En 1995, las distintas secciones nacionales del CICI, previamente organizadas como ligas, se transforman en Partidos Socialistas por la Igualdad. Esta iniciativa responde a un cambio en el concepto de la relación entre el CICI y la clase obrera. La adopción de medidas antiobreras por parte de las viejas organizaciones obreras, sus perspectivas nacionalistas y la desintegración de sus bases obreras hacía imposible continuar haciéndoles demandas para ganar trabajadores dentro de ellas. El PSI en Estados Unidos (SEP; Socialist Equality Party), explica: “Por todo el mundo, la clase obrera se enfrenta con el hecho de que los sindicatos, los partidos, e incluso los Estados que crearon anteriormente se han convertido en instrumentos directos del imperialismo. Los tiempos en los que las burocracias obreras 'mediaban' la lucha de clases y actuaban como un amortiguador entre clases ya pasaron... No podemos resolver la crisis de la dirección revolucionaria de la clase obrera ‘insistiéndole’ a otros que provean ese liderazgo. Si va a haber un nuevo partido, entonces nosotros debemos construirlo”.

En 1998, el CICI lanzó el diario en línea, World Socialist Web Site. A través del WSWS, las diferentes secciones del CICI articulan la misma línea política para proveer análisis, perspectivas y una dirección a las luchas del proletariado mundial. Tras más de 18 años de publicaciones diarias sin interrupción, el WSWS se ha establecido como el sitio web socialista más leído en el mundo.

La lucha del CICI contra la seudoizquierda en Francia

El intenso trabajo político y teórico del CICI constituye la base de su intervención en Francia. Durante las décadas de 1990 y del 2000, hubo luchas de clase y protestas sociales importantes en Francia: las huelgas en defensa de las pensiones –como la huelga de las masas ferroviarias de 1995— y protestas de jóvenes contra la ley del Contrato del Primer Empleo (CPE). De cara al colapso del PCF, grupos de trabajadores se orientan al trotskismo. Sin embargo, el rol reaccionario de las corrientes LCR, LO y OCI se los impide. Habiendo apoyado la restauración capitalista en la URSS, estas organizaciones desarrollan lazos cada vez más estrechos con los moribundos partidos estalinistas y con los socialdemócratas de toda Europa; y se integran a la prensa, a las instituciones académicas y a las burocracias sindicales; a cada momento finger ser “la izquierda” mientras apoyan guerras imperialistas, medidas de austeridad y ataques contra los derechos democráticos.

La crisis electoral del 2002 alumbró la bancarrota política de esas organizaciones. Ese año, el candidato presidencial del PS, Lionel Jospin, fue eliminado en la primera vuelta, provocando una serie de manifestaciones en contra de una segunda vuelta entre el conservador Jacques Chirac y Jean-Marie Le Pen del FN. La LCR, LO, y el PT lambertista (ex OCI; Parti des travailleurs) habían recibido un total de 3 millones de votos. También ocurrían manifestaciones ese año a través del mundo contra las preparaciones de Washington para invadir Irak ilegalmente, que tuvo lugar en 2003. Pero, la LCR, LO y el PT no supieron hacer nada más que desaprovechar esas oportunidades.

Sin ocultar sus diferencias políticas con ellos, el CICI entonces dirige una carta abierta a los tres partidos proponiéndoles hacer un boicot activo del segundo balotaje. El CICI explicaba que un boicot activo movilizaría a los trabajadores hacia la lucha de clases, preparando al proletariado a oponerse a las medidas que impondrá Chirac. Esos partidos no se molestaron en responder y se alinearon desvergonzadamente con la campaña del PS de votar a favor de Chirac supuestamente para impedir que llegara un gobierno neofascista al poder.

Durante los próximos catorce años, estuvieron con Chirac y el PS, incluso cuando la élite gobernante se orientaba cada vez más al neofascismo e iniciabas una sarta de guerras neocoloniales. Es más, aun después que el Estado francés deja de oponerse a la guerra en Irak, estas organizaciones dizque de la “extrema izquierda” aplauden las leyes antimusulmanas que vetan el uso del velo y el burka. Después de la crisis financiera del 2008 y la respuesta del proletariado mundial —los levantamientos revolucionarios del 2011 en Egipto y Túnez— estas corrientes se encarrilan con mayor prisa a la derecha. Cuando sus aliados griegos de la coalición Syriza llegaron al poder el año pasado, apoyan a su primer ministro griego, Alexis Tsipras, quien nunca cesó de cumplir con las medidas de austeridad impuestas por la UE. Además, apoyan las guerras de la OTAN en Siria y Libia llamándolas “revoluciones democráticas”, tal como lo hacen con el golpe de estado fascista en Ucrania que produjo un régimen de extrema derecha orientado a la OTAN; y que amaga con iniciar una guerra directa contra Rusia. Esta política ha llevado al mundo al borde del precipicio de una guerra nuclear y del colapso económico.

El CICI ha clasificado a estas fuerzas como “seudoizquierda”, una tendencia basada en las capas privilegiadas de la clase media y cuyas raíces se remontan a la degeneración del movimiento estudiantil del 68. Son fuerzas antimarxistas, hostiles a la clase obrera y a la lucha de clases y apoyan las guerras imperialistas, las medidas de austeridad y de represión. Sólo pueden traerle más derrotas a la clase obrera. Paralelamente, el descontento del proletariado con el PS y su mafia seudoizquierdista sientan las bases políticas objetivas para el desarrollo del PES como el partido trotskista de masas.

Hace 78 años, la Cuarta Internacional publicó su documento fundador, El p rograma de transición, donde advierte, a tan sólo dos años antes de la Segunda Guerra Mundial, sobre la agonía mortal del capitalismo. Nuevamente, el capitalismo enfrenta una crisis histórica insoluble. De cara a la crisis económica mundial y al declive de la hegemonía estadounidense, las potencias imperialistas recurren a guerras y dictaduras. El peligro de guerra, los grotescos niveles de desigualdad social y los ataques contra los derechos democráticos predominan en todo el mundo. Conforme las medidas de austeridad de la UE expongan su carácter reaccionario, y el neofascismo crezca en Europa, las guerras en el Oriente Medio, los conflictos entre la OTAN y Rusia en Europea del Este y el “pivote hacia Asia” de EEUU para aislar a China, amenazan con iniciar una guerra mundial. Ahora en 2016, como en 1938, le toca a la clase obrera internacional y a la lucha por el socialismo.

En su resolución del 2014, “El socialismo y la lucha contra la guerra imperialista”, el CICI escribe: “Más que posible, es inevitable otra carnicería imperialista a menos que la clase trabajadora internacional intervenga armada con un programa marxista revolucionario... Sin embargo, las mismas contradicciones que impulsan al borde del colapso al imperialismo, son el estímulo objetivo de la revolución social”. Luego, concluye, “La construcción de la IV Internacional, bajo la dirección del Comité Internacional, es la cuestión estratégica central. Es la única forma de unificar al proletariado a nivel internacional... La tarea del CICI es ahora crear secciones en otros países y zonas del mundo”.

Es precisamente sobre esta perspectiva e historia, que el PES (Francia) establece los siguientes principios que guiarán su trabajo político.

Principios del Parti de l’égalité socialiste (PES)

Internacionalismo y la lucha por la revolución socialista mundial

Aceptando la autoridad política del CICI, el PES busca atraer a los trabajadores franceses al programa de la revolución socialista mundial bajo el liderazgo del CICI. Esta revolución significa que masas de gente serán protagonistas en una lucha política consciente; y presagia el final de una sociedad organizada en clases y, por lo tanto, de la explotación de unos seres humanos por otros. Su tarea dentro de Francia es movilizar a la clase obrera a tomar el poder e imponer un Estado obrero y medidas socialistas, como parte de los Estados Unidos Socialistas de Europa.

No se puede instaurar el poder de la clase obrera a través de la elección de socialistas a las estructuras del Estado burgués. Sentando las bases de un Estado obrero, se deben desarrollar nuevos órganos de democracia participativa a partir de las luchas de masa revolucionarias, que representen auténticamente a la mayoría de la clase obrera. Al introducir medidas esenciales para la transformación socialista de la vida económica, el Estado obrero impulsará activamente la expansión del poder democrático de la clase obrera sobre la toma de decisiones. Tales cambios son posibles solamente en el contexto de una movilización de masas de la clase obrera, armada con una conciencia socialista; ambas son las precondiciones objetivas para el desarrollo de una sociedad verdaderamente democrática, igualitaria y socialista.

Este último objetivo sólo se puede lograr mediante una lucha internacional por la unidad de todos los trabajadores de todos los países y la construcción una federación mundial de estados obreros que supervise democráticamente el uso y expansión de las fuerzas productivas, que ha creado el capitalismo global, para satisfacer las necesidades sociales de toda la humanidad. Como escribe Trotsky, explicando su teoría de la revolución permanente, “La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se logra con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta”.

El PES lucha por expandir los horizontes políticos de los trabajadores más allá de las fronteras de Francia y por dar a entender que las luchas obreras en Francia están conectadas inseparablemente a los procesos asociados con la revolución socialista mundial, por lo que los obreros requieren una perspectiva y una estrategia internacionalista. El PES lucha, además, en contra de todos los intentos de dividir a la clase obrera a través de la discriminación por motivo de raza, origen étnico, idioma, religión, género u orientación sexual. El PES defiende el derecho de todos los refugiados e inmigrantes a vivir, trabajar y estudiar en el país de su preferencia, con todos los derechos de una ciudadanía plena. Basa sus políticas en la unificación de la clase obrera internacional en una lucha revolucionaria.

La abolición de las clases sociales es la tarea de una época entera. Por lo tanto, los principios del PES están fundamentados en la historia de toda esta época: en la lucha de Trotsky contra la traición estalinista de la Revolución de Octubre, batallando para sustituir el nacionalismo de la burocracia soviética por el internacionalismo obrero; y, en la continuidad de la campaña internacional del CICI por el trotskismo.

La crisis del capitalismo

El capitalismo y el sistema imperialista global que surgió de sus bases económicas son las principales causas de la pobreza, la explotación, la violencia y el sufrimiento humano. La historia sangrienta del siglo XX —dos guerras mundiales, dictaduras fascistas en Europa e innumerables guerras “locales”— constituye una condena inapelable contra el capitalismo.

Las vastas fuerzas productivas y avances tecnológicos de la sociedad moderna podrían garantizarle un nivel de vida digno a toda la población mundial, si no fuese por el hecho de que la sociedad capitalista no puede resolver ninguno de sus problemas económicos, sociales, ecológicos o culturales. Las condiciones de vida de amplios sectores de la humanidad están colapsando, en medio de la peor crisis económica desde la Gran Depresión. La desigualdad social llega a niveles grotescos: tan sólo unos cuantos megamillonarios poseen más riqueza que la mitad de la población mundial, mientras que el 1 por ciento más rico posee tanto como el resto del mundo.

La cultura humana, privada de una perspectiva y de esperanza para el futuro, se encuentra nuevamente amenazada con la barbarie del fascismo y la guerra. La solución de esta crisis no es reformar un capitalismo que no es reformable, sino derrocarlo. Tal como el feudalismo dio paso al capitalismo, el capitalismo debe dar paso al socialismo.

La lucha contra la guerra imperialista

Las manifestaciones más violentas de la crisis del capitalismo son el aumento de guerras imperialistas de despojo y las rivalidades entre las potencias imperialistas que amenazan a la humanidad con otra guerra mundial. Estos conflictos parten de las dos contradicciones fundamentales del capitalismo, analizadas por Lenin y Trotsky hace un siglo: La contradicción entre la economía global y el sistema de Estado nacionales y la contradicción entre el carácter internacional y social de los procesos de producción y la propiedad privada. Los medios de producción, controlados por las empresas transnacionales, operan a un nivel mundial, pero el capitalismo tiene sus raíces en Estados nacionales que sirven como base de operaciones para que la clase capitalista de cada país vaya tras sus intereses globales. La incontrolable marcha de las potencias imperialistas que tiene el objeto de apoderarse de los mercados, los recursos, la mano de obra barata, las esferas de influencia y las ventajas geoestratégicas conduce inevitablemente a la guerra.

Francia es una potencia imperialista que persigue sus intereses económicos y militares por medio guerras e intervenciones por todo el mundo. En el siglo XIX, estableció un imperio con decenas de millones de esclavos coloniales en África, Oriente Medio y Asia. Hoy busca reconquistar esas esferas de influencia participando en una serie de guerras imperialistas que van desde el Oriente Medio y África a los alrededores de Rusia y China, amenazando con desencadenar una nueva guerra mundial.

El PES condena las guerras libradas por Francia y por todas las otras potencias imperialistas y rechaza los pretextos falsos hechos por los imperialistas y sus apologistas y de la seudoizquierda, quienes insisten que estas son luchas o en defensa de los derechos humanos o contra el terrorismo. Reconoce, además, el derecho fundamental de autodefensa en contra de invasores neocoloniales. Este principio, sin embargo, no disminuye la oposición del PES hacia los actos de violencia contra civiles inocentes en países ocupados ni en el resto del mundo. Tales actos reaccionarios, que legítimamente pueden ser definidos como terroristas, enfurecen y desorientan al público, profundizan las tensiones étnicas y sectarias en la región y el mundo y socavan la lucha revolucionaria por la unidad internacional del proletariado —la única base sobre la cual los países pueden ser liberados del dominio imperialista. Los ataques terroristas favorecen a las élites gobernantes imperialistas que los utilizan para justificar ir a la guerra.

El PES apoya a que se organicen enormes movilizaciones contra la guerra imperialista. Sin embargo, enfatiza que, debido a que las causas de la guerra están incrustadas en la estructura de la sociedad capitalista y en su división política en estados nacionales, la lucha contra la guerra imperialista no será victoriosa hasta que movilice a la clase obrera con una estrategia revolucionaria internacional. Como aseveró el CICI en su declaración, “Socialismo y la lucha contra la guerra”:

La defensa de los derechos democráticos

El PES defiende todos los derechos democráticos que han sido conquistados mediante más de dos siglos de lucha revolucionaria contra las aristocracias francesas, primero feudales y luego capitalistas. Estos derechos, sin embargo, ahora son corroídos, particularmente después de la disolución de la URSS, la crisis económica del 2008 y de la decisión de Francia a unirse a la supuesta “guerra contra el terrorismo”.

La rehabilitación de las fuerzas ultraderechistas en Europa, la preparación para utilizar al ejército francés contra la oposición social interna y el espionaje electrónico de las agencias de inteligencia francesas e internacionales ejemplifican el estado de descomposición de la democracia burguesa. El PS y la seudoizquierda, que repudian el marxismo y a la revolución, que consideran como amenazas a la democracia, han sido los artífices y defensores de las medidas policiales. El verdadero peligro a la democracia proviene de la política de la burguesía y de la crisis del capitalismo, un sistema social históricamente predestinado a sucumbir.

La defensa de los derechos democráticos está inseparablemente ligada a la lucha por el socialismo: no puede haber socialismo sin democracia, ni hay democracia sin socialismo. El deterioro de la democracia en Francia y en todos los otros países con tradiciones democrático burguesas, no puede curarse sin combatir toda la clase política con una movilización política independiente de la clase obrera armada con un programa socialista.

La lucha por la independencia política de la clase obrera

La lucha por el poder exige la independencia política total de la clase obrera vis a vis los partidos y representantes políticos y teóricos de la clase capitalista. Las traiciones estalinistas y de la seudoizquierda ante las repetidas oportunidades revolucionarias en Francia son ejemplos clásicos de las consecuencias trágicas de las alianzas debilitantes con los representantes de otras clases que atenazan la lucha proletaria. Primordialmente, lo que esto significa para el proletariado en Francia es un repudio intransigente al Partido Socialista, y a sus distintos satélites estalinistas y de la seudoizquierda. La clase obrera debe rechazar la mentira que dice que esas fuerzas son el mal menor en comparación con los partidos burgueses.

El rechazo a los grupos políticos quebrados no implica que el PES este bajo ninguna obligación de apoyar a los partidos y organizaciones que también se les opongan. El PES no evalúa a estas corrientes políticas por sus posiciones episódicas en cuestiones particulares, sino por su historia, programa, perspectiva, base social y orientación de clase.

Para el PES, la defensa de los intereses fundamentales de la clase obrera se basa en un análisis científico, marxista, de la naturaleza del capitalismo, de las leyes que lo rigen y de las dinámicas políticas de la sociedad de clases; cosa que coloca al PES intransigentemente en contra toda manera de política oportunista que sacrifica los intereses a largo plazo de la clase obrera a cambio de ventajas tácticas a corto plazo. El oportunismo no es simplemente el producto de errores intelectuales y teóricos. Tiene sus raíces en las fuerzas materiales de la sociedad capitalista y se desarrolla en el seno del movimiento obrero como una expresión de las fuerzas de clase hostiles al proletariado.

Las tendencias oportunistas, como las que llevaron a Stalin a la dirección del Partido Bolchevique en los años veinte, a Pablo y Mandel a la cabeza de la Cuarta Internacional en los años cincuenta y a la adaptación de la OCI al PS en los años 70, representan las influencias de fuerzas burguesas y pequeño burguesas entre los trabajadores. La lucha contra estas influencias no es una distracción en camino a la construcción del partido, es la expresión más avanzada de la lucha por el marxismo en la clase obrera.

El PES defiende el concepto del marxismo clásico, desarrollada por Lenin en la construcción del Partido Bolchevique y continuada por Trotsky en la fundación de la Cuarta Internacional, que la conciencia socialista revolucionaria no se desarrolla de manera espontánea en la clase obrera. Esta conciencia necesita de la comprensión científica de las leyes de la historia y el capitalismo, introducida en la clase obrera. Esta es la misión del movimiento marxista. La denigración de la lucha por la conciencia revolucionaria es la especialidad de académicos reaccionarios y políticos oportunistas.

La traición de los sindicatos

El PES apela todos los trabajadores a romper con los sindicatos. Insiste que las luchas obreras sólo pueden ser victoriosas si se organizan independientemente de los sindicatos en base a una perspectiva socialista revolucionaria por una gran movilización de la clase obrera contra el capitalismo. Insta en todo momento a que se formen organizaciones nuevas e independientes, como comités de fábrica y de otros lugares de trabajo, que representen verdaderamente los intereses de los trabajadores y que estén sujetos a su control democrático.

El PES lucha por la comprensión científica del papel que desempeñan los sindicatos. Desde el debut del movimiento sindical en Gran Bretaña, Marx lo critica por negociar las condiciones de la explotación capitalista de la clase obrera dentro de un determinado país en lugar de luchar por el derrocamiento internacional del capitalismo. “En vez del lema conservador ‘¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!’, deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: ‘¡Abolición del sistema de trabajo asalariado!’”, escribe Marx.

Las experiencias del siglo XX han confirmado el papel generalmente contrarrevolucionario de la burocracia sindical, incluyendo en Francia, donde la Confederación General del Trabajo (CGT) desempeñó un papel clave, junto con el PCF, en traicionar las oportunidades revolucionarias en 1936, 1945, 1953 y 1968. Sin embargo, en la medida en que las masas de trabajadores militantes intentan luchar a través de los sindicatos, el movimiento trotskista intenta correctamente intervenir dentro de ellos. Esto distingue al CICI de innumerables grupos “de izquierda” pequeñoburgueses que utilizan sus críticas de los sindicatos para justificar su decisión de abstenerse de la lucha por movilizar a los trabajadores.

La metamorfosis de los sindicatos ocurre con el advenimiento de la globalización después de 1968 y el colapso de la base sindical. Pasaron de defender los intereses a corto plazo de los trabajadores, negociando salarios y condiciones laborales en el interior de cada nación, a convertirse en burocracias privilegiadas que defienden la competitividad global de las corporaciones a través de recortes salariales y de planilla. En Francia, los sindicatos han reducido drásticamente el número de huelgas. Se limitan a protestas simbólicas en función de las necesidades políticas de la élite gobernante. Mientras tanto, aun cuando baja la recaudación de cuotas, dado que hay menos afiliados como consecuencia de recortes sociales, despidos masivos y cierres de plantas, los ingresos de los sindicatos suben. Eso se debe a los miles de millones de euros en financiamiento legal o parcialmente legal provenientes de las corporaciones mismas y del estado. Ya no son organizaciones obreras, sino cáscaras vacías financiadas por la burguesía que atrapan a los trabajadores bajo el control de burócratas pequeñoburgueses vinculados a las agencias de inteligencia y la policía. Hoy en día, los sindicatos funcionan como una policía industrial dirigida en contra de la clase obrera.

Por un partido de la vanguardia leninista en la clase obrera

Toda la historia del siglo XX demuestra que la revolución no puede triunfar si la clase obrera no está dirigida por un partido revolucionario. Eso es lo que subyace el repudio acérrimo de la seudoizquierda, en su crisol reaccionaria pequeñoburgués, hacia la construcción de un partido de la vanguardia marxista en la clase obrera. El PES alienta a la clase obrera a realizar una amplia lucha social y celebra todas las victorias auténticas; pero, se opone fundamentalmente a la idea sindicalista de que organizar las diferentes luchas militantes reemplaza una estrategia revolucionaria elaborada por la clase obrera bajo el liderazgo de un partido marxista.

El PES defiende el principio socialista revolucionario de decirle la verdad a la clase obrera. Su programa y su trabajo político se basan en un análisis científico y objetivo de la realidad política, para desarrollar una conciencia socialista en las masas y por hacerles llegar su perspectiva marxista a los trabajadores y jóvenes más avanzados. El PES rechaza el argumento oportunista de que los marxistas deben partir del actual nivel de conciencia que prevalece en las masas, o, mejor dicho, del nivel que se imaginan los filisteos de la pequeña burguesía. La primera responsabilidad del partido, declaró Trotsky, es “ofrecer una interpretación clara y honesta de la situación objetiva, de los deberes históricos que esta situación impone, no importa si los trabajadores están listos para entenderlos o no. Nuestra misión no depende de la mentalidad de los trabajadores. Nuestra misión es desarrollar esa mentalidad. Eso es lo que el programa debería formular y presentar ante los trabajadores más avanzados”.

La lucha revolucionaria de la clase obrera requiere organización; cosa que es imposible sin disciplina. La disciplina necesaria para la lucha revolucionaria no puede ser impuesta desde arriba; tiene que evolucionar del estar de acuerdo con los principios y programa del partido, libremente concertados. La estructura organizacional del PES expresa esa perspectiva fundamentada en los principios del centralismo democrático. En la elaboración de la línea política y de tácticas, debe prevalecer la más completa democracia dentro del partido. No existen restricciones a los debates internos sobre las políticas y actividades, dentro de los límites que impone la constitución del partido. Los miembros del partido eligen democráticamente a sus líderes, quienes están sujetos a su crítica y control. Pero, si el proceso de establecer una línea política requiere de una discusión lo más amplia posible y críticas abiertas y honestas, la ejecución de ésta exige la disciplina más estricta. Las decisiones tomadas democráticamente dentro del partido son vinculantes para todos los miembros. Aquellos que se opongan a este elemento esencial del centralismo, o que perciban que las exigencias de disciplina violan su libertad personal, no son socialistas revolucionarios sino individualistas anárquicos que no entienden lo que implica la lucha de clases ni sus exigencias.

La defensa del marxismo

Una tarea central del PES es defender las tradiciones históricas y teóricas del marxismo. Hace un poco menos de un siglo, para el 50 aniversario de la Comuna de París, Trotsky escribió, “El proletariado francés se ha sacrificado por la revolución como ningún otro lo ha hecho. Pero también ha sido engañado más que los otros. La burguesía lo ha deslumbrado muchas veces con todos los colores del republicanismo, del radicalismo, del socialismo, siempre siguiendo poniéndole las cadenas del capitalismo. Por medio de sus agentes, sus abogados y sus periodistas, la burguesía declara una gran cantidad de fórmulas democráticas, parlamentarias, autonomistas, que no son más que los grilletes con que ata los pies del proletariado e impide su avance”. Podríamos añadir que esa obra de mistificación política y teórica ha continuado en una escala aún mayor, desde 1921.

El PES fundamenta su actividad en el análisis de las leyes objetivas de la historia y la sociedad. Con sus raíces en el materialismo, el marxismo insiste en la primacía de la materia ante la conciencia. “Lo ideal”, escribió Marx, “no es nada más que el mundo material reflejado por la mente humana, y traducido a formas de pensamiento”. El materialismo del marxismo es dialéctico, en el sentido de que considera al mundo material y su reflejo en el pensamiento como una combinación de procesos en constante interacción y movimiento, con tendencias divergentes y antagónicas, no como una colección de objetos fijos. Esta concepción les proporcionó la base teórica a Karl Marx y Friedrich Engels para desarrollar el socialismo científico, con base en la comprensión objetiva del conflicto entre clases y de la explotación en la sociedad capitalista, así como del rol revolucionario de la clase obrera.

A pesar de los instintos socialistas que inspiraban a las masas obreras en Francia durante el siglo XX, estos no son los conceptos que prevalecen en las secciones de la intelectualidad pequeñoburguesa que se declara marxista. El colapso de los partidos de la seudoizquierda en la época actual de crisis económica, guerras imperialistas y luchas obreras revolucionarias ha comprobado la bancarrota política de todas sus teorías antimarxistas y de las organizaciones que inspiraron. El PES lucha por un renacimiento del marxismo clásico que sienta las bases de un movimiento trotskista en la clase obrera.

El PES defiende el legado histórico de León Trotsky y del movimiento trotskista ante los ataques y falsificaciones de sus opositores burgueses y pequeño burgueses; éstos descendientes de los ideólogos anticomunistas o estalinistas de la guerra fría o fuerzas de la seudoizquierda que pretenden encubrir su política antitrotskistas afirmando falsamente que existen “numerosos trotskismos”, todos tienen el objetivo de bloquear el desarrollo de la conciencia socialista entre los trabajadores. Rechazan que la lucha de Trotsky, que el CICI sigue llevando a cabo representa la continuación de la lucha del movimiento marxista como la alternativa revolucionaria al capitalismo.